La reina en el bosque CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

—¿Qué le pasa a este chico? —se preguntó Abbie mientras salía de su saco de dormir.

—No le pasa nada —le contestó Keisha, aún acurrucada en el interior de su saco—. Es así por las mañanas. Y por las tardes. Y por las noches también. Buenos días, Abbie.

Abbie sonrió mientras se frotaba los ojos.

—Buenos días, pequeña osezna. ¿Has dormido bien?

Keisha se incorporó y asintió.

—Y por cómo has roncado esta noche, tú también —le recriminó la niña.

Abbie ensayó su mejor gesto de ofendida.

—¿Perdona? Yo no ronco —se defendió—. Creo.

—Roncas. Mucho —dijo Marcus, seco, asomando la cabeza—. Daos prisa.

Keisha rompió a reír.

—¿Lo ves?

—Estáis los dos compinchados contra mí. ¿Queréis desayunar? Creo que aún me quedan galletas de chocolate.

—Ya comeréis sobre la marcha. Ahora hay que irse —zanjó Marcus.

Aquello no era una sugerencia. Abbie se incorporó por primera vez, anticipando el latigazo de dolor de sus pies.

Contuvo el aliento, pero la punzada no llegó con la violencia que esperaba.

Por increíble que pareciera, los cuidados de Marcus habían obrado un pequeño milagro.

El volcán en erupción de la noche anterior se había transformado en una molestia tolerable, un zumbido de fondo que no le impedía ponerse en pie ni cargar el peso de su cuerpo.

Se calzó las botas y localizó las galletas en el interior de su mochila.

Sacó varios paquetes y se los fue metiendo a Keisha en los bolsillos.

La niña se lo agradeció con un beso en la mejilla.

Al salir al exterior, se sorprendió al ver que no quedaba ni rastro del fuego Dakota de la noche anterior.

Ni hoyos, ni cenizas, ni marcas de pala.

Nada. Como si no hubieran estado allí nunca.

Marcus no tardó en alcanzar aquella velocidad de crucero absurda, como si hubiera nacido para moverse entre aquellos árboles.

Ni una rama parecía frenarlo, ni una raíz lo hacía tropezar.

Abbie, en cambio, tuvo que apretar los dientes y obligar a sus pies vendados a seguirle el ritmo.

El sudor le picaba en los ojos y la respiración se le aceleraba por momentos.

Keisha trotaba ligera entre ambos, como si aquello fuera un juego y no una marcha forzada.

—Ese Grizz, ¿es amigo vuestro? —preguntó Abbie, intentando distraer a su mente del suplicio de aquella caminata interminable.

—Era amigo de mi padre —contestó él—. Cazaban juntos.

—¿Es una especie de ermitaño o algo así?

—Trampero —especificó Marcus—. Atrapa animales y vende sus pieles. También fue militar. Sirvió en Vietnam, pero será mejor que no saques el tema.

—Entendido.

—Se llama así porque estuvo casado con una osa grizzli —apuntó Keisha, solemne, como si aquello fuese una verdad escrita en piedra.

—Ya veo —dijo Abbie, divertida ante semejante ocurrencia—. ¿Y qué falló en ese matrimonio?

—Él se hizo un abrigo con ella.

—Eso se veía venir —opinó Abbie—. Ayer dijiste que a Grizz solo le gustaba una persona. No logro recordar el nombre.

—Freya —le refrescó la memoria la niña—. Pero no es una persona. Es una loba huargo.

—¿Una qué?

—Una huargo. Ya sabes. Una loba gigante —le aclaró, como si saber aquello fuese tan básico como sumar dos más dos.

—No le hagas caso. Solo es una perra —aclaró Marcus desde vanguardia.

Keisha se giró hacia ella y negó con la cabeza.

—Huargo —insistió, terca—. Ya lo verás.

Sus pies resistieron las primeras horas sin demasiada protesta.

Incluso se permitió creer que aquello iba a ser llevadero.

Pero el bosque no tardó en llevarle la contraria.

Con el paso del tiempo, la ilusión se desmoronó.

El calor fue calando en las botas, el roce constante encendió las plantas y cada zancada dejó de ser un simple movimiento para convertirse en un recordatorio punzante de que las ampollas seguían ahí.

No era un dolor súbito, sino esa clase de tortura lenta que va royendo la voluntad poco a poco, hasta hacer que el horizonte parezca un castigo más que una promesa.

Estaba a punto de pedir un tiempo muerto cuando Marcus se paró en seco, el cuerpo tenso, la mano levantada en señal de alto.

Keisha entendió la orden al instante: permaneció quieta, como petrificada.

Abbie, en cambio, se quedó con la respiración suspendida, mirando de un lado a otro, intentando adivinar qué había detectado él que a ella se le escapaba.

El silencio del bosque no era natural, sino denso, como si todo a su alrededor estuviera aguantando la respiración.

Entonces la vio.

No salió de entre los árboles. Estaba allí.

Abbie habría jurado que un segundo antes no había nada y, sin embargo, aquella enorme silueta gris avanzaba ahora entre los troncos sin hacer el menor ruido.

El pelaje, gris plateado con vetas oscuras, se movía apenas con cada paso.

Sus ojos, de un azul tan claro que casi parecían blancos, se clavaron en ella y Abbie tuvo la incómoda sensación de ser su próxima merienda.

Caminaba despacio, sin vacilar, como si no existiera nada en aquel bosque capaz de plantarle cara.

Perro o loba huargo. Tanto daba. Aquel bicho acojonaba de lo lindo.

—¡Freya! —exclamó Keisha, antes de que su hermano pudiera frenarla.

La respuesta del animal fue un gruñido gutural, amenazante.

Se clavó en el suelo con las patas abiertas, erizó el lomo y enseñó los dientes.

Abbie reaccionó por instinto, interponiendo su cuerpo entre la niña y la bestia.

Su mano buscó a tientas la empuñadura de la escopeta.

Marcus la miró con ojos alarmados y negó varias veces con la cabeza.

El mensaje estaba claro: ni se te ocurra disparar.

De repente, otro ruido a su espalda: una rama seca partiéndose, el crujido grave de algo pesado avanzando entre los árboles. El corazón de Abbie dio un vuelco. Rezó para no descubrir que había más bestias como aquella rodeándolos. Giró sobre sus talones, con la escopeta a medio desenfundar.

Entonces lo vio.

Era un hombre. O quizá el Bigfoot. O un espíritu del bosque.

Era imposible saberlo. Alto, desgarbado, con una barba tan espesa que apenas dejaba ver el rostro y una mata de pelo enmarañado que le caía sobre los hombros.

Vestía un amasijo de pieles y telas remendadas.

Tenía el aspecto de alguien que llevaba tanto tiempo viviendo entre aquellos árboles que había terminado por parecerse a ellos.

El recién llegado chasqueó la lengua una sola vez. Bastó. La perra bajó el lomo y se colocó a su lado, dócil, pero con la mirada fija en ella.

—Hola, Grizz —comenzó a decir Marcus—. Mi madre nos envía. Ella es…

—Ya sé quién es —le interrumpió con una voz ronca y profunda, como grava arrastrada.

Abbie se removió, incómoda. Aquel hombre no apartaba la vista de los destornilladores que llevaba al cinto.

—Nos trajo las medicinas de…

—Quiero hablar con ella, Marcus —tronó—. ¿Qué haces aquí, chica? Responde.

—No estoy muy segura —contestó Abbie, intentando que su voz no resultase demasiado asustada—. Sobrevivir, supongo.

—No tenía dónde ir, tío Grizz —explicó Keisha, saliendo de detrás de ella—. Y trajo mis medicinas.

La atención de Grizz recayó en la pequeña.

El hombre esbozó algo parecido a una sonrisa y le hizo un gesto para que se acercara.

La niña obedeció y él le pasó una mano por la cabeza como único gesto de calidez.

Sin besos ni abrazos. El trampero sacó algo rojizo de su morral.

A Keisha se le encendieron los ojos y se lo llevó a la boca en cuanto se lo entregó.

—La cecina de Grizz es la mejor —dijo la pequeña, volviendo al lado de Abbie—. Está un poco dura, pero es la más sabrosa. ¿Quieres un poco?

—No, gracias. Se me ha cerrado el estómago.

Grizz se acercó a Abbie hasta quedarse a menos de un palmo de ella.

Abbie percibió un olor a humo de leña, cuero viejo y tierra húmeda.

Se vio tentada a retroceder, pero se contuvo.

Aquel hombre no la estaba amenazando. La estaba midiendo.

Si hubiera querido hacerle daño, a aquellas alturas ya lo habría hecho.

Apretó la mandíbula y le sostuvo la mirada, aunque por dentro el cuerpo le pedía salir corriendo. Tras unos segundos, el hombre asintió.

—Hay que hacer algo con ese pelo tuyo —dijo al fin.

—¿Cómo dices?

—No sé qué le hiciste a ese depravado de Dwayne Dillinger, pero andan como perros rabiosos buscando a una rubia.

—Le clavé uno de estos en la boca —dijo, señalando los destornilladores.

—¿Por qué hiciste eso? —preguntó Keisha.

—Se estaba poniendo demasiado pesado, cariño —le explicó Abbie—. No sabía que tenía un ejército que me perseguiría. —Miró a Grizz.

—Quizá sea mejor así —dijo, enigmático.

Abbie frunció el ceño.

—Cada cosa a su tiempo —continuó el trampero—. Primero lo de tu pelo.

—¿Y qué propones? —preguntó Abbie, temiendo la respuesta—. Porque no llevo encima ningún bote de tinte.

—Seguro que a la Vieja Mama se le ocurre algo —respondió—. Si no, habrá que raparte a cuchillo.

Abbie tragó saliva. Grizz se puso al frente del grupo, siempre seguido de Freya.

—Tu rastro sigue siendo demasiado evidente —reprendió al chico—. Tienes suerte de que esos hijos del incesto no encuentren ni un bisonte dentro de una jaula.

Se pusieron en movimiento, con Abbie cerrando la marcha.

—¿Quién es la Vieja Mama? —le preguntó a Keisha.

—Una chamán —respondió—. A mi hermano le da miedo —añadió, en apenas un susurro.

—¿Una qué?

Keisha se giró hacia ella con los ojos en blanco.

—Como una hechicera, pero nativa —le explicó—. ¿Es que no sabes nada?

Abbie no contestó. Le sacó la lengua como venganza y rezó para que aquella hechicera fuese mujer de recursos o ya podía ir despidiéndose de su melena.