CAPÍTULO 20 #2
—Estoy deseando que me castigues. He sido una chica muy, muy mala. ¿Quieres que me vaya quitando la ropa o prefieres hacerlo tú?
Apagó la radio sin esperar respuesta. No podía permitirse que algún chasquido de estática revelase su posición.
Dwayne no se hizo esperar.
Una enorme camioneta irrumpió en el claro levantando una nube de polvo. La carrocería, salpicada de barro seco hasta las ventanillas, apenas dejaba adivinar el color original. Las ruedas, desproporcionadas para cualquier carretera, parecían hechas para abrirse paso por el bosque.
Las cuatro puertas se abrieron al mismo tiempo.
Cuatro hombres descendieron de la cabina. Gorras de béisbol, vaqueros desgastados, camisas a cuadros, barbas descuidadas. ¿Acaso los hacían a todos con el mismo molde?
El último en bajar fue Dwayne, con un gran vendaje blanco en la mejilla izquierda.
Él era diferente. No por su altura, por su delgadez o por aquellos movimientos desgarbados, sino por el cosquilleo que despertó en el estómago de Abbie al verlo aparecer.
Casi tuvo que reprimir una sonrisa al recordar cómo había terminado su último encuentro.
Sin perder un segundo, los cinco rodearon la parte trasera de la camioneta. Dwayne bajó el portón de la caja y se empezaron a repartir rifles, escopetas y cajas de munición como quien descarga herramientas antes de ponerse a trabajar.
Dwayne repartió a sus hombres con un gesto.
Dos rodearon la casa por el flanco derecho y los otros dos hicieron lo propio por el izquierdo.
Él avanzó por el centro, escopeta en mano, dispuesto a entrar en la vieja casa.
¿De verdad se había tragado que ella lo estaba esperando arriba, desnuda y deseosa?
Un alarido desgarró el bosque. Todos se giraron hacia el flanco izquierdo. Abbie sonrió para sus adentros. Uno acababa de probar las trampas de Grizz.
Todos retrocedieron hasta el hombre atrapado, armas en alto y la vista fija en el bosque.
El herido no dejaba de gritar mientras se retorcía de dolor por la estaca que le atravesaba la pantorrilla.
Abbie aguzó el oído, pero no alcanzaba a distinguir la conversación.
Apenas algunas palabras sueltas, varios insultos y demasiados aspavientos.
Uno señaló la pierna ensangrentada. Otro hizo un gesto hacia la camioneta.
Parecían discutir si debían sacarlo de la trampa y llevarlo de vuelta al pueblo.
Dwayne parecía negarse. Incluso desde aquella distancia resultaba evidente que estaba empezando a perder los nervios.
Mientras tanto, el desgraciado seguía berreando como un ciervo agonizante.
Dwayne levantó la recortada y le descerrajó un tiro a quemarropa.
El silencio apenas duró un segundo.
Uno de los hombres empezó a gritarle. Abbie siguió sin entender las palabras, pero el tono bastaba para saber que le estaba recriminando lo que acababa de hacer.
Quizá fuese familiar del fiambre. Al fin y al cabo, allí todos parecían primos.
Dwayne respondió a voces. El otro negó con la cabeza, se dio la vuelta y echó a andar en dirección a la camioneta.
La recortada de Dwayne volvió a rugir.
El hombre se desplomó boca abajo sin llegar a recorrer ni diez metros.
«Al final nos va a hacer todo el trabajo», pensó Abbie.
Dwayne se encaró con los dos supervivientes.
No hizo falta escucharle para comprender la orden.
Ambos bajaron la cabeza y reanudaron la búsqueda sin perderse de vista.
Dwayne desapareció en el interior de la casa mientras ellos avanzaban por el flanco izquierdo, arrastrando los pies antes de dar cada paso y escudriñando el suelo.
Estaban decididos a encontrar las trampas de Grizz antes de que las trampas los encontraran a ellos.
Uno de ellos terminó encontrando otra. Se agachó para apartar las ramas que la ocultaban y comprobar dónde estaba el agujero. Su compañero, algo más rezagado y demasiado cerca de la linde del bosque, siguió avanzando un poco más.
Entonces desapareció.
No hubo gritos. Ni forcejeos. Ni un disparo. Simplemente pasó detrás del tronco de un pino... y no volvió a salir.
Abbie contuvo la respiración. No lo vio, pero lo supo. Grizz.
El otro Dillinger tardó unos segundos en darse cuenta de que se acababa de quedar solo. Levantó la cabeza, buscó a su compañero con la mirada y comenzó a girar sobre sí mismo, cada vez más nervioso. Acabó llamando a gritos a Dwayne.
La puerta trasera de la casa se abrió de golpe.
El flacucho apareció con la recortada preparada.
Hablaron durante unos segundos. Abbie no entendió una sola palabra, pero el hombre no dejaba de señalar hacia el bosque, al lugar donde su compañero acababa de esfumarse.
Dwayne respondió con una maldición y, tras echar un último vistazo a la linde, ambos comenzaron a rodear la casa por el flanco derecho en dirección a la camioneta.
No.
Abbie sintió cómo se le encogía el estómago.
No podían dejar escapar a Dwayne. No después de haber llegado tan lejos.
¿A qué demonios esperaba Marcus? Desde su posición debía de tener un tiro limpio para abatir al último paleto. Después ya se encargarían de Dwayne de una forma u otra.
Pasaron unos segundos en los que nada ocurrió.
Algo iba mal.
—Dispara, Marcus —susurró.
La flecha silbó sobre el claro y fue a clavarse en la pared de la casa, a escasos centímetros de la cabeza de Dwayne.
Los dos hombres se giraron al instante hacia el bosque con las armas levantadas.
Abbie buscó el escondrijo de Marcus. No le hizo falta esmerarse demasiado.
El chico había abandonado la cobertura de los árboles para ganar un mejor ángulo de tiro.
Justo lo que Grizz llevaba días repitiéndole que jamás debía hacer.
Marcus montó otra flecha, tensó la cuerda y disparó de nuevo.
Volvió a fallar.
El paleto alzó el rifle y disparó. La bala arrancó una lluvia de corteza y astillas del árbol que Marcus acababa de abandonar. El chico trató de cargar otra flecha, pero un segundo disparo le hizo soltar el arco. Dio media vuelta y echó a correr hacia el bosque.
El del rifle salió inmediatamente detrás de él.
Dwayne echó a correr tras los dos.
Abbie maldijo entre dientes. Si lo alcanzaban, Marcus no tendría ninguna posibilidad frente a los dos.
Grizz tardaría demasiado en llegar hasta allí.
El trampero podía pasarse el día entero caminando por el bosque sin apenas fatigarse, pero lo había visto correr en alguna ocasión y desde luego no era ninguna gacela.
Para cuando llegara, todo habría terminado.
No lo pensó demasiado. Salió de detrás de la roca donde permanecía oculta y alcanzó el claro a la carrera.
—¡Eh! —gritó con todas sus fuerzas—. ¿Me has echado de menos?
Dwayne se detuvo en seco y se volvió hacia ella.
La miró durante un par de segundos, desconcertado ante aquella aparición.
Bajó la escopeta y torció el cuello hacia un lado.
Parecía que le costaba reconocerla. No era para menos.
La última vez la había visto con un top, unos shorts vaqueros y una coleta rubia.
Ahora vestía de camuflaje y de aquella melena apenas quedaban unos mechones desiguales de un negro deslucido.
Abbie sonrió.
—¿Qué pasa? ¿Ya no me reconoces?
La expresión de Dwayne cambió al instante.
—¿Quieres que juguemos tú y yo o al final te vas a rajar?
Dwayne salió disparado hacia ella.
Abbie sintió el impulso de echar mano a la recortada. Desde aquella distancia podía vaciarle los dos cañones en el pecho y acabar con todo allí mismo.
Por desgracia, lo necesitaban vivo.
Se deshizo de la mochila, dio media vuelta y echó a correr hacia el bosque.
«Aquí vamos otra vez.»
La situación era casi idéntica a la de su primer encuentro.
Perseguida por Dwayne en mitad del bosque.
Ahí terminaban las similitudes. Todo lo demás había cambiado.
Donde antes solo encontraba ramas que le arañaban la cara y troncos que le cerraban el paso, ahora veía refugios.
Cada roca rompía la línea de visión de su perseguidor.
Cada árbol era una oportunidad para desaparecer durante unos segundos.
Cada desnivel, cada mata de helechos y cada grupo de arbustos obligaban a Dwayne a adivinar hacia dónde había ido.
No necesitaba correr más deprisa que él. Solo necesitaba pensar más deprisa.
Lo dejó verla entre dos pinos. Apenas un destello.
Lo justo para que siguiera creyendo que estaba a punto de alcanzarla.
Cuando Dwayne llegó hasta allí, Abbie ya había cambiado de dirección aprovechando un claro cubierto de matorral bajo.
Lo oyó maldecir a su espalda antes de volver a aparecer unos metros más adelante.
Siempre lo bastante cerca para mantener viva la persecución.
Siempre lo suficientemente lejos para que no pudiera echarle mano.
Las piernas ya no le pesaban. Los pulmones ya no le quemaban. El aire seguía entrando con fuerza. Hacía apenas unos días habría dado cualquier cosa por encontrar un camino despejado. Ahora buscaba justo lo contrario. Cuanto más cerrado era el bosque, más cómoda se sentía.
Dwayne, en cambio, empezaba a venirse abajo.
Las ramas crujían bajo sus botas. Tropezó con una raíz y estuvo a punto de perder el equilibrio.
Soltó una maldición, recuperó la zancada y siguió adelante.
Su respiración sonaba cada vez más pesada.
Ya no corría con la seguridad de un hombre que persigue una presa.
Corría con la desesperación de quien teme perderla.
Abbie rodeó el inmenso tronco de un viejo pino y desapareció tras él. En lugar de seguir corriendo, retrocedió unos pasos, se agachó entre unos avellanos y esperó.
Dwayne apareció apenas cinco segundos después. Rodeó el árbol convencido de encontrarla allí.
No encontró a nadie.
Torció el gesto. Dio otra vuelta alrededor del tronco. Después una tercera.
Seguía sin haber nadie.
—¡¿Dónde coño te has metido?!
El grito retumbó entre los árboles.