CAPÍTULO 21 #3
De repente, una sombra enorme se cernió sobre ellas. Abbie apenas llegó a verla. Si era Rusty, podía darse por muerta. Un golpe seco resonó en la habitación y el cuerpo de Daphne se desplomó sobre ella como una muñeca de trapo. Inconsciente.
Consiguió quitársela de encima y alzó la vista. Marcus le tendía una mano. Se incorporó con su ayuda y, al mirar alrededor, reconoció por fin el objeto con el que había golpeado a Daphne. La funda de una cinta VHS.
Dirty Dancing.
Abbie torció el gesto. Le costaba creer que a aquella zorra le gustase el cine romántico.
—Átala —dijo Marcus más serio de lo habitual—. Tengo que ayudar a Grizz.
—¿Qué le ha pasado?
No obtuvo respuesta. Marcus ya bajaba las escaleras a toda prisa. Aquello no podía significar nada bueno.
Abbie inmovilizó a Daphne a toda prisa con una brida y bajó las escaleras a la carrera. El cadáver de Rusty yacía junto al ventanal, atravesado por una flecha en la garganta.
Grizz estaba apoyado contra la pared. Marcus había improvisado un torniquete con un cinturón por encima de la herida y lo retorcía con el mango de su cuchillo para mantener la presión.
El pantalón del trampero estaba completamente empapado y el charco de sangre que tenía bajo la pierna no dejaba de crecer.
—¡Mierda, mierda, mierda! ¿Está bien?
—Ha perdido mucha sangre.
Abbie sintió un nudo en el estómago.
—¿Puedo hacer algo?
Marcus negó con la cabeza.
—Necesitamos un médico. Esto se me escapa.
Grizz levantó la vista con un esfuerzo enorme. Tenía el rostro ceniciento y apenas era capaz de mantener los ojos abiertos. Con un leve movimiento de la cabeza señaló la radio, caída junto a la recortada.
—Habla con Deacon… —murmuró.
—De acuerdo, grandullón. Yo me encargo. Pero tú no te duermas.
Abbie cogió la radio. Hasta ese momento no había sido consciente del incesante tráfico de voces que salía del walkie. «Patrulla Uno en la puerta.» «Patrulla Tres llegando» «¿Alguien tiene la llave de la verja?» «Tirad abajo esa maldita verja».
—Marcus. Dime que teníais médico en el pueblo.
—El doctor Kavannagh —respondió el chico.
—Reza porque siga con vida. —Abbie pulsó el botón—. Mensaje para Deacon Dillinger. ¿Me recibes?
Al sonido de su voz, todas las comunicaciones se cortaron de forma súbita.
—Aquí Deacon. Te recibo.
—Tengo a Daphne. Si no quieres enterrar a dos hermanos mañana, vas a hacer exactamente lo que yo te diga. Retira a todos tus hombres y manda al doctor Kavannagh a Carmody Creek. Solo y con material médico para cortar una hemorragia. Sin trucos o me cargo a tu hermana. Tienes diez minutos.
Abbie miró a Grizz. Palidecía por segundos.
—Mejor cinco. Y no te despegues de la radio. Acabo de empezar contigo.
La noche iba a ser larguísima. Deacon cumplió su parte y el doctor Kavannagh apareció en la verja al volante de uno de los todoterrenos blancos de alquiler.
Tardó más de dos horas en estabilizar a Grizz.
Cuando por fin dio por terminada la cura, el torniquete había desaparecido y la herida descansaba bajo un grueso vendaje.
Ya solo quedaba esperar... y rezar para que la hemorragia no reapareciera. Aún era pronto para conocer las consecuencias de aquella herida.
Después le tocó a ella. La herida del labio necesitó cuatro puntos de sutura. Con el pómulo, cada vez más amoratado, poco podía hacerse aparte de aplicar frío.
El doctor también atendió a Daphne. A pesar del mareo y del golpe, no dejó de escupir insultos y amenazas. Llegó un momento en que no les quedó más remedio que amordazarla.
Mientras todo aquello ocurría, Abbie fue llenando varias hojas de papel con todo lo que consideraba imprescindible para sobrevivir.
Al principio anotó lo evidente: comida en conserva, armas, munición, herramientas, semillas y medicamentos.
Después empezó a pensar en todo aquello que nadie echaba de menos hasta que desaparecía: papel higiénico, jabón, pasta de dientes, compresas, pilas, cerillas, ropa de abrigo, combustible…
Cuando dio la lista por terminada, volvió a contactar con Deacon.
Las condiciones eran sencillas. Todos los prisioneros de Côte Sauvage serían liberados de inmediato y trasladados en vehículos hasta el punto de encuentro que ella designaría más adelante.
El camión de mudanzas también acudiría allí, cargado con hasta el último artículo de la lista.
Todos los vehículos, incluido el propio camión, serían conducidos exclusivamente por los prisioneros.
Ningún hombre de Deacon podría acercarse al lugar de la entrega.
Cualquier incumplimiento tendría una única consecuencia.
Daphne moriría.
Deacon aceptó todas las condiciones con una única exigencia: sería él quien condujera el camión de mudanzas. Quería ver a su hermana con sus propios ojos.
Abbie aceptó.
Por suerte, Grizz dormía. De haber estado despierto, jamás habría permitido aquella concesión.
—¿Cuánta gente sigue prisionera en el pueblo? —preguntó Abbie.
—Los tenían separados —respondió Kavannagh—. No sabría decirte con exactitud. Quizá cuarenta o cincuenta personas. Mujeres, la mayoría.
—¿Y los demás?
El médico bajó la mirada.
—Muchos murieron. Y otros consiguieron escapar cuando Deacon tomó el pueblo.
Abbie negó despacio con la cabeza. Seguía costándole asimilar que alguien pudiera hacer aquello.
—¿Vio por casualidad a un chico de mi edad con rasgos asiáticos? Era… es cocinero. Pelo negro, revuelto, ojos rasgados… Ya sabe.
Kavannagh guardó silencio unos segundos mientras rebuscaba en su memoria. Al final negó con la cabeza.
—Dentro de lo que cabe, yo tuve suerte. Me permitieron seguir viviendo en mi casa y nunca me faltó comida. Si alguien enfermaba o resultaba herido, lo atendía en la consulta. Nunca llegué a entrar en las celdas.
—Ya veo... —murmuró Abbie.
No sabía cómo interpretar aquella respuesta. Quizá Jason nunca había necesitado un médico durante su cautiverio. O quizá…
Se obligó a apartar aquel pensamiento. Fuera cual fuese el destino de Jason, no podía hacer nada por él en ese momento. Había asuntos mucho más urgentes.
—¿Dónde haremos el intercambio? —preguntó.
—En la antigua tienda de mi padre —propuso Marcus—. Desde el pueblo solo se puede llegar por el este. Aunque quieran rodearnos, no podrán hacerlo.
Abbie asintió.
—De acuerdo.
—¿Y dónde nos quedaremos después? —preguntó el doctor.
—En Camp Fitzgerald —respondió Marcus.
Aquel era el nombre original de Olympus. No le hacía ninguna gracia regresar allí, pero el bosque no ofrecía demasiadas opciones para alojar a aquella cantidad de gente.
—¿Por qué no les obligáis a irse del pueblo? —preguntó el doctor—. Ahora tenéis a Daphne.
—Lo pensamos —respondió Abbie—. Pero Grizz creyó que era tensar demasiado la cuerda. Si Deacon accedía a esa petición, sus hombres podrían rebelarse contra él.
—Y si Deacon pierde el poder, Daphne deja de tener valor —finalizó la explicación Marcus.
—Ese viejo astuto siempre piensa en todo.
Marcus condujo despacio por indicación del doctor.
Cualquier bache podía abrir la herida de nuevo y echar por tierra todo el trabajo de la noche.
Llegaron a la antigua tienda de caza al amanecer.
Después de comprobar que no había nadie por los alrededores, Abbie volvió a contactar con Deacon.
El intercambio tendría lugar a mediodía.
Aún disponían de toda la mañana para preparar hasta el último detalle.
Mientras Marcus y el doctor atendían a Grizz, Abbie levantó la vista y descubrió una torre de agua que la primera vez le había pasado completamente desapercibida.
—Dime que puedo darme una ducha.
Marcus sonrió y asintió.
—Claro. Pero no esperes agua caliente.
Más que fría, estaba helada. El primer contacto le cortó la respiración, pero se obligó a quedarse bajo el chorro. Poco a poco el cuerpo dejó de protestar y el agua empezó a llevarse por el desagüe días de barro, sangre y sudor.
Rebuscando entre unas estanterías encontró un bote de champú decapante.
Ni se lo pensó.
Ya estaba harta de aquella peste a humo y ceniza impregnada en el pelo.
Cuando cerró el grifo, el agua había dejado de salir negra. Se pasó una mano por el pelo mojado y sonrió para sí.
Deacon Dillinger esperaba a una rubia. Y eso era justamente lo que iba a encontrar.
Una vez seca, se quedó mirando su reflejo en el espejo. El ojo izquierdo estaba tan hinchado que apenas conseguía mantenerlo abierto. Su labio superior era una salchicha frankfurt y tenía unas ojeras por las que cualquier mapache suspiraría.
Se hizo una mueca a sí misma.
No estaba precisamente en su mejor momento.
Con aquella pinta no iba a asustar a nadie. Aunque, pensándolo bien, Deacon ya tenía motivos de sobra para tenerle miedo.
Faltaban apenas dos minutos para el mediodía. Abbie salió por la puerta y se plantó en medio de la carretera. Marcus se colocó a su lado, arco en mano. A cada segundo que pasaba, Abbie se arrepentía más y más de haberle permitido a Deacon estar presente en la entrega.
—Tranquila —dijo Marcus—. Solo es un hombre y tenemos a su hermana.
—Lo sé, pero ni con esas puedo dejar de apretar el culo.
Marcus sonrió.
—Recuerda lo que te ha dicho Grizz y todo irá bien.
Deacon fue puntual. A las doce en punto, el convoy apareció por la curva, encabezado por el camión de mudanzas. Abbie tragó saliva cuando el vehículo se detuvo a escasos pasos de ella.
Deacon bajó de la cabina.
Abbie dejó de respirar.
No supo por qué. Ni siquiera fue consciente de haberlo hecho. Solo sabía que, de pronto, el aire había desaparecido. Aquel hombre avanzaba hacia ella con una calma aterradora. No corría. No gritaba. No necesitaba hacerlo.
Sintió un latigazo en la espalda.
«Corre».
El pensamiento surgió de la nada.
«Date la vuelta. Corre. Métete en el bosque y no mires atrás».
Se obligó a quedarse quieta, haciendo un gran esfuerzo por mantenerse de pie pese al temblor de sus piernas.