La reina en el bosque CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Hacía ya una semana, quizá ocho o nueve días, desde que dejaron a Keisha junto a la Vieja Mama y Freya.

En el interior del bosque, el tiempo tendía a retorcerse entre troncos, raíces y claros.

Su reloj no era más que un peso muerto en su muñeca.

Los días se medían en amaneceres y ocasos.

En caminatas y hogueras. Todos iguales de largos. Todos iguales de duros.

Abbie llevaba sobreviviendo desde que era una adolescente.

A la ciudad. A la sordidez del strip club .

Al hambre insaciable de los ojos que cada noche la devoraban.

Pero aquello era distinto. Allí no había neones, ni música alta, ni salidos con fajos de billetes de un dólar.

Allí era la naturaleza la que la desafiaba a cada paso: fatiga, ampollas, torceduras y rasguños.

Poco a poco, el bosque la iba moldeando.

Dormían en refugios de caza medio derruidos, en granjas carcomidas por la humedad y el moho o bajo un cielo tan estrellado que daba vértigo mirarlo durante demasiado tiempo. El bosque no tenía techos ni paredes, y sin embargo, rara vez llegó a sentirse desprotegida.

Con un trampero entre sus filas, la comida nunca era un problema.

Siempre había un par de conejos que poner al fuego.

A veces, Grizz desaparecía y volvía con algunas truchas.

Abbie había aprendido a diferenciar hierbas silvestres con las que especiar la carne.

También a encontrar raíces y tubérculos comestibles.

Pero no todas las lecciones eran de su gusto.

Ahora sabía desollar, destripar e incluso matar con un golpe certero en la nuca.

Las primeras veces había llorado y vomitado.

Más de una noche se había acostado con el estómago vacío, pero el hambre acababa por endurecer a cualquiera y ahora lo hacía casi de forma rutinaria.

Grizz era parco en palabras, pero sus conocimientos parecían no tener fin.

Sabía responder a cualquier pregunta antes incluso de que ella llegara a formularla.

De él aprendió a seguir huellas, a diferenciar el rastro fresco del viejo, a distinguir el crujido de una rama rota por el viento del que provocaba un animal.

Marcus, en cambio, le enseñaba sin ser consciente de ello.

Abbie intentaba imitar su forma de moverse.

Dónde apoyaba cada pie. Cuándo aceleraba el paso y cuándo se detenía a escuchar.

Cómo apartaba una rama sin hacerla crujir o evitaba pisar la hojarasca.

Incluso se había acostumbrado a hacer sus necesidades en un agujero cavado a toda prisa y luego tapado con tierra.

Guardaba como un tesoro el rollo de papel higiénico que le había dado Keisha y procuraba no malgastarlo.

Cada cuadradito que gastaba era un paso más hacia el salvajismo absoluto, hacia el día en que tendría que elegir entre hojas ásperas, piedras redondeadas o, peor aún, corteza de abedul.

Por la noche, a la luz de la hoguera, los tres se sentaban a afilar destornilladores con piedras de amolar.

El chirrido del metal acabó resultándole tan habitual como el crepitar de la leña.

Al principio le había parecido absurdo convertir una herramienta en un arma.

Luego supo del plan y dejó de cuestionarlo.

Cogía uno, buscaba el ángulo correcto y dejaba que la piedra hiciera su trabajo.

De allí nacían las lecciones más difíciles.

Grizz le enseñaba cómo sujetar el destornillador para que no resbalara con la sangre.

A abrir heridas que nunca cicatrizarían.

A acabar con la vida de alguien de forma rápida o a alargar la agonía a voluntad.

Abbie lo escuchaba con el estómago encogido.

Asentía, memorizaba cada palabra y, aun así, por dentro solo tenía ganas de taparse los oídos.

Aquello no era un juego macabro. Era supervivencia.

Y Grizz daba por hecho que, antes o después, tendría que utilizar cada una de aquellas lecciones.

En su mente, Abbie los comparaba con una manada.

Grizz siempre iba en cabeza. Marcus lo seguía de cerca, atento a cada uno de sus movimientos.

Ella cerraba la marcha intentando no perder el ritmo, aunque las piernas se le cargaran y la espalda le pidiera a gritos un buen masaje con piedras calientes.

Las patrullas de los Dillinger se habían convertido en su presa.

Interceptaban sus comunicaciones y les tendían emboscadas.

Otras veces era el propio bosque quien los cruzaba en su camino y Grizz decidía aprovechar la ocasión.

Ya habían cazado cinco patrullas. Diez hombres en total.

Abbie siempre había permanecido lejos de la acción, pero no era necesario verlo para saber qué ocurría.

Bastaba con verlos regresar cubiertos de sangre, respirando con dificultad y envueltos en un silencio que lo decía todo.

Siempre se aseguraban de que los Dillinger encontraran a sus muertos.

Los mangos asomaban del pecho, de entre las costillas o del cuello.

La estrategia no consistía solo en matar, sino en sembrar el miedo entre los que seguían vivos.

Para eso estaban los mechones: una firma macabra que acababa calando en sus mentes más que la misma imagen de la muerte.

No tardaron en ver los resultados. Las patrullas ahora salían de Côte Sauvage formadas por tres hombres. Eso solo podía significar que empezaban a ponerse nerviosos. Grizz parecía satisfecho.

—Un animal asustado siempre acaba cometiendo errores —había dicho el trampero al enterarse del incremento de la vigilancia.

Al principio, casi todos hablaban de ella como «la puta rubia del destornillador» o «esa zorra de los destornilladores».

Con el paso del tiempo y el aumento de los muertos, aquellos apodos tan originales habían quedado atrás para dejar paso a otros como «el fantasma del destornillador» o «la bruja del destornillador».

—Vaya mierda de apodos —se quejó Abbie.

—¿Cómo preferirías que te llamasen? —preguntó Marcus.

—No sé… Algo con más glamur… La Reina del Bosque, por ejemplo.

—Un poco infantil, ¿no? Mi hermana tenía un cuento que se llamaba así cuando era pequeña.

—La Reina en el Bosque —había dicho Grizz.

Ambos se volvieron hacia el trampero.

—¿Qué diferencia hay?

—Mucha. Cualquiera puede proclamarse reina del bosque. Otra cosa es que el bosque te deje reinar en su interior.

—La Reina en el Bosque —repitió Abbie, satisfecha.

El plan, que en un principio les había sonado absurdo, estaba funcionando mejor de lo que nadie hubiera imaginado.

No habían resultado heridos y el miedo estaba prendiendo entre los Dillinger.

Sin embargo, aún había algo que se les resistía: Daphne.

Grizz no se había andado con chiquitas a la hora de interrogar a los esbirros de Deacon, pero ni todo el dolor del mundo consiguió proporcionarle una pista fiable.

Nadie sabía dónde la escondían. Y mientras Daphne siguiera desaparecida, la cacería no habría terminado.

Durante aquellos días había aprendido mucho, pero había pensado aún más. Sin televisión, sin revistas ni conversaciones absurdas que llenaran los silencios, el cerebro no tenía más remedio que enfrentarse a sí mismo.

Pensaba en Jason, a menudo. Era como una espina que no terminaba de clavarse del todo, pero que tampoco se podía sacar.

A veces lo veía en sueños, de pie, al otro lado de una cocina luminosa, cortando pescado con esa calma suya, como si nada más existiera.

En otras, lo imaginaba atado y encerrado en una celda, esperando que alguien decidiera si merecía seguir respirando.

No sabía cuál de las dos le hacía más daño.

Algo dentro de ella insistía en que seguía vivo. No era fe, ni esperanza, ni ninguna de esas palabras blandas. Era una convicción que se imponía cada vez que intentaba imaginar un mundo sin Jason. Quizá era la bandana, siempre anudada en su muñeca, recordándole que Jason continuaba con vida.

Corinne también solía acudir a su mente de forma recurrente.

Cada vez que ocurría, se tenía que apartar del grupo con cualquier excusa y esconderse para que no la viesen sollozar hecha un ovillo.

La Diosa de la Medianoche lo había sido todo para ella durante los últimos seis años.

Su salvadora, su protectora, su paño de lágrimas...

Ella era lo más parecido a una madre que había tenido nunca y le costaba imaginar un mundo en el que ella no estuviera, pero en su caso, la realidad se imponía demoledora.

Minneapolis había caído. Era territorio infectado.

Las calles de la ciudad pertenecían a las hordas y ni siquiera los militares habían podido con ellos.

¿Qué probabilidades había de que Cori siguiera con vida?

Muy pocas. Sobre todo si se tenía en cuenta que su piso se encontraba en una de las zonas con más densidad de población y a apenas tres manzanas de un gran hospital.

Y luego estaba Keisha. Esa cría había aparecido como un regalo que no había pedido pero que de ningún modo tenía pensamiento de devolver.

Ella le daba luz y alegría a aquel mundo roto.

Sin apenas darse cuenta, se había convertido en su principal motivo para levantarse cada mañana.

Amaba el sonido de su risa, la forma en que arrugaba la nariz cuando algo la disgustaba y su respiración tranquila cuando conciliaba el sueño.

Hacía días que no la veía, pero la echaba de menos como si hubiesen pasado años.

Abbie había hablado con Marcus sobre la medicación de su hermana. Por suerte, las pastillas que ella había conseguido llevarle formaban una reserva bastante considerable. No sabían cuándo podrían conseguir más, pero tampoco parecía algo de lo que tuvieran que preocuparse hasta después del invierno.