La reina en el bosque CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Los días en la celda se parecían tanto entre sí que Jason acabó por convencerse de que todos eran el mismo.

Se repetían una y otra vez hasta que dejó de esperar que ocurriera algo distinto.

Celda, cocina, celda. Poca agua, menos comida.

Algún que otro golpe sin más motivo aparente que el de echarse unas risas.

Al menos a ellos no los violaban. Las chicas no tenían esa suerte.

Hasta Cody acabó aprendiendo a sobrevivir allí.

Aunque al principio no fue así. Justo después del juicio, se le había lanzado encima con el rostro desencajado, escupiéndole que le había arruinado la vida.

Que prefería haber muerto bajo el hacha de Derrick antes que seguir viviendo con la humillación de Deacon.

Jason lo había escuchado en silencio. Podía haberle dicho que seguía vivo.

Que eso era lo único que realmente importaba.

Pero ¿para qué? Cody seguía creyendo que su orgullo valía más que su propia vida.

Pero el tiempo había ido desgastando esa furia. A medida que pasaban las jornadas y Cody se iba consumiendo, Jason empezó a notar algo diferente en sus ojos. Ya no parecían culparlo de lo ocurrido. Puede que incluso le agradeciera seguir vivo. Aunque jamás lo admitiría.

Se había acostumbrado a la cocina mejor de lo que nunca hubiera pensado.

No hacía nada digno de mención: pelar patatas hasta que las uñas se le llenaban de tierra, raspar zanahorias blandas, limpiar cebollas hasta llorar como un niño, filetear carne con cuchillos mellados que desgarraban más que cortaban.

Era un trabajo de esclavo, repetitivo y sin alma, pero al menos lo mantenía ocupado y lejos de la celda durante unas horas.

Y, aun así, había momentos en los que Jason volvía a ver al Cody de siempre.

El hambre le había robado la fuerza y las palizas habían castigado su cuerpo.

Pero aquel brillo frío seguía asomando a su mirada cuando creía que nadie le miraba.

La misma crueldad que ni Deacon ni la celda habían conseguido apagar.

El resto de chicos que habían participado en el campamento ya no existían.

Deacon había decidido que no servían para nada y el hacha acabó con todos ellos.

Uno tras otro. Con juicio, pero sin justicia.

Carne arrojada al barro como si nunca hubieran tenido nombre.

Cody y él eran los únicos que quedaban en pie, una ironía amarga que a veces se le atragantaba.

Las chicas seguían vivas. Casi todas. Habían sido repartidas como mercancía entre los distintos puntos de control de Côte Sauvage.

Solo Faith y Esperanza compartían celda con ellos.

Cada noche eran sacadas a la fuerza para ser usadas y devueltas con la mirada rota.

Al día siguiente, las obligaban a trabajar en la cocina, igual que a ellos.

Jason admiraba en silencio el esfuerzo sobrehumano que hacían por mantenerse en pie, por no derrumbarse en una situación que a él ya le habría devorado por completo.

Solían alimentarlas mejor que a los hombres y las obligaban a asearse cada día, pero aquello distaba mucho de ser un alivio.

La despiadada monotonía de su cautiverio solo se rompía con los rumores que llegaban del bosque.

Murmullos, voces medio apagadas que hablaban de muertes, de emboscadas, de patrulleros encontrados con destornilladores clavados en el cuello o el pecho.

Al principio, Jason no se permitió creerlo.

Parecía una leyenda, exageraciones de hombres asustados.

Pero cuanto más los oía, más difícil le resultaba seguir creyendo que eran solo cuentos.

De «rubia» había pasado a «fantasma» o «cazadora», pasando por «zorra», «puta» y otros tantos piropos del mismo corte.

Jason escuchaba aquellos nombres y sentía un golpe de esperanza que trataba de sofocar al instante.

Porque, ¿cuáles eran las probabilidades de que Abbie, esa chica que se movía con torpeza la primera vez que la vio en una cocina, que no había cazado nada más grande que un filete en el supermercado, se hubiera convertido en la sombra que mantenía en vilo a todo el clan Dillinger?

Era ridículo. Y, sin embargo, cada vez que lo pensaba, notaba que el corazón se le aceleraba y la cabeza se le llenaba de imágenes de ella: rubia, con los ojos verdes encendidos y aferrada a un vulgar destornillador como si fuera un arma sagrada.

A veces aquella posibilidad se le colaba entre los pensamientos, tan cercana que casi podía tocarla.

Y justo entonces la apartaba de un manotazo.

Era demasiado pequeña, demasiado irreal como para permitirse creer en ella.

Cody, aunque nunca hablaban del tema, también parecía creerlo.

Jason lo intuía en la forma en que se tensaba cada vez que alguien mencionaba a la rubia.

En cómo callaba de golpe, como si temiera que su voz pudiera traicionarlo.

Faith, por su parte, guardaba silencio. Siempre atenta.

Nunca dando señales de nada. Pero Esperanza no tenía ese control.

Más de una vez Jason había tenido que rogarle que no pronunciara el nombre de Abbie delante de algún guardia.

Estaba convencida de que aquella rubia era ella, con la fe ciega de quien necesita creer en algo.

Y Jason temía que esa fe acabara matándolos a todos.

Las noches eran lo peor. Después de que las chicas volvieran, destrozadas y en silencio, la celda se sumía en un aire denso, cargado de vergüenza y rabia.

Jason llevaba a cabo una rutina de respiraciones para dormir que había leído en alguna revista.

No solía funcionar. Algunas veces, cuando el sueño le vencía, soñaba con cuchillos afilados, pescado marinado y la brisa marina de Venice Beach.

Al despertar, solo encontraba la desesperanza y la tentación de rendirse.

Cody repetía una y otra vez el lema de su familia en voz baja hasta caer rendido.

Faith solía encogerse contra la pared, las rodillas al pecho, como si aún intentara protegerse.

Esperanza hablaba dormida. Murmuraba frases inconexas, palabras sueltas en español, a veces nombres, a veces insultos, como si en sueños siguiera luchando.

En medio de toda aquella miseria, la idea de Abbie era lo único a lo que Jason se permitía aferrarse.

Quizá no fuera más que un rumor. Quizá una mentira nacida del miedo.

Pero mientras existiera la posibilidad de que siguiera ahí fuera, respirando, luchando, él aún encontraba fuerzas para abrir los ojos cada mañana.

Los Dillinger debían de haber encontrado algún almacén lleno de patatas a medio pudrir.

Los sacos no paraban de entrar en la cocina, soltando tierra y moho a partes iguales.

Algunas se deshacían entre los dedos con solo tocarlas.

Otras rezumaban un líquido espeso y negruzco en cuanto el cuchillo les abría la piel.

Llevaban horas entre una montaña de podredumbre, intentando salvar lo que aún pudiera comerse.

Aquel hedor agrio lo impregnaba todo. Estaba seguro de que, cuando por fin se acabaran aquellas malditas patatas, el olor seguiría pegado a ellos.

Jason trabajaba codo con codo con Faith, ambos en el mismo lado de la mesa.

Ella pelaba las patatas con movimientos lentos y precisos, sin levantar apenas la vista.

Frente a ellos, al otro lado del acero, Cody encorvaba los hombros sobre la montaña de tubérculos.

La barba rala, apelmazada de grasa y sudor, le ocultaba media cara mientras el cuchillo subía y bajaba sin descanso.

A su lado, Esperanza era un manojo de nervios.

Pelaba a tirones, cambiaba el cuchillo de mano cada poco y más de una vez estuvo a punto de cortarse.

Los guardias habían intentado enseñarle a golpes que hablar en la cocina no era una buena idea, pero ella no había aprendido la lección.

Y por cómo se mordía los labios, estaba a punto de demostrarlo una vez más.

—Anoche escuché que la rubia volvió a matar —dijo sin alzar la vista. La voz apenas se oía por encima del rascar de cuchillos.

Jason la miró a través de la mesa durante un segundo. Después volvió a las patatas. Faith siguió pelando como si no hubiera oído nada. Cody tampoco levantó la cabeza.

—Tres hombres esta vez. Y dicen que hasta le mandó un mensaje a Dwayne.

Jason apretó la mandíbula. El cuchillo se le quedó detenido sobre la patata a medio pelar.

—Es demasiado arriesgado hablar de eso aquí —advirtió Jason—. Espera a que estemos en la celda.

—¿Por qué? —replicó ella, alzando la voz más de la cuenta—. ¿Porque no quieres que se enteren de que esa pinche zorra es tu novia?

El aire se espesó. Jason tragó saliva. Los dos guardias que custodiaban la puerta de la cocina giraron la cabeza en su dirección.

—No digas tonterías. No puede ser ella. Tú misma la viste en aquella cama. Estaba infectada, igual que la otra chica. Ardía de fiebre. Ni siquiera reaccionaba.

Cody se encogió un poco más sobre la mesa. Era el mismo gesto que hacía siempre que la conversación se acercaba demasiado a Abbie. Bajaba la cabeza, evitaba mirar a nadie y fingía estar concentrado en algo.

—La fiebre alta no es un síntoma de la infección, pendejo —replicó Esperanza, chasqueando la lengua—. ¿Acaso no escuchaste lo que decían los pinches militares?

Faith soltó una risa amarga sin apartar la vista del cubo que tenía enfrente.

—Claro. Y ahora resulta que una stripper de Minneapolis anda por el bosque cargándose a hombres armados hasta los dientes, como si fuera el puto Rambo. No nos jodas más y sigue pelando patatas.

—No seas mensa , Faith —dijo Esperanza—. A ellos no los violan cada noche. Si hablamos con los Dillinger, seguro que nos tratan mejor. O hasta nos liberan.