La reina en el bosque CAPÍTULO 21 #4
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CAPÍTULO 21 #4

Deacon siguió acercándose. Los ojos, completamente inyectados en sangre, no se apartaban de los suyos. La mandíbula se le contraía una y otra vez, marcándole cada vena y cada músculo del cuello. Parecía un hombre al que solo le quedaba un hilo de autocontrol… y estaba a punto de romperse.

Abbie comprendió que, si Daphne no estuviera allí, aquel hombre ya le habría arrancado la cabeza con sus propias manos.

—Quédate ahí —dijo.

Su voz no sonó demasiado autoritaria. Por suerte, Marcus remarcó sus palabras alzando el arco. Deacon ni siquiera miró al chico, pero obedeció.

—Quiero ver a mi hermana.

La violencia contenida en la voz de Deacon le provocó un escalofrío que apenas pudo disimular.

—Aquí las órdenes las doy yo —dijo Abbie—. Tírame las llaves del camión.

Deacon hizo lo que le pedía. Abbie las cogió al vuelo y se las pasó a Marcus, que comenzó a rodearlos en dirección a la parte trasera del vehículo, siempre sin dejar de apuntar al cabecilla de los Dillinger.

Abbie levantó la mano izquierda.

—Arriba. En la ventana.

Deacon giró la cabeza. A través del cristal podía verse a Daphne, amordazada y con los ojos desquiciados. Tras ella, la enorme figura de Grizz sostenía un cuchillo de caza que acariciaba el cuello de la joven.

—¡Tú! —gritó Deacon apuntándole con el dedo una y otra vez—. ¡Viejo perro sarnoso! ¡Sabía que estabas detrás de todo esto!

—¡Basta! —gritó Abbie.

Deacon volvió a taladrarla con la mirada.

Ahora que ya no sentía un impulso irrefrenable de salir corriendo, Abbie pudo fijarse en él por primera vez.

Rondaba la treintena y el parecido con Daphne era innegable.

Compartían los mismos ojos verdes, la misma mandíbula marcada y el mismo pelo rubio y lacio.

Sumado a un cuerpo fibroso y bien trabajado, el resultado era un hombre bastante atractivo.

Lástima que fuera un puto psicópata.

—Si le hacéis algo…

—A partir de ahora, el estado de salud de tu hermana depende únicamente de ti y de tus hombres.

Portaos bien y ella estará bien. Portaos mal y ella muere.

¿Entendido? Quedaos con el pueblo, pero no pongáis un pie al este de la carretera.

El bosque es mi reino y vosotros no sois bienvenidos. ¿Ha quedado claro?

Deacon esbozó una sonrisa torcida, cruel.

—Tennessee…

Negó despacio con la cabeza.

—No. Kentucky, ¿verdad?

Aquella observación la descolocó. No se lo esperaba.

Mientras hablaban, ella había estado pendiente de no cometer ningún error.

Deacon, en cambio, la había estado estudiando.

No solo sus palabras. También su forma de pronunciarlas, el ritmo con que hablaba, el origen que delataba aquel acento que ni siquiera los años en Minneapolis habían conseguido borrar del todo.

—¿Qué coño haces aquí, rubia? ¿Por qué no dejas de meter las narices en mis asuntos?

—Quizá porque tu hermano intentó violarme y matarme en el bosque, como a otras muchas chicas. O quizá porque asesinasteis a sangre fría a la madre de Marcus. O quizá porque matasteis a un pueblo entero sin motivo, putos majaderos.

—¡Qué coño sabrás tú de mis motivos! —escupió Deacon.

—¿Qué motivos puede haber para matar y esclavizar a cientos de personas? Aparte de estar como una regadera, claro.

—Ninguno —respondió Deacon—. Solo hacen falta motivos para no hacerlo. Y el virus se los llevó todos por delante.

Abbie frunció el ceño.

—Mi gente y yo llevábamos varias generaciones haciendo los trabajos que nadie quería.

Viviendo en caravanas mientras ellos levantaban chalés junto al lago.

Sin crédito. Sin futuro. Aguantando sus miradas por encima del hombro, sus risitas al pasar...

O peor aún, la lástima de algunos. Y todo porque se sentían protegidos por el sistema.

Deacon escupió al suelo.

—Y un día cualquiera te pones la tele y… ¡boom! El puto mundo se ha ido por el desagüe. Las naciones empiezan a caer. Los gobiernos desaparecen. Las leyes ya no significan nada… Música para mis oídos, rubia.

Deacon abrió los brazos de par en par y giró sobre sí mismo.

—Y entonces lo comprendí. Tenía ante mí un pedazo de mundo al que nadie le importaba una mierda. Los canadienses jamás cruzarían la frontera y nuestro ejército no subiría tan al norte. Tenía ante mí la oportunidad de comenzar de cero. De construir algo nuevo.

Su sonrisa se desvaneció.

—Pero no puedes levantar un mundo nuevo sobre los cimientos del anterior. ¿De qué me servían policías, jueces o abogados? ¿De qué me servían todos aquellos que seguían creyendo en unas leyes escritas por hombres muertos? Jamás habrían aceptado el mundo que estaba naciendo.

Dio un paso hacia Abbie.

—En mi mundo todo se paga con trabajo… o con sangre. No con dinero.

Hizo una breve pausa.

—¿Querías un motivo?

Volvió a abrir los brazos, señalando todo a su alrededor.

—Ahí lo tienes. El nacimiento de una nueva nación. No necesito ninguno más.

—Joder —dijo Abbie—. Estás mucho peor de lo que yo pensaba.

Antes de que Deacon pudiera responder, Marcus regresó de inspeccionar el camión.

—Está todo.

Abbie asintió sin apartar los ojos de Deacon.

—Me alegro. Porque a mí empieza a dolerme la cabeza con tanto delirio de grandeza. Voy a revisar los coches. Si mueve un pelo, lo ensartas las veces que sean necesarias.

Marcus no respondió. Se limitó a tensar un poco más la cuerda del arco.

Abbie empezó a recorrer el convoy. El primer coche iba repleto de mujeres.

Sucias, malnutridas, con la ropa hecha jirones y el rostro consumido por semanas de cautiverio.

Aun así, al verla, sonrieron. Algunas le dieron las gracias.

Otras rompieron a llorar sin decir una sola palabra.

En el siguiente vehículo reconoció a varias chicas de Olympus.

Apenas unos días antes compartían dormitorio y comedor; ahora parecían diez años mayores.

Respondía a cada saludo con una sonrisa, pero por dentro sentía cómo el estómago se le iba encogiendo. Jason no estaba. Pasó al siguiente coche. Tampoco. Ni en el otro. Ni en el siguiente. Cada puerta que cerraba sin encontrarlo era como clavar otro clavo en un ataúd.

Llegó al último vehículo.

Ni rastro de él.

Dio media vuelta y regresó sobre sus pasos, casi a la carrera. Se detuvo frente a Deacon hasta casi rozarlo con la punta de la nariz.

—¿Dónde está Jason?

Deacon ni siquiera pestañeó.

—¿De qué coño hablas, rubia? Están todos. Como pediste.

—Pelo negro, ojos rasgados…

—Cocinero —susurró Deacon, como si hubiera caído en la cuenta de algo importante.

Abbie desenfundó el cuchillo y puso el filo sobre el cuello de Deacon.

—Ya veo que lo conoces. ¿Qué has hecho con él?

—Lo vendí —respondió como si tal cosa—. Ayer mismo. Poco antes de que mataras a mi hermano. Ese y los otros dos empezaron a dar problemas y decidí quitármelos de encima.

—¡Mientes! —gritó Abbie con los dientes apretados.

—Creerás que estoy loco. Y quizá tengas razón, pero no soy tan estúpido como para jugarme la vida de mi hermana pequeña por un puto japo que nunca le echa sal al arroz.

Ya no lo tengo. Asúmelo. Has perdido a tu novio y yo he perdido a mi hermano.

La diferencia es que tú siempre podrás encontrar otro.

Bajó la vista hacia el cuchillo apoyado en su cuello y volvió a sonreír.

—Ahora guarda eso. Grizz no va a estar muy contento contigo. A estas alturas ya debería haberte enseñado que un arma solo se desenfunda cuando piensas usarla.

Abbie hundió la hoja en su hombro izquierdo hasta que la punta golpeó el hueso. Deacon no gritó. Tampoco torció el gesto. El hijo de puta ni siquiera pestañeó. Los únicos movimientos que se permitió fueron los de cerrar los puños y tensar el cuello.

—¿Dónde se lo llevaron?

—Al norte. A algún lugar de Canadá. No sé nada más.

Abbie retorció despacio el cuchillo. Una mueca de dolor cruzó por fin el rostro de Deacon.

—¿Dónde?

—He dicho que no lo sé.

Abbie sacó la hoja y limpió la sangre en la camiseta de Deacon antes de volver a enfundarlo.

—Hemos terminado. Puedes irte.

—Disfruta de tu reino mientras puedas, rubia. Algún día vendré a recuperarlo.

Deacon había acertado. Lo supo nada más ver la cara de Grizz.

—¿A qué ha venido eso? Tenías unas órdenes.

—Solo ha sido un rasguño —dijo Abbie—. Se recuperará.

—Me refiero al numerito del cocinero.

—Es solo un amigo. Solo quería saber si…

Grizz negó con la cabeza.

—Veo que aún no eres consciente de lo que acabas de hacer.

Abbie ya empezaba a hartarse de aquel tono. ¿Qué coño había hecho tan mal? En su opinión, todo había ido bastante bien. Sobre todo si se tenía en cuenta que acababa de enfrentarse a un loco de atar con ínfulas de caudillo militar.

—Pues no, pero seguro que tú me lo vas a explicar ahora.

Grizz lanzó un gruñido.

—Le has enseñado dónde hacerte daño.

Aquellas palabras la dejaron muda.

—Puede que ya no tenga al cocinero. Puede que ni siquiera sepa dónde está. Pero ahora sabe que te importa. Y un hombre como Deacon jamás desaprovecha una debilidad.

Hizo una breve pausa.

—A partir de hoy va a mover cielo y tierra para encontrarlo.

Grizz negó una última vez con la cabeza.

—Lo único que has conseguido es ponerle una diana en el pecho a ese pobre chaval.