La reina en el bosque CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Marcus había impuesto un ritmo imposible desde el primer minuto.

Avanzaba por el bosque como si el terreno le perteneciera, sin senderos, sin referencias claras, solo piedras, raíces y desniveles que parecían multiplicarse a cada paso.

Abbie intentaba seguirlo con la respiración desbocada, sintiendo que cada zancada la acercaba más al límite.

La mochila le pesaba como si llevara dentro el puto mundo entero.

Sentía cómo el sudor le resbalaba por la espalda y le empapaba la camiseta.

Intentaba no mirar a Keisha. La niña avanzaba ligera, con la mochila casi tan grande como ella, sin una queja, como si hubiera nacido en aquel infierno lleno de árboles.

A ratos incluso silbaba bajito, una melodía sin ton ni son que parecía protegerla del cansancio.

Aunque se sentía mal por hacerlo, Abbie la envidiaba en secreto, preguntándose cómo una cría podía con algo que a ella la estaba destrozando.

Las molestias en las plantas de los pies comenzaron como un simple hormigueo, apenas un cosquilleo molesto que podía ignorar.

Con las horas, se transformaron en un ardor que rozaba lo insoportable.

Sentía que algo se le agitaba bajo la piel a cada paso, como si caminara sobre brasas escondidas en sus propias botas.

Notaba los pies húmedos y pegajosos, pero no era sudor, sino algo más cálido y espeso.

Cuando el sol comenzó a hundirse detrás de las copas de los pinos, Marcus señaló hacia un talud erosionado. El corte transversal del terreno dejaba al descubierto una pared de roca salpicada de cavidades oscuras que parecían madrigueras gigantes.

—Las oseras —explicó Keisha, como si hablara de un lugar sagrado—. Antes vivían osos aquí, pero se fueron.

—Espero que no decidan volver esta noche.

Marcus les ordenó esperar fuera mientras exploraba las cuevas.

Una vez seguro de que seguían deshabitadas, eligió la más grande.

El interior olía a tierra mojada y a musgo.

No era demasiado profunda y Abbie tuvo que entrar agachada, pero entre aquel agujero y dormir a cielo descubierto, la elección era evidente.

—Dejad las mochilas y buscad algo de leña para la hoguera —dijo Marcus mientras desplegaba una pequeña pala que había sacado de su mochila—. No os alejéis mucho.

Acompañó a Keisha hasta el exterior de la cueva y se adentraron un poco en el bosque, siempre con las oseras a la vista. La pequeña pasó por encima de una gran rama, ignorándola por completo. Abbie la recogió. Pesaba lo suyo.

—Déjala —dijo Keisha—. La madera verde hace demasiado humo. Necesitamos leña seca.

Abbie parpadeó, sorprendida.

—¿Cómo es que una niña sabe eso?

La respuesta llegó acompañada de una media sonrisa.

—¿Cómo es que tú no?

—Donde yo vivía bastaba con girar un mando para hacer fuego.

—¿Dónde vivías? —preguntó Keisha.

—En Minneapolis.

—¿Qué hacías por aquí?

—Vine aquí… por trabajo —respondió Abbie sin dar detalles.

—¿En qué trabajabas?

—Mmm… Mejor te lo cuento otro día, renacuaja.

Ambas rebuscaron durante un buen rato. Keisha se agachaba, partía trozos con las manos, olía la madera.

Escogía solo las más secas y livianas, las que crujían al partirse.

Abbie la imitó, aprendiendo a distinguir por sonido y textura, sintiéndose ridículamente principiante.

Cuando volvieron a la cueva con los brazos cargados, Marcus había cavado dos hoyos a la entrada de la cueva y se afanaba en conectarlos mediante un conducto subterráneo.

—¿Qué haces? —preguntó Abbie.

—Fuego Dakota —respondió Keisha, adelantándose a su hermano.

Abbie arqueó una ceja mientras dejaba la leña en el suelo.

—Un agujero es para la hoguera —le explicó. Estaba un poco sofocado por el esfuerzo—. El otro actúa como respiradero. La llama queda oculta y se evita el humo. Muy útil para evitar que te encuentren si alguien anda buscándote.

Abbie no pudo sino quedar impresionada ante los dos hermanos.

De donde ella venía, las niñas solo pensaban en la última Barbie de colección y los adolescentes en conseguir carnés falsos para comprar alcohol. Aquellos dos, en cambio, parecían llevar toda la vida preparándose para el fin del mundo.

Marcus colocó la leña seca, añadió un poco de yesca y sacó una pequeña barra metálica que rascó con su cuchillo. De aquel artilugio surgió una lluvia de chispas que no tardó en iniciar el fuego.

—Es un ferrocerio —le explicó Keisha—. Tu mochila trae uno en los bolsillos laterales.

Marcus levantó la cabeza y negó un par de veces, como si aceptara con resignación que le había tocado cargar con un peso muerto en forma de veinteañera rubia.

—Es bueno saberlo —dijo, sintiéndose profundamente estúpida—. Y yo pensando que un mechero era lo último en hacer fuego.

—Prueba a encender tu mechero si se moja o se queda sin gas —contestó Marcus.

Abbie optó por cambiar de tema antes de que decidieran deshacerse de ella en mitad de la noche.

—¿Tenéis hambre? —les preguntó—. Porque hay unas latas de raviolis rellenos de carne que mi espalda está deseando quitarse de encima.

Keisha se relamió mientras se frotaba el estómago. Marcus se limitó a asentir una sola vez.

—Está bien. A esto no se le puede llamar cocinar, pero nos llenará el estómago.

Vertió el contenido de dos latas en un cazo pequeño y lo colocó al fuego.

El olor a salsa boloñesa y a pasta caliente le pareció casi un milagro en aquel contexto.

Los tres comieron en silencio. Keisha lo hizo con un apetito voraz.

Marcus masticaba despacio, serio, como si hasta en el acto de cenar hubiera disciplina.

Abbie se obligó a comer algo, pero el dolor generalizado de todo su cuerpo le robaba el apetito.

Al poco, la niña se despidió y tambaleó hasta el interior de la cueva, muerta de cansancio. Abbie, por amor propio, permaneció unos minutos más sentada frente a la hoguera.

—¿Puedo hacerte una pregunta, Marcus?

El chico asintió y cogió su mochila. Parecía buscar algo.

—¿Quién os enseñó… eso del fuego Dakota y todo lo demás?

—¿Supervivencia en el bosque? —preguntó Marcus con la vista hundida en el interior de su mochila.

Abbie asintió.

—Supongo.

—Mi padre —respondió el chico—. Era buen cazador y le gustaba mucho la vida al aire libre. Siempre que podía, nos llevaba a Keisha y a mí de acampada.

—Ya no está, ¿verdad?

El chico no respondió. Solo negó con la cabeza.

—Lo siento mucho. Creo que yo también me voy a dormir —anunció Abbie—. No recuerdo haber estado tan agotada en toda mi vida.

—Espera un poco —dijo Marcus, sacando algo de su mochila. Parecía un neceser.

Abbie frunció el ceño.

—¿Qué quieres?

—Quiero ver tus pies —dijo el chico.

El tono de voz no dejaba lugar a dudas. No era una petición. Era una orden.

—¿No eres un poco joven para tener esos gustos tan raritos?

El chico ni siquiera pestañeó. Se limitó a sacar una aguja larga del neceser y a sostenerla cerca del fuego.

—Tienes ampollas. Hay que curarlas.

La vergüenza le subió por el cuello hasta las orejas. Desvió la mirada hacia la hoguera.

—Lo siento mucho —dijo—. Creo que aún no he logrado desconectar de mi anterior vida. No te preocupes por mí. Estoy bien, de verdad.

—No lo estás —insistió él—. Si no drenamos las ampollas ahora, mañana no podrás seguir la marcha y te quedarás atrás. No te esperaremos.

Abbie se rindió y comenzó a desatarse las botas con torpeza.

—De acuerdo, pero te aviso de que lo que vas a encontrar ahí no es lo mejor para después de cenar.

A pesar del grosor, los calcetines presentaban varias manchas oscuras. Al retirarlos, sintió como si le arrancaran un trozo de piel. Las plantas de sus pies eran un mosaico de burbujas; algunas llenas de líquido amarillento, otras ya reventadas.

Marcus dejó enfriar la aguja apenas un segundo y se inclinó sobre sus pies.

Ella apretó los labios, intentando no gritar cuando él pinchó la primera ampolla.

El líquido comenzó a derramarse por el otro extremo de la aguja.

Marcus trabajaba con calma. Pinchaba, drenaba, limpiaba con una gasa, volvía a pinchar.

Sus manos eran grandes pero precisas. Al terminar, sacó un tarro pequeño con un potingue que olía a mentol y lo aplicó con cuidado, envolviendo después con vendas limpias.

—Pomada antibiótica —le explicó—. Pero no te quites la piel muerta por mucho que te moleste.

Abbie asintió mientras Marcus empezaba a curarle el otro pie.

—¿Cuándo se lo vas a decir?

—No lo sé.

—No lo dejes demasiado tiempo —dijo Abbie.

—Tú no lo entiendes —se defendió Marcus, hosco—. No es tan fácil.

Abbie frunció el ceño.

—Se trata de su enfermedad, ¿verdad?

Él asintió. Era chico de pocas palabras.

—Tu madre me dijo que su vida dependía de esas pastillas. ¿Qué tiene?

Marcus no contestó. Bajó la mirada y siguió perforando ampollas. Tras unos minutos de dolor, silencio e incomodidad, terminó de vendarle el pie y se echó hacia atrás.

—Gracias, Marcus —dijo—. Y perdona si te he molestado. Sé que no es asunto mío. No debería haber preguntado.

—Es epilepsia —respondió, como si la misma palabra doliera.

El silencio que siguió dijo mucho más que cualquier explicación.

—Mierda —susurró Abbie con rabia.

Abbie se adentró en la cueva con la garganta anudada. Se metió en el saco de dormir y buscó a Keisha con la mano, como si necesitara comprobar que su pequeño corazón seguía latiendo. La abrazó por la espalda, notando su respiración tranquila, ajena a su propia fragilidad.

Aquella noche, Abbie no se durmió con los puños cerrados, sino con el cuerpo rendido a un afecto nuevo e inesperado. Mientras la niña murmuraba algo entre sueños, ella la estrechó un poco más fuerte, como si con aquel abrazo pudiera protegerla de la enfermedad y del mundo entero.

Marcus las despertó cuando los primeros rayos de sol comenzaron a filtrarse entre las copas. La osera estaba sumida en una oscuridad casi total, pero en el exterior los pájaros ya anunciaban la llegada de un nuevo día.

—¿Has dormido algo? —le preguntó Abbie, aún somnolienta.

El joven cogió su mochila y salió de la cueva sin emitir respuesta alguna.