La reina en el bosque CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Nada de trucha jugosa y caliente. Ni siquiera un puñado de bayas que echarse a la boca. El desayuno consistía en un pedazo de la famosa cecina de Grizz y unas tristes avellanas silvestres.

La carne estaba dura, salada y correosa.

A Keisha le entusiasmaba, pero a Abbie le resultaba casi incomible.

Arrancó un trozo con los dientes y lo hizo bajar con un sorbo de agua.

No morirse de hambre siempre estaba bien, pero aquella mañana habría dado cualquier cosa por un desayuno de verdad.

Bacon crujiente. Un par de huevos fritos con la yema aún líquida.

Un plato de tortitas con la mantequilla derritiéndose poco a poco, el sirope de arce resbalando por los bordes y una montaña de nata montada en lo alto. Y una cafetera entera solo para ella.

El frío tampoco ayudaba a mejorar su estado de ánimo.

El saco de dormir había bastado para no congelarse, pero poco más.

A finales del verano, el bosque ofrecía una sensación térmica bastante agradable durante el día.

Pero cuando el sol desaparecía, la humedad del lago se filtraba entre los árboles y el frío encontraba cualquier rendija por la que colarse.

Hasta ese momento, nunca les había faltado una buena hoguera para ahuyentar el frío nocturno, pero ahora estaban demasiado cerca de Côte Sauvage como para arriesgarse a que avistaran el humo.

Habían tomado aquella decisión con la esperanza de que Dwayne mordiera el anzuelo que Abbie le había tendido por radio.

Casi dos días después, seguían esperando.

—¿En qué piensas? —le preguntó Marcus.

Abbie alzó la vista hacia el chico con el ceño fruncido. Engrasaba su arco de forma metódica, como cada mañana. Lo extraño era que quisiera entablar una conversación.

—En que echo de menos cosas que ni siquiera sabía que me gustaban —contestó—. ¿Y tú?

—Yo, ¿qué?

—¿Qué es lo que más echas de menos del mundo anterior?

—A mi madre —respondió Marcus, sin pensarlo.

Abbie bajó los ojos, sintiéndose un poco culpable.

—Yo me refería a… ya sabes… cosas.

Marcus dejó el arco e hizo memoria durante unos segundos. Después negó con la cabeza, volvió a centrarse en su arma y empezó a tensar la cuerda.

—¿Nada? —preguntó Abbie sin poder creérselo—. Vamos, hombre. Seguro que había algo que te gustaba. Un videojuego, una pizza favorita… La montaña rusa del parque de atracciones. Yo qué sé… Algo.

—Siempre quise tener unas Air Jordan —dijo—. No creo que ahora sigan fabricándolas.

—No es la respuesta que buscaba, pero me vale. ¿Te gustaba el baloncesto?

Marcus asintió.

—¿Bulls?

—Wolves. Pero Jordan es Jordan.

—No pierdas la esperanza, chaval. Estoy segura de que en este nuevo mundo hay un montón de zapatillas absurdamente caras buscando nuevo dueño.

Marcus sonrió, algo poco usual en él.

—¿Y tú? —le preguntó.

Abbie puso los ojos en blanco.

—Podría empezar ahora mismo y no acabar hasta bien entrado el invierno.

—Solo vale decir una.

Abbie suspiró.

—El Saturday Night Live —contestó al fin—. En realidad, el programa tampoco me entusiasmaba. Lo que de verdad me gustaba era poder acurrucarme en el sofá, con el pijama puesto y una tarrina enorme de helado de chocolate.

—Yo pensaba que en la ciudad, la gente de tu edad salía a bailar y a pasárselo bien los sábados por la noche.

—Y lo hacía, pero cuando te ganas la vida bailando, no te quedan demasiadas ganas de hacerlo en tu tiempo libre.

—¿Eras bailarina?

—Podría decirse que sí —respondió—. Era stripper. Y de las buenas.

Marcus apartó la mirada de golpe, se aclaró la garganta y fingió concentrarse en una de las poleas.

Abbie no pudo aguantar la risa.

—Puedes seguir mirándome. Prometo seguir vestida todo el tiempo.

Aunque aún ruborizado, Marcus alzó la vista y esbozó una sonrisa tímida.

—Iba a dejar ese trabajo —continuó Abbie— y estudiar cocina, pero luego ocurrió todo esto y…

aquí me encuentro, cazando paletos asesinos en medio de un bosque de Minnesota junto a un adolescente con un arco y un trampero loco.

Seguro que toda esta mierda tampoco entraba en tus planes. Dime, ¿qué querías ser de mayor?

—Carpintero —respondió el chico.

—¡Vaya! —exclamó Abbie—. Como Jesucristo. Y yo que pensaba que tu sueño era dedicarte a fabricar esta suela de zapato que Grizz insiste en llamar cecina.

Marcus volvió a reírse. Aquella vez más alto, a carcajada limpia. Abbie se incorporó, satisfecha.

—Me alegro de haberte conocido un poco más. Eres un buen chico —dijo, mientras buscaba algo en el interior de su mochila.

—Yo también, Abbie.

—Gracias, querido. Y ahora, si me permites —dijo, enseñándole el rollo de papel higiénico—, tengo que encargarme de un asunto y no quisiera escandalizarte más de lo que ya lo he hecho.

Grizz regresó de inspeccionar los alrededores al cabo de un rato.

Por suerte, no traía las manos vacías. Repartió entre los tres un puñado de arándanos silvestres y unas cuantas frambuesas que a Abbie le supieron a gloria.

El sol seguía ganando altura entre las copas de los árboles y no había mucho más que hacer aparte de esperar.

Esperar a que la radio volviera a escupir la voz gangosa de Dwayne, a que alguna patrulla se adentrara en aquella zona del bosque o, sencillamente, a que ocurriera algo.

Y ocurrió.

Fue cerca del mediodía. Después de decenas de comunicaciones interceptadas, la inconfundible voz viscosa de Dwayne hizo que Abbie se levantase de un salto.

—Voy a por ti —dijo—. ¿Dónde te escondes?

—Ya sabes lo que tienes que hacer —dijo Grizz, tendiéndole el transmisor.

Abbie asintió, cogió aire y pulsó el botón.

—Donde todo me recuerda a ti.

—No juegues conmigo, zorra.

—Jugar es justo lo que necesito ahora. Pero quiero hacerlo contigo. En tu antiguo dormitorio.

Abbie soltó el botón comunicador y añadió:

—Donde seguro que te matabas a pajas en cuanto te quedabas solo, hijo de la grandísima puta.

Marcus, ya de pie y con la mochila puesta, se permitió una sonrisa a pesar de la tensión. A Grizz se le cerraron un poco los ojos e incluso hubo cierto movimiento bajo su barba. Abbie decidió tomárselo como un triunfo sin paliativos.

—Ya sé dónde estás. Voy a por ti.

—No tardes —dijo Abbie—. No me gusta que me hagan esperar. Me quedo fría.

Abbie se colgó la radio del cinturón, junto al cuchillo de caza que Grizz le había entregado hacía dos días.

Según el trampero, las armas había que ganárselas y ella lo había hecho bien.

Al principio no le había entusiasmado la idea de llevar encima un objeto que había pertenecido a alguien a quien ella misma había matado, pero acabó por aceptarlo.

Después de todo, era bastante más práctico que un destornillador.

—Recordad —dijo Grizz—. Nada de exponerse sin que sea necesario. Esperaremos a que caigan en las trampas.

—¿Y si no caen?

Grizz la miró, serio. Más que de costumbre.

—Lo harán.

—De acuerdo. No he dicho nada. —Abbie mientras comprobó que la recortada estaba cargada y lista.

—Marcus. Dispara solo si tienes un tiro limpio y seguro. Si no, permanece escondido.

El chico se dio por enterado con un gesto de la cabeza.

—Y lo más importante. Si son demasiados o sospechamos que es una emboscada, huimos y nos reagrupamos aquí. ¿Entendido?

Abbie y Marcus asintieron al unísono. Habían quedado en que «demasiados» eran más de seis personas.

—En marcha.

Grizz encabezaba la marcha. Ellos le seguían unos pasos por detrás. Durante el trayecto, Abbie notó que el chico respiraba demasiado rápido para el ritmo que llevaban. También sudaba más de la cuenta y apretaba tanto la mandíbula que las sienes se le marcaban a cada paso.

—¿Todo bajo control? —le preguntó en voz baja, procurando que el trampero no la oyera.

—Sí —contestó, sin dejar de mirar al frente.

—Pues parece que esos arándanos no te han sentado demasiado bien —dijo para intentar disipar la tensión—. Podemos dejarlo para otro día. Dwayne no va a dejar de ser estúpido en una sola noche. Seguro que mañana vuelve a salir a buscarme.

Marcus negó con la cabeza.

—Será hoy —dijo, antes de apretar el paso y dejarla atrás.

Abbie no quiso insistir. No hacía falta ser muy lista para saber qué le pasaba.

Marcus estaba a punto de enfrentarse al hombre que había asesinado a sangre fría a su propia madre.

No podía culparlo. Lo que le preocupaba era que, llegado el momento, los nervios le jugaran una mala pasada.

Porque en ese caso no sería solo él quien pagaría las consecuencias.

Tardaron menos de cinco minutos en divisar la vieja granja de los Dillinger.

Apenas quedaba en pie un cascarón vacío derrotado por la carcoma, la humedad y el paso del tiempo.

El tejado se había hundido en varios puntos, las ventanas eran agujeros negros y la hiedra trepaba por las paredes como si quisiera terminar de reclamar lo que el abandono aún no había conseguido.

Del granero no quedaba ni el recuerdo. Solo una calva en un terreno infestado de malas hierbas y hojarasca.

Allí no había nadie.

Aún.

Grizz los distribuyó por los alrededores con apenas un par de gestos.

Cada uno conocía su papel. Marcus desapareció entre la maleza.

El trampero se fundió con el bosque al otro lado de la casa.

Abbie ocupó el lugar que le habían asignado.

Lo bastante cerca para ver lo que iba a ocurrir, pero lo suficientemente lejos como para no correr demasiado peligro.

Si todo salía según lo previsto, apenas tendría que intervenir.

Si algo fallaba, solo tendría que regresar corriendo al punto de encuentro.

La radio volvió a cobrar vida. Abbie no pudo evitar un respingo al escuchar de nuevo la voz de Dwayne.

—Ya estoy llegando.

—Gracias por avisar, pedazo de gilipollas —murmuró para sí.

Dejó que una sonrisa le aflorara a los labios, pulsó el botón del transmisor y moduló la voz.

—Ya decía yo que olía a cobarde por aquí.

—Vas a desear no haber nacido, zorra...

Abbie se permitió un par de carcajadas antes de volver a hablar.