La reina en el bosque CAPÍTULO 20 #3
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CAPÍTULO 20 #3

Abbie permaneció inmóvil, observándolo desde una distancia segura. Ya no era ella quien huía. Era Dwayne quien empezaba a correr detrás de un fantasma.

El hombre giró sobre sí mismo con la recortada preparada, intentando descubrir cualquier movimiento entre la maleza. Un arbusto tembló a su derecha.

Disparó.

El primer estampido resonó por todo el bosque. Un conejo salió despedido entre los matorrales y desapareció ladera abajo.

—¡Joder! ¡Putos conejos!

Continuó avanzando despacio. Se detenía cada pocos pasos para escuchar. Miraba detrás de cada tronco antes de rodearlo. Giraba sobre sí mismo una y otra vez. Abbie lo acechó en silencio, manteniéndose siempre fuera de su vista.

Otro arbusto se agitó un poco más adelante.

Dwayne se volvió en redondo y apretó el segundo gatillo.

El eco del disparo todavía rebotaba entre los árboles cuando comprendió que había vuelto a disparar contra nada.

Masculló una maldición, abrió la recortada y buscó dos cartuchos en el bolsillo de la chaqueta.

Aquella era su oportunidad.

Abbie salió de detrás del árbol. Dwayne levantó la vista al oír el crujido de las hojas. Durante una fracción de segundo sus miradas volvieron a cruzarse.

Ella no le dio tiempo a hacer nada.

Devoró los últimos pasos con la escopeta empuñada como si fuera un bate y descargó toda la fuerza de su cuerpo en un culatazo brutal contra su sien.

El golpe de la madera contra el hueso sonó seco, contundente.

Dwayne perdió el equilibrio y dio un traspié hacia un lado. La recortada abierta se le escapó de las manos. Intentó recuperar la vertical, pero las piernas dejaron de responderle.

Abbie se lanzó sobre él sin dudarlo. Lo derribó de un empujón, le inmovilizó un brazo a la espalda y le clavó una rodilla entre los omóplatos. Dwayne lanzó un gruñido e intentó revolverse, pero sin fuerza suficiente.

Sin levantar la rodilla, abrió uno de los bolsillos laterales del pantalón, sacó una brida de plástico y le atrapó las muñecas a la espalda con un tirón seco. Comprobó que no cedía, le dio la vuelta de una patada y se dejó caer sobre su pecho antes de que pudiera recuperar el aliento.

El cuchillo de caza apareció en su mano como si siempre hubiera estado allí. Apoyó el filo bajo su mandíbula, justo donde empezaba el cuello.

—Ahora vas a decirme dónde escondéis a la zorra de tu hermana… o tú y yo vamos a tener un problema de verdad.

—¿Para qué quieres a Daphne?

—Eso es cosa mía. Tú responde.

Dwayne no contestó. En lugar de eso, le lanzó un escupitajo que le acertó de lleno en la cara.

Abbie se limpió con el dorso de la mano. No dijo una sola palabra más. Se limitó a hundir el cuchillo en la mejilla sana hasta que la punta chocó contra los dientes. Dwayne apretó la mandíbula para evitar que la hoja entrase más.

—No estoy bromeando, Dwayne —le advirtió Abbie—. Puedes ahorrarte mucho dolor. ¿Dónde está Daphne?

—Que te den por…

La frase murió en un grito de dolor. Al hablar, la hoja del cuchillo se clavó un poco más en el interior de la boca. Dwayne se quedó inmóvil, respirando entre jadeos. Abbie retiró el cuchillo despacio. No quería matarlo. Al menos, no antes de que hablara.

—Ya estoy hasta los ovarios de tantos jueguecitos. Quería evitarme el mal trago, pero no me dejas otra opción.

Abbie se incorporó. Dwayne aprovechó el momento para intentar levantarse, pero maniatado a la espalda y todavía aturdido apenas consiguió despegar el torso del suelo. Por si acaso, Abbie le estampó la bota en el pecho y volvió a pegarlo contra la hojarasca.

—¿Qué coño vas a hacer?

La sangre se le mezclaba con la saliva y se le escapaba por la boca y la herida recién abierta.

Abbie no respondió. Se agachó junto a él, desabrochó el cinturón de un tirón y lo sacó de las trabillas. Después desabotonó los pantalones y tiró de ellos hacia abajo.

—¡Déjame, joder!

Dwayne se retorció como pudo, pero las bridas apenas le permitían moverse. Abbie terminó de bajarle los pantalones y, haciendo de tripas corazón, arrastró también la ropa interior. Tuvo que reprimir una arcada ante la visión de sus genitales.

El hijo de puta calzaba como un caballo.

—Ahora entiendo muchas cosas —dijo, volviendo a desenfundar el cuchillo.

—¿Qué… qué vas a hacer?

—Nada que vayas a disfrutar. Te lo aseguro.

Unos quince minutos después, Abbie distinguió dos figuras entre los árboles.

Permaneció inmóvil tras el tronco, con la respiración contenida y las piernas preparadas para salir corriendo.

No fue hasta reconocer la forma de caminar de Grizz y el arco compuesto de Marcus cuando se permitió un suspiro de alivio.

Ambos venían con las ropas salpicadas de sangre. Incluso traían su mochila.

Los dos se quedaron plantados ante Dwayne, quien permanecía tirado sobre la hojarasca, con las manos atadas a la espalda y los calzoncillos por los tobillos. Aún no había parado de llorar.

—Ya puedes salir, chica —dijo Grizz sin apartar la vista de él—. Somos nosotros.

Abbie salió de detrás de un gran abeto y recorrió la poca distancia que la separaba de Marcus. Lo abrazó sin pensarlo.

—Gracias a Dios. ¿Estáis heridos?

—Estamos bien —la tranquilizó el chico.

Abbie asintió y se volvió hacia Grizz.

—Ya sé dónde está Daphne. ¿Os suena un lugar llamado Carmody Creek?

Marcus asintió.

—Está al norte del pueblo. Hace unos años levantaron unas cuantas casas de lujo por allí.

—¿Estás segura de que te ha dicho la verdad? —preguntó Grizz.

Abbie ni siquiera miró a Dwayne.

—Este traicionaría a su propia madre con tal de conservar la polla.

Grizz asintió, satisfecho. Se giró hacia Marcus.

—Es tuyo. No tardes.

Habían tardado más de una hora en limpiar el claro de trampas.

Deacon observó cómo sus hombres terminaban de peinar la zona cuando uno de ellos se acercó.

—No hay más trampas. Las hemos encontrado todas. La casa también está limpia.

Deacon asintió.

—Seguid buscando a mi hermano.

El hombre volvió con el resto y empezó a dar instrucciones.

Deacon avanzó despacio. Pasó junto al cadáver con la espalda abierta por un tiro de escopeta y se detuvo ante el otro, el que seguía empalado sobre la trampa.

Se agachó sin prisas. Examinó el hoyo, la inclinación de las estacas, el afilado de la madera y la forma en que habían quedado ocultas bajo la tierra y las hojas.

Aquello no lo había hecho una rubia con un destornillador.