La reina en el bosque CAPÍTULO 21 #2
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CAPÍTULO 21 #2

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Abbie—. Supongo que un ataque frontal no es una opción.

—No podemos permitir que nos detecten. Si se atrincheran y dan la alarma por radio, Deacon nos caerá encima en menos de cinco minutos.

—¿Alguna idea?

Grizz asintió.

—Escuchadme bien porque no tenemos margen de error.

Marcus rodeó la urbanización por la izquierda, en dirección al generador eléctrico.

Estaba instalado en la parte trasera de la casa contigua, oculto tras una arboleda que separaba ambas parcelas.

El plan consistía en dejar sin luz la vivienda y esperar a que uno de los vigilantes —preferiblemente el que llevaba el perro— fuera a comprobar qué ocurría.

Ahí entrarían en juego la puntería y la rapidez de Marcus.

Después tendría que volver a poner el generador en marcha y, unos segundos más tarde, apagarlo de nuevo.

Con un poco de suerte, creerían que el aparato estaba fallando y no sospecharían lo que se les venía encima.

Uno de los puntos más delicados del plan era Marcus.

Desde el generador no tendría visión directa de la casa y, por tanto, ignoraría lo que estuviera ocurriendo allí.

Para coordinarse habían establecido una secuencia muy precisa: treinta segundos de oscuridad, veinte con la luz encendida y, después, otro apagón.

Abbie y Grizz tendrían que moverse siguiendo aquel ritmo al pie de la letra.

Mientras esperaba, Abbie empezó a imaginar todas las formas posibles de que aquel plan se fuera al infierno.

Eran demasiadas. Nunca había estado tan nerviosa.

Ya no estaban en el bosque. El enemigo conocía el terreno y jugaba en casa.

La única ventaja con la que contaban era el factor sorpresa… y aquella oscuridad por fascículos.

—Recuerda —dijo Grizz—. Una vez dentro, vas a por Daphne. Todo lo demás no importa. Pase lo que pase. ¿Ha quedado claro?

Abbie tragó saliva y asintió en el mismo momento en que la casa quedó a oscuras. Ya no había vuelta atrás.

—Conmigo.

Avanzaron agachados, acercándose a su objetivo por el lado derecho.

Grizz ordenó parar tras unos parterres, a escasos veinte metros del edificio.

Varios haces de luz comenzaron a barrer el interior de la casa.

El vigilante corpulento apareció tras una puerta, buscando con la linterna a sus compañeros.

—¡Earl! —gritó.

Otro de los hombres giró la esquina de la galería tras unos segundos, cogió la linterna y empezó a bajar por las escaleras. En ese momento, el vigilante del perro apareció tras la casa.

—¡Rusty! ¿Quieres que acompañe a Bob?

—Tú a lo tuyo —ordenó Rusty desde la galería.

Sin atreverse siquiera a respirar, Abbie vio a Bob desaparecer en la arboleda dirección al generador. Los siguientes segundos serían cruciales. No tuvo que esperar demasiado. La electricidad volvió de repente, iluminando de nuevo la casa. Empezó a contar mentalmente.

—Y veinte… —murmuró.

Carmody Creek volvió a quedar a oscuras.

—Buen chico.

Grizz le hizo un gesto. Nada de moverse durante aquel apagón. De nuevo se hizo la luz durante veinte segundos exactos y de nuevo se fue a ir. Rusty volvió a salir a la galería. No parecía de buen humor.

—¡Hank! —gritó.

El del perro alzó la linterna al escuchar su nombre y cegó a su compañero, algo que no le hizo demasiada gracia.

—¿Eres gilipollas o qué te pasa?

—Yo solo…

—Déjate de hostias y ve a ver qué coño le pasa al inútil de tu primo.

A Abbie no le quedaba ni un músculo por apretar. La tensión casi le impedía coger aire. Hank se esfumó entre los árboles, seguido del pastor alemán, el verdadero motivo de su nerviosismo. Nunca había sido creyente, pero cerró los ojos y rezó en silencio.

Algo llegó hasta sus oídos. O quizá solo lo imaginó. ¿Un lamento? ¿Un conato de ladrido? Después volvió el silencio. Solo el romper lejano de las olas contra la orilla.

Y se hizo la luz. Durante veinte segundos. Abbie respiró aliviada. Marcus seguía vivo.

Con el siguiente apagón se movieron. Alcanzaron la casa y la rodearon hasta la parte trasera, casi al borde del talud. Allí había otra escalera exterior que desembocaba directamente a la terraza de la primera planta.

La luz regresó justo cuando se ocultaban tras una barbacoa de obra. Desde allí podían ver la cocina a través de los ventanales. Uno de los hombres buscaba algo en el frigorífico cuando de nuevo se produjo otro apagón.

—¡Arreglad ese puto trasto de una vez, malditos inútiles!

La voz llegó desde la planta superior. Aguda. Estridente. Furiosa.

Daphne.

—Ya estoy hasta los huevos… —escuchó decir al hombre de la cocina.

La radio crepitó entre chasquidos de estática.

—Aquí Carmody para Base. ¿Me recibís?

—Aquí Base. ¿Qué ocurre?

—Estamos teniendo problemas con el generador. Lo arrancamos y vuelve a pararse.

—Puede ser falta de aceite. O de agua.

—Por mí como si le falta bourbon con soda. Mandad a alguien que lo arregle.

—Vuestras órdenes son regresar mañana por la mañana. ¿No podéis pasar la noche así?

—¿Te contesto a eso o prefieres que te pase con Su Majestad?

Hubo un breve silencio.

—Recibido. Os envío a alguien.

Antes de que la transmisión terminara, otra voz irrumpió en la frecuencia.

—Aquí Patrulla Dos. Estamos cerca de Carmody y controlamos bastante de esos trastos. Si queréis, le echamos un vistazo. Estaremos ahí en tres minutos.

—Recibido, Patrulla Dos. Nos salváis la vida. ¿Tenéis llave del candado o tenemos que abriros la verja?

—Negativo, Carmody. No tenemos llave.

—Recibido. Os mando a Hank para que os abra. ¿Has oído eso, Hank? Dirígete a la verja para abrirle a la patrulla.

Abbie se mordió el labio inferior. Aquello se estaba complicando por momentos.

Como era de esperar, solo respondió el crepitar de la estática. La luz volvió durante veinte segundos.

—Hank, ¿me recibes?

Nada.

—¿Qué coño pasa? —preguntó Rusty.

—Hank no contesta.

La casa volvió a quedarse a oscuras.

—Esto no me gusta. Déjame eso.

Un nuevo chasquido de estática.

—Carmody a Base. Aquí está pasando algo raro. Mandad refuerzos.

—Ahora —dijo Grizz—. Recuerda tus órdenes.

No esperó respuesta.

Salió de detrás de la barbacoa y cruzó a zancadas la distancia que lo separaba del ventanal. El primer disparo hizo estallar el cristal en una lluvia de fragmentos. El factor sorpresa acababa de irse al infierno.

El segundo disparo retumbó al mismo tiempo que la electricidad volvía a recorrer la casa. Las bombillas se encendieron de golpe. El hombre que se encontraba en la cocina cayó fulminado sobre el suelo.

Rusty reaccionó al instante. Ni siquiera miró a su compañero. Comprendió que, si dejaba recargar aquella escopeta, él sería el siguiente. Se lanzó contra Grizz como un toro desbocado. Ambos atravesaron el ventanal destrozado y rodaron por la terraza entre cristales, muebles de jardín y maceteros.

Abbie desenfundó la recortada y buscó un hueco para disparar, pero era imposible. Los dos hombres no dejaban de forcejear. Si apretaba el gatillo, tenía tantas posibilidades de acertar a Rusty como de volarle la cabeza a Grizz.

Desde el suelo, el trampero giró la cabeza hacia ella.

—¡Sube a por ella!

Durante una fracción de segundo, Abbie permaneció inmóvil. Aquel hombre era más joven, más alto y más fuerte que Grizz. Quería ayudarlo. Quería disparar. Quería hacer cualquier cosa menos dejarlo allí.

Entonces recordó sus órdenes. «Pase lo que pase».

Se adentró en la casa y encontró la escalera en el salón. Subió los peldaños de dos en dos.

La encontró en el pasillo.

Vestía unos pantalones cortos vaqueros y una camiseta de tirantes blanca.

Iba descalza. El pelo rubio, recogido en una coleta, dejaba al descubierto un rostro de facciones suaves.

A primera vista costaba creer que aquella chica perteneciera a la misma familia que Dwayne.

Era guapa. Mucho. Pero bastó que sus ojos se clavaran en los de Abbie para que aquella impresión desapareciera.

No había miedo. Ni desconcierto. Solo una frialdad desafiante que le revolvió el estómago.

—¡Quieta! —gritó Abbie.

Daphne hizo exactamente lo contrario. Retrocedió un par de pasos y se encerró en su dormitorio.

Mientras recorría el pasillo, Abbie oyó girar el pestillo.

—¡Mierda!

Descargó una patada contra la puerta. La madera apenas tembló. Aquello no era contrachapado barato, sino una hoja maciza. El impacto le recorrió la pierna hasta la rodilla.

Sin pensárselo dos veces, levantó la recortada y disparó. El pomo saltó por los aires, dejando en su lugar un boquete astillado. Empujó de nuevo y la puerta se abrió de golpe.

No llegó a ver venir el bate.

El golpe le estalló en el hombro y la escopeta salió despedida por la habitación.

Su primer impulso fue lanzarse a por el arma, pero Daphne ya descargaba un segundo golpe.

Abbie reaccionó por instinto. Se abalanzó sobre la joven igual que acababa de ver hacer a Rusty con Grizz. El bate escapó de las manos de Daphne al chocar contra la pared, pero ninguna de las dos dejó de forcejear. Rodaron por el suelo entre gritos, golpes y muebles volcados.

Cuando todo se detuvo, Abbie estaba boca arriba. Daphne la inmovilizaba con una rodilla sobre el vientre.

—¡Has matado a mi hermano! —rugió.

El puñetazo alcanzó de lleno el pómulo izquierdo de Abbie.

Su campo de visión se llenó de estrellitas. Después llegó el dolor. Seco. Brutal.

Antes siquiera de que pudiera quejarse, otro puñetazo le estalló en el labio. El sabor de la sangre le inundó la boca.

O hacía algo, o aquella hija de puta la iba a moler a hostias.

Buscó a tientas el cuchillo, pero la rodilla de Daphne le impedía desenfundarlo. Siguió palpando a ciegas hasta dar con un objeto pesado. Lo agarró y lo estrelló contra la cara de su adversaria.

La cabeza de Daphne se sacudió hacia un lado, pero no cayó. Soltó un gruñido y volvió a encararse con ella.

Abbie levantó el brazo para golpearla otra vez. Esta vez la joven le atrapó la muñeca antes del impacto. Con la izquierda libre, Abbie lanzó un zarpazo desesperado. Las uñas le cruzaron la mejilla de arriba abajo.

Daphne gritó de rabia.

Pero siguió arriba.