La reina en el bosque CAPÍTULO 19 #2
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CAPÍTULO 19 #2

Jason sintió cómo le subía la sangre a la cara.

La idea era absurda. Un pacto con los Dillinger era solo otra forma de morir, más lenta y más sucia.

Y, si de verdad era Abbie quien los estaba cazando en el bosque, él se convertiría en el cebo perfecto para atraerla.

No lo matarían primero a él. Lo usarían para matarla a ella.

Faith levantó la cabeza por fin, clavándole los ojos con un brillo de odio.

—¿Acaso crees que Deacon te va a invitar a pasar el resto del verano en su mansión de los Hamptons? ¿De verdad eres tan idiota? Cada cabrón que esa rubia se carga es un cabrón menos que nos viola cada noche. ¿No lo entiendes?

Esperanza se inclinó sobre la mesa, apretando los nudillos sobre el acero.

—Lo único que entiendo es que estaré muerta para cuando esa rubia quiera acabar con todos, mamones . Estoy harta de esta gran chingada . Ahora mismo le digo a Deacon que aquí tienen a su novio y…

Jason sintió que se le helaba la sangre al ver cómo Cody se giraba hacia Esperanza. No había vacilación en sus ojos. Solo esa calma aterradora de quien ya sabe lo que va a hacer.

—Espera, por favor.

Demasiado tarde. Cody se movió antes de que Esperanza pudiera apartarse de la mesa.

Le agarró la coleta con una mano y tiró con violencia, obligándola a echar la cabeza hacia atrás.

Con la otra, le arrastró el cuchillo mellado por la garganta de un tirón.

No fue un corte limpio. La hoja se atascó entre la piel y la carne, desgarrándolas a su paso y arrancándole un sonido húmedo, gutural, insoportable.

La sangre salió a borbotones. Un chorro espeso cruzó la mesa y cayó sobre las patatas, salpicando el acero, las manos de Jason y hasta el rostro impasible de Faith.

Esperanza emitió un gorgoteo ahogado mientras intentaba llevarse las manos al cuello.

Jason se quedó inmóvil. El cuchillo y la patata seguían entre sus dedos, pero no fue capaz de mover ni un solo músculo para ayudarla.

Un culatazo seco mandó a Cody al suelo. Antes de que pudiera incorporarse, uno de los guardias se le echó encima y le inmovilizó los brazos. El otro los encañonó con la escopeta.

—¡Los cuchillos al suelo! ¡Ahora!

Jason obedeció sin apartar la vista del charco de sangre que seguía extendiéndose bajo la mesa. Faith dejó caer el suyo un instante después.

Los devolvieron a la celda a base de empujones, golpes y culatazos.

Cody apenas ofreció resistencia. Caminaba con la cabeza gacha, la barba apelmazada de sangre seca y sudor, como si el hombre que acababa de degollar a Esperanza hubiera desaparecido en el mismo instante en que el cuerpo cayó al suelo.

Los arrojaron dentro de la celda sin ningún miramiento y cerraron la reja de un portazo.

Aquella noche no hubo agua. Tampoco pan.

Jason despertó de golpe. Los ojos le escocían. Los primeros rayos de sol se filtraban por la ventanilla enrejada.

Faith estaba arrodillada junto a Cody. Sus ojeras delataban que no había dormido nada. Le había limpiado la sangre reseca de la cara y ahora le pasaba un trapo húmedo por la frente. Él seguía inmóvil, respirando despacio.

—¿Cómo ha pasado la noche? —preguntó Jason.

—Inconsciente hasta hace poco. Ahora solo duerme.

Jason se incorporó despacio y se acercó unos pasos.

—No debería haberlo hecho.

Faith continuó escurriendo el trapo entre las manos.

—Lo hizo para salvarte. Para salvarnos a todos.

—Seguro que había otra solución.

Faith negó con la cabeza.

—Se lo hubiera dicho a Deacon. Tarde o temprano. Tú lo sabes.

Jason bajó la mirada hacia Cody.

—Solo estaba asustada.

—Todos lo estamos.

El silencio volvió a instalarse entre ellos.

Faith dejó el trapo a un lado.

—No la mató por gusto. Si a Deacon le hubiera dado por pensar que todos somos amigos de esa rubia…

Dejó la frase en el aire. Jason no respondió.

Seguía viendo el cuchillo mellado atravesándole la garganta. Seguía oyendo aquel gorgoteo imposible de olvidar. Pero, por mucho que le doliera admitirlo, una parte de él sabía que Faith tenía razón.

El resto de la mañana transcurrió envuelto en un silencio espeso.

Nadie volvió a hablar de Esperanza. Faith permaneció junto a Cody hasta que recuperó el conocimiento. Apenas abrió los ojos unos segundos antes de volver a quedarse dormido. Jason pasó el tiempo sentado contra la pared, escuchando el ir y venir de pasos en el piso superior.

Las horas fueron cayendo una detrás de otra.

Nadie abrió la reja. Nadie los llevó a la cocina.

Jason terminó por comprender que aquel día no habría patatas que pelar ni ollas que fregar.

Aquello no era un castigo.

Fue entonces cuando el chirrido de la puerta metálica rompió el silencio.

Las botas comenzaron a bajar los escalones.

—Arriba, bastardos. El jefe quiere veros —escupió uno de los hombres apuntándoles con un rifle de caza.

Jason se levantó despacio, con el corazón golpeándole la garganta.

Faith se apresuró a sacudir a Cody por el hombro.

Él abrió los ojos con esfuerzo, todavía aturdido.

Antes de que pudiera entender qué ocurría, uno de los guardias lo obligó a ponerse en pie de un tirón.

Les ataron las manos a la espalda con bridas de plástico y les metieron trapos en la boca.

Jason dejó que hicieran. Contra todo pronóstico, ya no sentía miedo.

Solo un cansancio infinito y el alivio de pensar que todo terminaría en unos minutos.

La temperatura era más fresca que en los días anteriores.

Un adelanto del otoño que ya no llegaría a conocer.

Una ligera bruma aún flotaba sobre las calles de Côte Sauvage, desdibujando los edificios más lejanos.

Caminaron escoltados por cuatro hombres armados.

Jason intentó orientarse mientras avanzaban.

Un supermercado saqueado, una gasolinera convertida en puesto de vigilancia…

Al menos no les hicieron cruzar la plaza de los horrores.

Al cabo de un par de minutos, notó cómo el aire se volvía más húmedo. Inspiró despacio.

Madera mojada. ¿Pescado?

Se acercaban al lago. Jason daba por hecho que sus huesos acabarían en el bosque, en una tumba poco profunda o incluso a cielo descubierto para que alguna alimaña se diera un festín.

Pero se había equivocado. Al parecer, los Dillinger usaban el Superior como cementerio privado.

Ya se imaginaba hundiéndose en las aguas heladas con una gran piedra atada a los tobillos cuando giraron una esquina y el muelle apareció ante ellos.

Los condujeron a través de una de las pasarelas.

Al fondo, un grupo bastante numeroso que parecía esperarlos.

Todos giraron la cabeza al verlos aparecer.

Y detrás de ellos, balanceándose suavemente sobre las aguas del puerto, había una embarcación de trabajo de unos quince metros de eslora.

El casco azul estaba desconchado por el óxido y los años.

En la popa, unas letras blancas casi borradas por el tiempo aún permitían leer un nombre: Northern Star .

Diferenció a Deacon, erguido, peligroso, con la camisa medio abierta y un puro apagado entre los labios. A su lado, Derrick, con los brazos cruzados sobre la enorme barriga. Junto a ellos aguardaba media docena de desconocidos. Rednecks, sin duda. Pero a aquellos no los había visto en su vida.

Cerca del borde del muelle descansaban tres barriles metálicos que apestaban a gasolina. Una cerda preñada gruñía dentro de una jaula de hierro, apartada del grupo.

Al entender la situación, Jason no supo si reír como un maníaco o romper a llorar desconsolado.

Aquello no era una ejecución.

Era una venta. Peor. Un trueque.

Las miradas de los desconocidos se posaron de inmediato sobre Faith.

Jason lo advirtió enseguida. Ese silencio repentino.

La forma en que sus ojos la recorrían de arriba abajo, despacio, como si pudieran ver a través de la ropa.

Estaban evaluando la mercancía. Tras unos segundos, el que parecía liderarlos retomó su conversación con Deacon.

Era un hombre alto y grueso, con la barba sucia y unas gafas de sol enormes que no disimulaban su nariz porcina.

—Como te iba diciendo… Ni un puto militar al norte de Duluth —dijo—. Y los que aún quedan en la ciudad hace tiempo que dejaron de ser leales al Tío Sam. Ahora solo sobreviven. Como todos.

Deacon sonrió, satisfecho, con el puro colgando de la comisura.

—No sabes lo que me alegra oír eso. ¿Alguna noticia de Washington?

—Aparte de la muerte del Presidente, solo rumores —respondió el gordo—. Se dijo que el Secretario de Defensa se cargó al Vicepresidente y tomó el mando del gobierno. Lo último que se escucha es que hace unos días proclamó Arlington como capital del país y se atrincheró en el Pentágono.