La reina en el bosque CAPÍTULO 18 #3
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CAPÍTULO 18 #3

Abbie se arrodilló junto a él. La tierra húmeda cedió bajo sus rodillas. El hombre la miraba con los ojos desorbitados, implorando sin voz, convencido de que aún había una salida si conseguía despertar su compasión.

Pero ya no la había.

Aquel hombre no abandonaría el bosque con vida. Daba igual cuánto suplicara. Lo único que aún estaba por decidir era cómo iba a morir.

Apoyó la punta en el lugar que Grizz había señalado.

Notó el mango resbaladizo entre los dedos sudorosos.

Al rozar la piel, sintió la resistencia de la carne.

Empujó apenas un poco. Un hilillo oscuro brotó despacio y descendió por el cuello del hombre.

El olor metálico de la sangre le revolvió el estómago. Retiró la punta, ya manchada de rojo.

El corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que apenas oía otra cosa. Tenía la boca seca, la lengua pegada al paladar y las tripas encogidas hasta doler.

El hombre seguía mirándola. Ya no forcejeaba. Solo la miraba, implorando con unos ojos desorbitados que aún se aferraban a una última esperanza.

—Lo siento —susurró, incapaz de levantar los ojos hacia Grizz.

—¿Eso es lo que le dirás a Keisha cuando alguno de estos sacos de basura la viole? ¿Que no tuviste las agallas suficientes para evitarlo?

El nombre le explotó dentro. Vio a Keisha encogida contra el suelo, demasiado pequeña para defenderse. Unas manos enormes cerrándose sobre sus muñecas. El desgarrón seco de la tela al rasgarse.

Y entonces el bosque desapareció.

El olor a tierra y a sangre se desvaneció, sustituido por unas notas dulzonas de perfume caro y licor de almendras amargas.

Sintió náuseas. Empezó a faltarle el aire.

Notó una respiración jadeante tras ella, golpeando su nuca una y otra vez.

El peso de un cuerpo inmovilizándola contra el colchón.

Intentó forcejear sin fuerzas. Intentó pedir ayuda sin voz.

Volvió al bosque. Tardó unos segundos en reconocer el entorno: los árboles, la hoguera, el destornillador aún en su mano. Miró a aquel hombre y tomó una decisión. Él comprendió lo que estaba a punto de ocurrir. Cerró los ojos y comenzó a llorar como un niño.

Abbie no se arremangó.

La punta encontró resistencia. Un instante después la piel cedió con un chasquido sordo. La sangre le estalló sobre los dedos, caliente. El hombre lanzó un gemido ahogado y todo su cuerpo se arqueó por el nuevo dolor.

Abbie gritó.

No supo si de rabia, de miedo o de asco.

Tiró del destornillador y volvió a clavarlo con todas sus fuerzas.

Otra vez. Y otra. El mundo se tornó espeso y rojo.

Grizz dijo algo, pero no llegó a entenderlo.

Siguió clavando hasta que ya no le quedó más rabia que descargar, hasta que comprendió que sus puñaladas ya no encontraban más vida que arrebatar.

Levantó la mirada. El mundo no se había parado.

Marcus seguía a lo suyo, vigilando con una flecha preparada en la cuerda.

Grizz, con la barba llena de salpicaduras rojas, parecía bastante satisfecho.

Enfundó el cuchillo, mojó dos dedos en una de las muchas heridas del cuello y empezó a dibujar algo en su frente.

Abbie no daba crédito. La sangre formó una hilera de picos dentados sobre su frente.

—¿Pero qué coño estás haciendo? —preguntó Abbie, aún con la respiración desbocada.

—Es una corona —gruñó Grizz—. La marca de la reina.

—¿Por qué demonios haces eso? —preguntó Abbie.

—Porque los destornilladores empiezan a escasear.

—Joder, Grizz… Estás como una puta cabra.

Abbie se incorporó y se alejó del cadáver, intentando coger aire, poner sus pensamientos en orden. La adrenalina y el olor a sangre no se lo ponían fácil.

—No podemos seguir así mucho más —dijo al fin.

—¿A qué te refieres?

—Ya sabes a lo que me refiero. A vivir como animales y a seguir matando a personas como si fuese un puto trabajo de ocho horas.

—Sin Daphne no tenemos ninguna baza para negociar. Ya lo sabes —le recordó Grizz.

—Pues hay que dar con ella como sea. Y rápido.

—¿Cómo lo piensas hacer? ¿Preguntándoselo a Deacon amablemente?

—Tenemos que sacarlos del pueblo, hacer que vengan al bosque.

—Deacon no es ningún estúpido. Olerá la trampa a millas de distancia.

En ese momento, la radio de uno de los cadáveres cobró vida con un estallido de estática.

—Base a Patrulla Tres. ¿Me recibís?

Algo parecido a una idea afloró en su cabeza.

—Puede que Deacon no sea ningún idiota, pero conozco a un Dillinger que no piensa con la cabeza precisamente.

Abbie cogió el walkie aún con las manos empapadas en sangre. Cogió aire y pulsó el transmisor.

—Vuestra patrulla ahora pertenece al bosque.

—¿Quién eres tú?

—Ya sabes quién soy, encanto. Ponme con Dwayne Dillinger.

No hubo respuesta. Marcus y Grizz se acercaron a ella, expectantes. Tras unos segundos de absoluto silencio, el altavoz volvió a tronar.

—Eres una zorra.

La voz era gangosa y arrastraba las letras, pero se le entendió a la perfección.

—Yo también te echo de menos, cariño. ¿Por qué no vienes al bosque y terminas lo que empezaste la última vez? Te alegrará saber que ya no llevo sujetador.

—Hija de puta…

Abbie dejó caer el walkie y se internó entre los árboles. Grizz y Marcus la siguieron sin decir una palabra.