CAPÍTULO 20 #4
Según Dwayne, el único que había sobrevivido a un encuentro con aquella maldita zorra, no era más que otra de las putas del campamento. Una rubia con suerte y unas tetas de escándalo que habían terminado por obsesionar a su hermano pequeño.
Pero aquello…
Aquello era otra cosa.
Allí se apreciaba la mano de un profesional. De alguien que llevaba media vida leyendo el bosque como otros leían el periódico cada mañana.
Deacon conocía a la mayoría de los tramperos del condado. Había hecho tratos con algunos. Con otros había compartido más de una botella de bourbon. Muy pocos eran capaces de convertir un puñado de ramas, barro y estacas en una emboscada como aquella.
—¿Quién ha hecho esto? —preguntó Derrick, a su lado. Al parecer, había llegado a la misma conclusión que él.
—Grizz... —susurró.
Derrick frunció el ceño.
—¿Ese viejo?
Deacon se incorporó lentamente y se sacudió las manos. Contempló los cadáveres repartidos por el claro y después la espesura que rodeaba la granja.
—¡Aquí hay otro!
La voz llegó desde el lindero del bosque.
Deacon y Derrick se dirigieron hacia allí a paso ligero. Dos hombres aguardaban junto a un cuerpo medio oculto entre los helechos.
—¿Es Dwayne? —preguntó Derrick antes incluso de llegar.
Uno de ellos negó con la cabeza.
Deacon apartó unas ramas con la punta de la bota y contempló el cadáver. La garganta estaba abierta de lado a lado. Un único corte limpio. Profundo. Ejecutado con decisión. Nada de destornilladores ni mechones de pelo.
Rápido.
Silencioso.
Profesional.
Permaneció unos segundos observando la herida. Después levantó la vista hacia el bosque, como si esperara encontrar allí al hombre que la había provocado.
—Ya no estamos buscando a esa rubia —dijo al fin—. Nuestro enemigo es mucho más peligroso de lo que habíamos imaginado. Hasta ahora lo hemos subestimado. No cometamos el mismo error una vez más.
Encontraron al cuarto hombre casi media hora después.
Yacía boca abajo entre los árboles. El rifle descansaba a pocos pasos del cuerpo, con el cerrojo abierto y el cargador vacío.
Deacon se agachó junto al cadáver. No necesitó demasiado tiempo para reconstruir lo ocurrido.
Aquel hombre había perseguido a alguien.
Las ramas partidas, los matorrales aplastados y la tierra removida hablaban de una carrera desesperada. Más adelante, el bosque mostraba señales de un forcejeo. El hombre había llegado a echarle las manos encima a su presa.
Después…
Después había ocurrido algo.
Deacon observó las heridas. Varias cuchilladas en la espalda. Más en los costados. Poco profundas, hechas sin fuerza. Le dieron la vuelta. No había ninguna en el pecho. Ninguna propia de un enfrentamiento cara a cara.
Frunció el ceño.
Aquello no había sido una pelea justa.
Alguien había aparecido por su espalda.
Deacon se incorporó y dejó vagar la mirada entre los árboles.
Cada cadáver le contaba una historia distinta. Pero todas apuntaban a la misma conclusión.
Cazaban en grupo.
No fue hasta casi dos horas después cuando encontraron a Dwayne. El hombre que acudió a buscarlos no tuvo que decir una sola palabra. La expresión desencajada de su rostro le bastó a Deacon para comprender que su hermano también había sido cazado.
—Llevadnos hasta él.
El cadáver yacía al pie de un pino, desnudo de cintura para abajo.
Se había cagado encima. La mejilla derecha mostraba una herida reciente, mucho menos aparatosa que la de la izquierda, aunque suficiente para entender que se habían tomado su tiempo antes de acabar con él.
Los cuatro destornilladores clavados en el tórax llamaron enseguida la atención de Deacon.
Sobresalían del cuerpo con una precisión casi quirúrgica, marcando el lugar donde debían de encontrarse el corazón, los pulmones y el hígado.
Aquello no parecía la obra de un asesino fuera de sí.
Era una escena cuidadosamente preparada para impactar, para causar miedo.
Y funcionaba. Derrick retrocedió un paso. Luego otro. La mandíbula empezó a temblarle mientras contemplaba el cuerpo de Dwayne. Abrió la boca para decir algo, pero no consiguió emitir un solo sonido.
—Cálmate, hermano —dijo con voz de hierro.
Deacon se arrodilló junto al cadáver y agarró uno de los destornilladores por la empuñadura.
La herramienta salió sin apenas ofrecer resistencia.
Observó el orificio, volvió a mirar el destornillador y repitió la operación con otro.
Después con un tercero. Todos salían igual de limpios.
Todos bailaban dentro de las heridas. Ninguno podía haber causado unas lesiones tan profundas y anchas como aquellas.
Permaneció inmóvil unos segundos, contemplando el cuerpo de su hermano mientras las piezas empezaban a encajar.
Los destornilladores no habían matado a Dwayne.
Solo formaban parte de la escenografía, igual que los mechones de pelo rubio.
Alguien había construido una leyenda negra a partir de aquellos dos elementos tan sencillos, y ellos mismos llevaban semanas alimentándola sin darse cuenta.
—Llevadlo al pueblo y que lo preparen para un entierro digno —ordenó—. Y preparadlo todo. Hoy hemos sido la presa. Mañana volveremos a ser los cazadores.