La reina en el bosque CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Era noche cerrada cuando alcanzaron Carmody Creek. Abbie llevaba tanto tiempo caminando que ya no sabía si lo que sentía dentro de las botas era dolor o simplemente la ausencia total de pies.

Grizz no les había concedido más descanso que el imprescindible para beber, recuperar el aliento y continuar.

Marcus había soportado la marcha sin una sola queja, lo que le resultaba admirable e irritante a partes iguales.

Abbie, en cambio, sentía las piernas arder y la espalda le torturaba a cada paso.

Si se sentaba, tendrían que dejarla allí hasta la primavera.

Pero Grizz tenía razón.

Dwayne llevaba unas horas muerto y Deacon ya debía de estar planeando su contraataque.

En cuanto amaneciera, infestaría el bosque de hombres armados ansiosos por vengar la muerte de uno de los Dillinger.

Y Daphne tampoco permanecería mucho más tiempo en aquel escondite.

La trasladarían a Côte Sauvage para enterrar a su hermano y, después de lo ocurrido, Deacon no volvería a permitir que se alejase de él.

No habría una segunda oportunidad.

Abbie se repitió todo aquello mientras avanzaba detrás de Grizz a través del bosque. Era un razonamiento impecable.

Lástima que sus pies no entendieran de razonamientos.

Aquel lugar se parecía más a una fortaleza que a una urbanización de lujo a orillas del Lago Superior.

Ni Abbie ni Grizz habían puesto un pie allí en su vida.

Marcus, en cambio, sí conservaba un recuerdo lejano.

Tendría ocho o nueve años cuando su padre lo llevó a visitar una de las mansiones.

El propietario, que solía contratarlo como guía en sus partidas de caza, acababa de regresar de un safari por África y estaba deseando enseñarle los últimos animales disecados que había incorporado a su colección.

Habían pasado demasiados años desde entonces para confiar en su memoria.

Apenas recordaba un puñado de imágenes: una gran verja de hierro, mansiones enormes escondidas entre los pinos y un talud de unos diez metros desde el que descendían varias escaleras hasta una pequeña cala de acceso exclusivo, encajada entre salientes de roca. Poco más.

Si el lugar seguía siendo como él lo recordaba, no lo iban a tener nada fácil.

Cruzaron la carretera y se internaron por el camino privado que serpenteaba entre los pinos. Era el único acceso a Carmody Creek.

Lo primero que encontraron fue un gran cartel de piedra y ladrillo con el nombre de la urbanización grabado en una placa de bronce.

Grizz levantó el puño.

—Quedaos aquí.

Sin esperar respuesta, desapareció entre las sombras para reconocer la entrada.

Abbie dejó caer la mochila y se desplomó junto al cartel. Apoyó la espalda contra los ladrillos y estiró las piernas todo lo que pudo, agradeciendo el descanso.

Pasados unos minutos, Marcus sacó un trozo de cecina de la mochila y se lo ofreció.

—Deberías comer algo.

Abbie negó con la cabeza. Desenroscó el tapón de la cantimplora y dio un largo trago de agua.

—No creo ni que pueda masticar. Y mucho menos eso.

Permaneció unos segundos con la mirada perdida entre los árboles.

—Estoy deseando acabar con todo esto —añadió—. Pero, ¿te has parado a pensar en lo que vamos a hacer esta noche?

Marcus se encogió de hombros mientras luchaba por desgarrar un pedazo de carne seca.

—¿A qué te refieres? —preguntó tras unos segundos.

—Dwayne se merecía lo que le ha pasado hoy. Y no me cabe la menor duda de que Deacon y Derrick también. Pero Daphne… —Negó despacio con la cabeza—. Hasta donde sabemos, no ha hecho nada. Su único delito ha sido nacer en esa familia.

—Espera a conocerla —dijo Grizz, saliendo de la nada—. Seguro que después no piensas lo mismo.

—Joder —se sobresaltó Abbie—. Casi me meo encima.

—Bajáis la guardia a la mínima oportunidad. Un día os costará caro —dijo Grizz—. Vamos. He encontrado un sitio por donde entrar.

El trampero los condujo hasta la entrada de la urbanización.

La verja apareció entre los árboles como la puerta de un bastión.

Más de tres metros de hierro forjado rematados por afiladas lanzas ornamentales cerraban el único acceso a Carmody Creek.

De ella nacía un sólido muro de piedra y hormigón que se perdía en ambas direcciones.

La garita de seguridad permanecía completamente a oscuras y desierta.

Solo al acercarse, Abbie reparó en la gruesa cadena y el enorme candado que mantenían bloqueada la entrada.

—Por aquí va a estar crudo entrar… —observó Abbie—. Y salir.

—Habrá que buscar las llaves —dijo Marcus.

Grizz no dijo nada, sino que giró hacia la izquierda y continuó avanzando pegado al muro. Le siguieron en silencio.

—¿Cuántos años tiene Daphne? —preguntó Abbie en un susurro.

—Es de mi edad —contestó Marcus—. Más o menos.

—Me cuesta imaginarte haciendo amistad con una quinceañera, Grizz.

—No la conozco de nada.

—¿Y por qué has dicho eso antes?

—No necesito conocerla. Es una Dillinger.

Grizz se paró en seco tras andar un buen trecho. La verja había quedado atrás.

—Es aquí —dijo.

Abbie miró a su alrededor. Aquella sección de muro no tenía nada de excepcional. No era más bajo. No tenía ninguna grieta por la que escurrirse. Ni siquiera había un árbol cercano desde el que encaramarse.

—¿Cómo lo vamos a hacer?

Como única respuesta, Grizz sacó una cuerda de su mochila y se la pasó por encima de la cabeza, a modo de bandolera.

—Te auparemos —dijo al fin—. Cuando estés en el otro lado, ata la cuerda a ese árbol —señaló la copa de un pequeño pino al otro lado del muro— y nos la lanzas. ¿Entendido?

Abbie accedió, aunque tenía sus reservas. Los dos hombres se colocaron para izarla, cada uno a un lado.

—Cuidado con dónde ponéis las manos —dijo.

Marcus cambió las suyas de posición.

—Era broma, chaval. Toca lo que tengas que tocar, pero súbeme hasta arriba. Escalar nunca ha sido lo mío.

—¿Preparada? —preguntó Grizz.

Antes de que pudiera asentir, los dos hombres la impulsaron hacia arriba.

La pared de piedra pasó junto a ella en un suspiro.

Se agarró con las dos manos a la parte superior y pasó una pierna por encima antes de perder el impulso.

Conseguido. Ahora tocaba bajar. Se descolgó todo lo que pudo.

Cuando sus brazos quedaron completamente estirados, aún calculó más de un metro hasta el suelo.

Maldijo entre dientes, cerró los ojos y se dejó caer.

El impacto le recorrió las piernas, la espalda y los dientes.

Se quedó inmóvil un instante, comprobando que todo seguía en su sitio.

Respiró aliviada. No parecía haberse roto nada.

Sin perder ni un segundo, ató la cuerda a la base del tronco y la lanzó al otro lado.

Se tensó al instante. Marcus asomó poco después.

Saltó desde lo alto y aterrizó con la misma elegancia que una pantera.

Abbie le dedicó una mirada de odio. Después llegó el turno de Grizz.

Su aterrizaje no fue tan elegante, pero acabó en el suelo con todos los huesos intactos, que ya era mucho decir.

Siguieron adentrándose, sin exponerse demasiado, pero sin perder de vista el camino de grava que serpenteaba entre la vegetación.

No tardaron en llegar a la zona residencial.

Marcus las había descrito como mansiones, pero Abbie enseguida comprendió que no era la palabra adecuada.

Eran grandes casas de verano construidas para gente con mucho dinero, aunque sin la ostentación que se le presuponía a una mansión.

Grandes ventanales abiertos al lago, amplias terrazas y tejados inclinados dibujaban unas siluetas elegantes incluso bajo la escasa luz de la luna.

Le habría gustado contemplarlas de cerca y con la luz del día.

Una lástima que aquella noche hubieran ido para otra cosa.

De la media docena de construcciones que se recortaban contra el cielo nocturno, solo una estaba iluminada.

La luz de la terraza y de la galería cubierta bañaba buena parte de la fachada, dejando entrever las maderas nobles, el estuco y los enormes ventanales orientados al Lago Superior.

A Abbie no le quedó más remedio que admitir que Daphne tenía buen gusto.

La terraza era más grande que su piso entero de Minneapolis.

No imaginaba un sitio mejor para estar encerrada.

La planta baja albergaba un garaje para dos vehículos.

Dos portones metálicos gemelos ocupaban casi toda la fachada, dejando apenas espacio para una pequeña puerta de servicio.

Desde allí, una escalera exterior ascendía hasta la galería cubierta que rodeaba la planta principal.

Más arriba aún, un único ventanal permanecía iluminado.

Tras él, una silueta no dejaba de caminar de un lado a otro.

De vez en cuando se llevaba una mano a la boca.

Parecía estar fumando. Sus movimientos, la forma de andar... Todo indicaba que era una mujer.

—Es ella —susurró Abbie.

Grizz asintió. También la había visto.

—Mirad —dijo Marcus—. En el garaje.

Un hombre acababa de rodear una de las esquinas de la casa. Llevaba un rifle al hombro, pero no fue el arma lo que llamó la atención de Abbie. A su lado caminaba un pastor alemán sujeto con la mano izquierda.

Grizz lanzó un gruñido.

—¿Mala noticia?

El trampero no contestó.

—Quedaos aquí. No bajéis la guardia y, sobre todo, no dejéis que ese chucho os huela.

Aparte del que paseaba al perro, localizaron a otros dos hombres. Uno vigilaba desde la galería cubierta y el otro recorría lentamente el perímetro de la casa. Todo indicaba que Daphne ocupaba la planta superior.

—Ahí hay otro —susurró Marcus.

Abbie siguió la dirección que le señalaba. Un cuarto vigilante acababa de aparecer al otro extremo de la galería. Era enorme.

Cuatro hombres. Y el perro.

Eso en el mejor de los casos. No podían descartar que hubiese alguno más durmiendo dentro de la casa.

Aquello no iba a ser ningún paseo.

Grizz regresó casi una hora después.

—Hemos contado cuatro y el perro —le informó Marcus.

—Son todos. Están en alerta por lo de Dwayne.