La reina en el bosque CAPÍTULO 19 #3
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CAPÍTULO 19 #3

Deacon asintió, complacido, como si acabara de escuchar justo lo que esperaba.

—Bueno, pues ya tienes aquí a tus nuevos esclavos —dijo con toda la naturalidad del mundo, como si aquella última palabra no pesara—. Ya te dije que ella era todo un bombón.

El gordo se acercó a Faith. Le levantó la barbilla con dos dedos enormes, evaluándola como si inspeccionara una res antes del sacrificio. La sonrisa dejó al descubierto unos dientes amarillentos y unas encías pálidas.

—Es guapa, sí. Pero no me dijiste que era negra.

Jason notó cómo Faith contenía la respiración, cómo apretaba los labios para no apartar la cara.

—Los bombones suelen ser de chocolate, hermano —replicó Deacon, sin pestañear—. Pero no cometamos los mismos pecados que en el mundo anterior. Olvida el racismo y todos esos prejuicios de mierda. Además, no es demasiado oscura. Debe ser mestiza, mulata o algo parecido.

El gordo rió con un resuello húmedo.

—¿Puedo probarla antes?

Deacon se lo pensó un segundo. Luego negó despacio.

—Se mira, pero no se toca.

El forastero frunció el ceño.

—Entonces miraré más a fondo.

Sin esperar respuesta, le agarró la camiseta y la rasgó de un tirón, dejando sus pechos al descubierto. Jason desvió la mirada. Cody mantenía la vista clavada en el suelo, tenso como un muelle a punto de partirse. Escuchó al gordo reírse durante unos segundos.

—Te he dicho que no se toca.

La voz de Deacon fue un disparo. Fría, cortante. La risa del forastero murió al instante.

—¿Qué me dices de los otros dos? —preguntó un segundo después.

—Este es Cocinero, y cocina bastante bien. Y éste es Ojos Azules. Le faltan algunas muelas, pero sirve para un poco de todo, aunque tiene que mejorar su directo de derecha.

—¿Te han dado problemas?

—Ninguno —mintió Deacon—. Son dóciles como corderos. Pero creo que esa cerda y sus crías me van a ser más útiles este invierno.

El gordo los observó con detenimiento.

—Está bien. Trato hecho. Los barriles y la cerda por estos tres.

Jason no pudo reprimir una carcajada histérica. Tres vidas humanas intercambiadas por unos litros de gasolina y una cerda preñada. El trueque era tan grotesco que parecía un mal chiste contado por un borracho en algún antro de mala muerte.

—¿De qué coño se ríe este? —preguntó el gordo.

—Acabará de recordar algo gracioso. ¿Hay trato o no?

Deacon y el gordo se estrecharon la mano.

—¿Cómo has dicho que se llamaba el sitio donde vais? —preguntó Deacon.

—Amethyst Harbour —respondió el gordo—. Es una urbanización de lujo no muy lejos de Thunder Bay. Pertenecía a Canadá. Mi hermano se ha asentado allí con los suyos.

Deacon asintió, satisfecho.

—Bien. Un nuevo bastión para nuestra gente. Consideraos un aliado de Redneck Nation.

—Así lo haremos, señor —dijo el gordo, inflando el pecho.

—Buen viaje —se despidió Deacon—. Cuídate. Y dile a tu hermano que pronto le haremos una visita.

Antes de que nadie pudiera decir una palabra más, una moto irrumpió en el puerto a toda velocidad. El motorista frenó en seco. El neumático chilló sobre el asfalto cuarteado. Empezó a correr hacia ellos con algo en la mano. Traía la urgencia pintada en la cara.

—Es Dwayne —dijo, entre jadeos.

—¿Qué le ocurre ahora a ese hermano mío? —preguntó Deacon, molesto.

El hombre le tendió una radio portátil que pitaba entre chasquidos de estática.

—Ha ido al bosque.

El altavoz escupió la voz gangosa de Dwayne, marcada para siempre por la herida que le infligió la rubia del destornillador.

—Vas a desear no haber nacido, zorra…

Tras un par de segundos de estática, otra voz atravesó la radio. Una voz de mujer, apenas un susurro cálido y sensual.

—Estoy deseando que me castigues. He sido una chica muy, muy mala. ¿Quieres que me vaya quitando la ropa o prefieres hacerlo tú?

Hubiera reconocido ese timbre de voz en cualquier parte.

Era ella. Era Abbie. No había duda. ¿Qué clase de broma macabra era aquella?

Había pasado días enteros ahogando la esperanza de que siguiera con vida para descubrir la verdad justo cuando ya no podía hacer absolutamente nada.

Quizá era lo que se merecía. Quizá aquel era el castigo por haberla abandonado en aquella cabaña.

Deacon palideció. Le arrebató la radio al motorista, maldiciendo.

—¡Sal de ahí! —gritó Deacon—. ¿Dwayne? ¿Me oyes? ¡Sal de ahí!

El altavoz solo devolvió silencio.

Deacon hizo el ademán de lanzar la radio contra el suelo, pero se lo pensó dos veces y decidió conservarla.

—¡Será gilipollas! —gritó—. Le avisé de que aquel mensaje era una trampa. Le prohibí que fuera al puto bosque.

—¿Han dicho dónde están? —preguntó Derrick.

El motorista negó con la cabeza.

—Ella ha dicho algo de su antiguo dormitorio.

—¿De quién coño era ese dormitorio? —preguntó Deacon, cogiéndole del pecho.

—De Dwayne.

—La granja de padre —dijo Derrick.

Ambos Dillinger echaron a correr en dirección al pueblo. Ahora que sabía aquello, cada metro que lo alejaba del pueblo era un castigo añadido, una condena dentro de la condena. Y lo peor era que, mientras lo transportaban a Canadá como un simple fardo, los Dillinger corrían hacia ella.