CAPÍTULO 17
Entraron en el claro bien entrada la tarde. Abbie había imaginado encontrarse con una cabaña vieja y medio hundida, con las paredes llenas de musgo y calaveras de animales colgadas en la fachada, como advertencia para cualquiera que pensara acercarse. Nada más lejos de la realidad.
La Vieja Mama se mecía en el porche de una casa pequeña pero bien cuidada, de paredes blancas y tejado a dos aguas. A un lado se alzaba un cobertizo, dos torres de agua despuntaban como guardianas y un establo acogía a dos vacas que pastaban tranquilas, ajenas a todo lo que pasaba en el mundo.
Keisha se soltó de su mano y salió disparada hacia la anciana.
La mujer la recibió con una sonrisa tranquila y los brazos abiertos.
Le pasó la mano por la frente, le estampó un beso y le susurró algo al oído.
Freya también se despegó de Grizz y subió al porche meneando el rabo.
A su dueño no pareció hacerle demasiada gracia aquella deserción.
Abbie, aún sofocada por la caminata, se quedó al lado de Marcus, a dos pasos del porche.
Soltó la mochila en el suelo, incapaz de soportar un minuto más aquella carga.
Pensó en quitarse la chaqueta, pero decidió que la camiseta, empapada en sudor y pegada al cuerpo, no era precisamente la mejor carta de presentación.
—Elijah —dijo la Vieja, alzando la mirada hacia Grizz. Su voz era suave, casi cantarina.
—Vieja —respondió Grizz.
—¿Qué os trae por aquí?
—La chica tiene que quedarse contigo unos días —contestó el trampero.
—¿Cuál de ellas? —preguntó la Vieja Mama.
Entonces sus ojos rasgados se posaron en ella. Jason le vino de inmediato a la memoria. Sin pensar, se llevó la mano a la bandana anudada en la muñeca.
Era una mujer gruesa, de estatura media. La piel cobriza, curtida por los años, tenía el brillo apagado del cuero viejo. Una trenza entrecana le caía sobre el pecho y un poncho de lana, gastado por el uso, le cubría los hombros.
—Keisha —respondió Grizz—. Aún no sé dónde esconder a la otra.
—La otra tiene nombre —saltó Abbie, sin poder contenerse.
El comentario se estrelló contra el muro de indiferencia del trampero. Ni siquiera le dirigió la mirada.
—Hay que hacer algo con su pelo. Mañana no puede seguir siendo rubia. Dormiremos aquí. Al amanecer salimos.
La Vieja Mama asintió como si aquello fuera lo más natural del mundo.
—Hay unos urogallos empeñados en comerse mi grano —dijo con un deje de picardía—. Y tengo antojo de pollo frito para cenar.
Marcus se descolgó el arco sin rechistar.
—¿Dónde anidan? —preguntó sin levantar la vista.
—Al norte. A los pies de un gran pino rojo. Lo marqué con hollín.
Grizz y Marcus se pusieron en marcha sin mediar palabra. La Vieja se incorporó despacio y le hizo a Abbie un gesto con la mano, invitándola a entrar.
El interior de la casa era austero. Dos sillones raídos custodiaban la chimenea, cubiertos con mantas de lana gruesa.
—Aquí dentro no necesitas eso —dijo, señalando el cinturón con las armas.
Abbie se quitó el cinturón y, por primera vez, echó de menos su peso.
No se sintió más ligera, sino más indefensa.
Sus ojos se fijaron en una fotografía sobre la repisa: una Vieja Mama mucho más joven al lado de un hombre nativo alto, imponente, con una coleta negra y brillante que le caía sobre el pecho.
—Se llamaba Gichi-inini —dijo la Vieja—. Gran Hombre.
—Era muy guapo —admitió Abbie sin pensar—. ¿Tu marido?
La mujer asintió y se adentró en la cocina.
La estancia estaba dominada por una estufa de hierro fundido, rodeada de muebles de madera curtida. De las vigas colgaban manojos de hierbas secas que impregnaban el aire de un olor intenso, entre amargo y resinoso.
—Siéntate, Giizis-ikwe —ordenó la chamán.
—Es ojibwa —tradujo Keisha, avivando el fuego con destreza—. Mujer Sol. Lo dice por tu pelo.
Abbie abrió mucho los ojos, incrédula. Ahora resultaba que también hablaba dialectos nativos. Aquella niña no dejaba de sorprenderle.
Se dejó caer en la silla mientras la Vieja iba sacando tarros y cacharros de los estantes. Llenó un puchero con agua y lo puso sobre la estufa. Dentro arrojó cortezas y hierbas que empezaron a teñir el líquido de un color oscuro y a llenar la cocina de un olor áspero que no prometía nada bueno.
—Falta algo, Makwaens .
Keisha alzó la cabeza al escuchar aquel extraño nombre.
—Ve al cobertizo. Tráeme algo oxidado. Unos clavos bastarán.
La niña salió disparada de la cocina. La Vieja sacó unas tijeras de un cajón. Se acercó a Abbie con una sonrisa tranquila.
—No quiero parecer irrespetuosa, pero… ¿qué piensas hacer con eso? —preguntó Abbie, con los ojos fijos en el metal.
—No puedo apagar tu sol si no acorto un poco sus rayos —contestó con calma—. Brillas demasiado.
—O sea, que lo de cortarme solo las puntas ni lo contemplas, ¿verdad? —soltó Abbie, deshaciendo la coleta.
La Vieja Mama se permitió una risita cantarina.
—Me lo agradecerás. En el bosque, el pelo largo trae más inconvenientes que ventajas.
La Vieja Mama se colocó detrás de ella. Las tijeras se cerraron con un chasquido seco. El primer mechón cayó al suelo. Abbie apretó los párpados y respiró hondo. Escuchó a Keisha regresar y moverse por la cocina.
Mientras su cabeza se iba quedando más ligera, no pudo evitar preguntarse cómo demonios había acabado allí, en medio de aquel bosque, acompañada de dos hermanos huérfanos, un trampero, una perra y una vieja chamán que le estaba cortando el pelo.
Cuando aceptó aquel trabajo, creyó haber cavado su tumba moral…
y, sin saberlo, fue lo que la sacó de Minneapolis antes de que la ciudad se convirtiera en una ratonera sin salida.
Después, cuando decidió enfrentarse a Cody en lugar de huir con Jason en mitad de la noche, acabó despertando sola y enferma.
Y gracias a eso se libró de caer en manos de los Dillinger, junto al resto.
Al final, sus peores cagadas eran las que la mantenían respirando.
Y no solo a ella. De no haber sido por esas decisiones más que cuestionables, jamás se habría cruzado con la madre de Keisha y la niña no hubiera conseguido su medicación.
Una ironía de lo más cojonuda. Si aquel era el precio por seguir viviendo, mejor no pensar cuánto tiempo más iba a poder seguir pagándolo.
—Abre los ojos —dijo la Vieja.
Keisha sonreía frente a ella, sosteniendo un espejo de mano.
Su propio reflejo la pilló por sorpresa: el pelo le caía en mechones desiguales, más corto de lo que jamás lo había llevado, sin un corte definido.
Y, aun así, no se veía como un desastre.
Al contrario. Notó una extraña ligereza en la nuca, y el espejo le devolvía una imagen menos frágil de lo que había temido.
No era un corte de salón, pero tampoco la catástrofe que había imaginado.
—Estás preciosa —le dijo la pequeña.
Abbie la estrechó entre sus brazos y le besó la frente.
—Gracias, cariño.
La Vieja Mama acercó el puchero a la pila de agua y le hizo un gesto para que se acercara.
Abbie echó un vistazo al interior. Había un líquido espeso y oscuro, como tinta aguada, con restos de corteza flotando en la superficie.
Desprendía un olor amargo e intenso, como si hubiesen hervido el bosque entero dentro de aquel puchero.
La Vieja Mama le indicó que se inclinara sobre la pila.
Keisha apareció con una jarra, la sumergió en el puchero y empezó a verter el líquido sobre su cabeza, despacio.
La Vieja, detrás, masajeaba cada mechón con manos firmes, asegurándose de que el tinte empapara bien.
Cuando acabaron, la hicieron volver a la silla.
—¿Ya? —preguntó Abbie, ansiosa por ver el resultado.
La Vieja Mama no contestó. Cogió un cuenco de barro, echó dentro un trozo de grasa blanca y lo acercó a la estufa. La grasa empezó a derretirse casi al instante. Añadió un puñado de ceniza y otro de un polvo más grueso y oscuro.
—Hollín —le explicó Keisha mientras la chamán mezclaba con una cuchara de madera.
Con los dedos ennegrecidos por aquella pasta que olía a humo, la Vieja Mama empezó a extenderla por el pelo con una paciencia infinita. Separaba los mechones, los cubría desde la raíz hasta las puntas y pasaba al siguiente sin pronunciar una sola palabra.
El cuero cabelludo le escocía ligeramente. Nada insoportable. Casi agradeció aquella molestia; le daba algo en lo que pensar mientras Keisha envolvía cada mechón con tiras de tela húmeda.
Cuando terminó, tenía la cabeza completamente vendada. Soltó una risa por lo bajo.
—Parezco una loca.
Keisha sonrió, orgullosa de su trabajo.
—Ahora toca esperar —dijo la Vieja.
—Vas a quedar guapísima —opinó Keisha—. Ya lo verás.
Sonrió sin decir nada. Quizá por fuera solo se trataba de un simple tinte de pelo, pero en su interior se estaba gestando un cambio mucho más profundo.
Grizz salió del granero. Agradeció el aire fresco y sin olor a bosta de vaca. La quietud de la noche solo se veía interrumpida por el crujido de una mecedora sobre el porche de madera. La Vieja aún estaba despierta.
—Buenas noches, Elijah. ¿Mi heno no es lo suficientemente cómodo o es mi rebozado el que te roba el sueño? —le preguntó con una risita.
Grizz no contestó. No le gustaba demasiado su sentido del humor.
—Loretha Chambers ha muerto —soltó a bocajarro.
La sonrisa desapareció de la cara de la anciana. Asintió, sin más.
—Lo supe en cuanto te vi aparecer con los dos chicos. Ahora también sé por quién llora el bosque.
Grizz se pasó la mano por la barba, incómodo.
—No sabes qué hacer con ellos, ¿verdad? —preguntó la chamán.
—Les prometí a sus padres que cuidaría de los dos si les pasaba algo. Pero esta situación… Y luego está lo de Dwayne y lo de esa chica…
—Abbie —dijo la Vieja.
—Como se llame.
—Se llama Abbie —insistió. Grizz lanzó un bufido—. ¿Qué vas a hacer con ella?
—Alejarla de aquí, supongo.
—¿Y después?
—¿Después de qué? —gruñó Grizz, malhumorado.
—Después de alejarla y abandonarla a su suerte.
—No me culpes, Vieja. Yo no he sido el que ha traído a Deacon hasta nuestra puerta.
La anciana negó con la cabeza.
—Deacon ya venía hacia nosotros mucho antes de que ella apareciera. Además, el vínculo de Keisha con Abbie es fuerte.
Grizz bajó la cabeza.
—Tú también lo has notado, ¿verdad?
Recordó cómo la chica rubia interponía su cuerpo entre la niña y los dientes de Freya. No contestó.
—¿Entonces qué se supone que debo hacer? —preguntó el trampero—. No podemos escondernos aquí para siempre. Tarde o temprano nos darán caza.
—¿Y si antes les damos caza nosotros a ellos?
Grizz odiaba que le respondieran a una pregunta con otra. Le provocaba dolor de cabeza.
—Deacon tiene un ejército. Yo tengo un cuchillo… y una perra.
—Freya debería quedarse aquí, si no te importa. Le hace muy bien a Keisha. Pero puedes contar con Marcus.
—Es solo un crío.
—No creo que haya muchos adultos en todo el estado que sepan usar el arco como ese «crío». Por no hablar de su derecho a vengar la muerte de su madre —añadió en un tono más serio.
—De acuerdo —accedió Grizz—. Solo somos dos.
—Tres —le corrigió la Vieja.
Grizz se quedó en silencio. Podía preguntar de quién se trataba, pero odiaba quedar como un idiota delante de aquella mujer.
—Abre eso y lo entenderás —le dijo, señalando con la mirada una cesta de mimbre a los pies de la mecedora.
Grizz obedeció. En el interior había varios destornilladores usados y lo que parecían ser decenas de mechones de pelo rubio atados.
—No —dijo Grizz, tajante.
Pero la Vieja asintió con aquella extraña calma suya.
—Si los hombres de los Dillinger empiezan a aparecer muertos con un destornillador clavado en el pecho, ¿qué crees que pensarán?
—Que ha sido ella.
La Vieja asintió.
—No es necesario que la lleves contigo. Solo conviértela en una leyenda. Haz que la teman, que la vean detrás de cada árbol.
—Eso solo provocará que Deacon queme el bosque entero con nosotros dentro. Lo conozco bien. Es igual de incontrolable que el bastardo de su padre.
—Eso no ocurrirá si antes usamos ese miedo para atacar su punto débil.
—Los Dillinger no tienen puntos débiles —escupió Grizz—. Son unos asesinos y unos depravados. Seguramente pensarán que el fin del mundo es lo mejor que les ha pasado en la vida. Así de locos están.
—Dorothy Dillinger tuvo un cuarto hijo. Una niña, para ser más exactos. Daphne. Siempre ha sido la debilidad de sus tres hermanos mayores. Contrólala a ella y controlarás a Deacon y a todos sus hombres. Eso quizá nos dé una oportunidad a nosotros y a los vecinos del pueblo que sigan vivos.
—Estará en el pueblo. Con ellos —supuso Grizz.
La Vieja volvió a negar con la cabeza.
—Intenta pensar como lo haría Deacon. ¿Dejarías que tu hermana pequeña a la que siempre has sobreprotegido fuera testigo de toda esa barbarie? ¿Dejarías que estuviese rodeada día y noche de un ejército de hombres como los suyos?
Grizz respiró hondo. Empuñó uno de los destornilladores y lo sacó de la cesta.
La luz de la luna se reflejó en el acero inoxidable.
Más que a un plan, aquello le sonaba a chaladura de chamán que ha bebido demasiado té de hierbas, pero no tenían nada más a lo que agarrarse.
Volvió a dejar el destornillador donde estaba.
—La chica se viene con nosotros —dijo tras unos segundos—. Si se va a quedar, tiene que aprender a sobrevivir. Y adelgazar un poco tampoco le vendrá mal.
La Vieja Mama sonrió y asintió.
—Se llama Abbie.
—Ya sé cómo se llama.