CAPÍTULO 18 #2
A veces, las voces en las radios hablaban de lo que pasaba fuera de aquel bosque. Centrales eléctricas que explotaban por falta de mantenimiento, incendios que devoraban barrios enteros, los bombardeos con los que el ejército trataba de frenar el avance de las hordas…
Hablaban de todo aquello sin confirmación oficial, pero todas las informaciones parecían piezas que encajaban a la perfección dentro del mismo puzle.
Todo hacía indicar que Estados Unidos se resquebrajaba por momentos.
Y si el país más poderoso de la Tierra claudicaba ante aquella infección, costaba creer que cualquier otro lugar pudiera permanecer en pie.
Abbie escuchaba con la respiración contenida, imaginándose aquellas mareas de cuerpos avanzando en silencio, arrasándolo todo a su paso.
Decían que no aguantaban el sol demasiado bien, que preferían salir a cazar de noche o con cielos nublados.
También se rumoreaba que podían sentir la presencia humana a bastante distancia, como un sexto sentido que les guiaba hasta sus presas.
Algunos opinaban que seguían vivos, que el virus les arrancaba la voluntad pero que seguían allí dentro.
Otros justo lo contrario, que no eran más que zombis.
Grizz frunció el ceño al oír aquella palabra y preguntó qué demonios era eso de ser zombi.
Abbie le explicó que era un invento de Hollywood.
Muertos vivientes, cadáveres que caminaban y se alimentaban de cerebros humanos. Grizz resopló.
—Los muertos no pueden estar vivos. Los muertos no pueden caminar. Los muertos solo pueden estar muertos —dijo el trampero sin dejar de afilar un destornillador.
El atardecer trajo consigo una quietud extraña, como si el propio bosque contuviera la respiración.
Solo los pasos inseguros de aquellos tres hombres rompían el silencio.
Abbie, agazapada tras un tronco y con la cara cubierta de tierra, los veía avanzar con sus rifles apuntando a la penumbra, cagados de miedo aunque intentaran disimularlo.
Aquella vez no esperaba a una distancia segura. Grizz le había ordenado permanecer oculta y en silencio, pero lo bastante cerca para no perderse nada de lo que estaba a punto de ocurrir. La única forma de evitarlo era cerrar los ojos y el trampero se lo había prohibido.
Llevaban todo el día siguiéndolos, asegurándose de que aquellos tres no actuaban como cebo de una partida de caza mayor.
Grizz temía una emboscada por encima de cualquier otra cosa.
Se mostraba cauto hasta rayar la paranoia y solo les permitía actuar cuando estaba completamente convencido de poder salir indemnes.
En aquella ocasión, la trampa era sencilla: una hoguera de leña húmeda, una columna de humo blanco imposible de ignorar.
Y habían picado.
Entraron en el claro. Los músculos tensos. Los índices apoyados en los gatillos. Los ojos saltando de un árbol a otro, como si detrás de cualquier tronco pudiera estar esperándolos aquella rubia del demonio.
—Aquí no hay nadie —murmuró uno de ellos.
—Esto no me huele nada bien —masculló otro—. Dicen que salta desde los árboles.
Los otros dos levantaron la vista, aterrados.
El gesto casi hizo que Abbie soltara una carcajada: se imaginó a sí misma cayendo desde la copa de un pino de veinte metros, destornillador en mano, como una ninja salida de una película cutre.
Pero la risa se le quedó atascada en la garganta cuando uno de ellos pisó donde no debía.
El chasquido metálico del cepo partió el aire y un grito de dolor le siguió, desgarrador.
El hombre cayó de rodillas con la pierna atrapada en un mordisco de acero.
El segundo apenas tuvo tiempo de reaccionar.
La flecha de Marcus le atravesó la garganta con un silbido seco.
Cayó de espaldas, boqueando, buscando un aire que ya nunca encontraría.
La sangre borbotaba a raudales. El tercero disparó a ciegas contra el bosque.
Una vez. Otra. Otra más. Cada detonación retumbaba entre los árboles.
Giraba sobre sí mismo, respirando a bocanadas, buscando un enemigo invisible.
Y entonces Grizz surgió de detrás de un tronco, con la misma naturalidad con la que se desprendía un trozo de corteza.
Antes de que aquel pobre desgraciado pudiera comprender qué estaba ocurriendo, el destornillador le encontró el cuello una vez.
Y otra. Y otra más. Ni siquiera llegó a ver quién o qué lo había atacado.
Se desplomó entre estertores mientras la sangre empapaba la tierra.
El del cepo seguía vivo, tal y como lo habían planeado.
Trató de alcanzar su arma, pero Grizz la alejó de una patada y se le echó encima.
Lo inmovilizó con la facilidad de quien reduce una res.
Le sujetó los brazos y una pierna con el peso del cuerpo, mientras la mano enorme le sellaba la boca, ahogando los alaridos.
—¡Chica! —tronó Grizz.
Abbie tragó saliva. El corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que apenas podía respirar. Se obligó a abandonar su escondite. Alcanzó el claro al mismo tiempo que Marcus. Mantenía el arco alzado mientras sus ojos seguían recorriendo el bosque, atento a cualquier movimiento entre los árboles.
—¿Has cerrado los ojos?
Abbie negó con la cabeza, sin poder desviar la mirada del cepo incrustándose cada vez más en la pierna.
Grizz asintió, conforme. Y comenzó con el interrogatorio.
—Aún puedes salir de esta. Cojo, pero vivo —dijo—. Puedo sacarte el cepo, cortarte la hemorragia y decirles por radio a los incestuosos de tus amigos dónde estás. Solo tienes que decirme dónde está Daphne Dillinger.
El prisionero negó con la cabeza una y otra vez. Los ojos amenazaban con salírsele de las órbitas. Grizz le quitó la mano de la boca.
—¿Dónde la tienen escondida? —gruñó Grizz.
—No… no está en el pueblo… —dijo entre lágrimas.
—Eso ya lo sé —replicó Grizz, acercando la hoja del cuchillo a su cuello—. Todos los amigos tuyos con los que me he cruzado me han dicho lo mismo. Ya sabes cómo han terminado.
—No lo sé… Te lo juro… Yo…
—¿Quién lo sabe?
—Si alguien lo sabe… serán sus hermanos —balbuceó—. Por favor… no me mates.
El terror hacía que el hombre babeara. Hilillos de una saliva blancuzca caían por las comisuras de los labios. Grizz volvió a taparle la boca.
—Otro que no sabe nada —dijo Grizz con gesto de hastío.
Suspiró, levantó la mirada hacia ella y volvió a hablar.
—Te presento a la famosa rubia del destornillador. Al contrario de lo que creéis, aún no ha matado a nadie. Eso va a cambiar hoy.
Abbie se preguntó cuál de los dos había sentido más miedo al escuchar aquellas palabras.
Ella o el prisionero al que acababan de sentenciar a muerte.
Había imaginado aquel momento demasiadas veces mientras afilaba los destornilladores.
Pero una cosa era mirar a la muerte de lejos y otra tenerla delante, respirándole en la cara.
Entre pensar en cruzar la frontera y dar el paso había un abismo.
Y Grizz acababa de empujarla hasta el mismo borde.
—¿Por qué…?
—Porque Marcus y yo no vamos a estar siempre para hacer el trabajo sucio, chica.
—Pero yo… Grizz… Tienes que entender que yo…
—Déjate de lloriqueos y coge un destornillador.
Pero Abbie no obedeció. Dio un paso atrás.
—Abbie —escuchó a sus espaldas. Era Marcus—. Ya no hay forma de salvar a este hombre. Si no terminas con su agonía, terminará por morir desangrado o devorado por algún oso mientras aún respira. Puedes mostrar clemencia.
Grizz lanzó un bufido.
—¿Lo vas a hacer o no? No podemos quedarnos aquí toda la noche mientras te decides.
Abbie empuñó el destornillador. El mango áspero parecía hecho a medida para su mano, aunque el arma le resultó absurdamente ligera para lo que estaba a punto de hacer.
El prisionero forcejeaba bajo el peso de Grizz, gimiendo contra la mano que le cubría la boca.
Tenía los ojos desorbitados, las pupilas tan dilatadas que casi habían devorado el iris.
Un charco oscuro se extendía despacio bajo su entrepierna.
Apenas unos segundos después, el olor acre de la orina alcanzó a Abbie.
Grizz señaló con la punta de su cuchillo un punto en el cuello del hombre.
—Carótida —le explicó—. No será limpio, pero será rápido. Arremángate. Salpica bastante.