La reina en el bosque CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

—¿Y cómo llego yo hasta Minneapolis?

—¿A Minneapolis? —preguntó Marcus, ladeando la cabeza como si no hubiera escuchado bien—. ¿Para qué quieres ir a la ciudad? Allí ya no queda nada.

—Pero el mensaje de los militares decía que había zonas seguras alrededor de la ciudad.

—Y lo seguirá diciendo hasta que el generador del repetidor se quede sin combustible, pero la última de esas zonas seguras cayó hace casi una semana. —Se inclinó hacia ella, con los ojos oscuros y serios—. Buena suerte, Abbie. Y gracias por traer esas pastillas para mi hermana.

Abrió la puerta y bajó sin añadir nada más. El portazo resonó en el silencio.

Se quedó sentada, las manos tensas sobre el volante, observando cómo Marcus desaparecía tras la puerta.

Minneapolis ya no existía. El campamento era un cementerio.

Côte Sauvage era un nido de asesinos que clamaban venganza contra ella.

Se obligó a mantener la calma, pero fue inútil.

No tenía un plan. No tenía un lugar al que ir.

Solo tenía la certeza de que estaba sola y de que el mundo, tal y como la conocía, ya no existía.

Abbie se apeó del coche buscando aire. El apocalipsis la había sorprendido en el peor momento y en el peor lugar posible.

Si lo que le había dicho Marcus era cierto, su vida había sido borrada de un plumazo.

No estudiaría en el Culinary a partir de septiembre.

Tampoco tenía trabajo ni lugar al que regresar en la ciudad.

La imagen de Corinne volvió a su mente con más fuerza. «Ni se te ocurra morirte sin mi permiso, pedazo de zorra». Las lágrimas le desbordaron. No quedaba nada. No quedaba nadie. Todo había desaparecido. Y ella no había podido ni despedirse.

Pasaron unos veinte minutos hasta que volvió a escuchar ruido en el interior de la casa.

La puerta volvió a abrirse. Marcus apareció primero, vestido con ropa de camuflaje.

Tanto los pantalones como la chaqueta estaban muy gastados.

El arco y la mochila le hacían parecer mayor de lo que era.

Tras él salió Keisha, enfundada también en ropa militar y con una mochila enorme a la espalda.

Caminaba seria, con la barbilla alzada, como si aquella carga no pesara nada. Parecía un soldado de juguete.

Abbie, con la bolsa a la espalda y la escopeta colgada del cinturón, se plantó ante ellos.

—No tengo adónde ir ni nadie a quién acudir —dijo, tragando saliva—. Pero sé cocinar y tengo comida.

Keisha levantó la vista en dirección a Marcus.

—Estaría bien comer algo que no fuese conejo o ardilla —dijo, antes de guiñarle un ojo a Abbie.

—A Grizz no le gustan los desconocidos —objetó Marcus.

—Eso no vale —protestó la niña—. A Grizz no le gusta nada ni nadie. Bueno… Freya sí le gusta.

Marcus sostuvo la mirada de Abbie unos segundos eternos. Sus ojos oscuros parecían calibrarla, como si aún intentara decidir si podía confiar en ella. Finalmente, dejó escapar un suspiro breve y resignado.

—Está bien —dijo con voz seca—. Pero si nos traes problemas, te quedas sola, ¿entendido?

Era lo más parecido a un permiso que iba a conseguir. Abbie asintió, agradecida, consciente de que aquella respuesta podía salvarle la vida.

—Acompáñala arriba y que se cambie —añadió Marcus, girándose hacia su hermana—. No puede entrar en el bosque con esa ropa. Daos prisa.

La niña asintió y tiró de Abbie escaleras arriba. La madera crujía bajo sus pies y el aire olía a polvo y humedad, a casa cerrada.

—Todo está un poco sucio —explicó Keisha, como disculpándose—. Antes vivíamos aquí, cuando mi papá aún estaba. Luego nos mudamos al pueblo, pero mi mamá nos trajo hace unos días.

Abbie se mordió el labio inferior y decidió callar. ¿Qué podía decirle? La pobre cría había perdido a su padre. Ahora también a su madre. Y todo ello en un mundo donde los cadáveres acababan abandonados en cualquier sitio.

Al menos Marcus no se parecía en nada a su hermano.

Keisha la condujo hasta una habitación llena de cajas y objetos cubiertos de polvo.

Empezó a sacar prendas de una de las cajas: una chaqueta de camuflaje, unos pantalones a juego, varios pares de calcetines gruesos y algunas camisetas de color verde militar.

También le dio una mochila idéntica a la que ella llevaba y un saco de dormir enrollado.

—Mi papá tenía una tienda antes —dijo, a modo de explicación.

—¿No tendré demasiado calor con la chaqueta?

—Un poco, pero te protegerá. Y por la noche hace frío —le explicó Keisha—. No nos quedan botas nuevas.

—No pasa nada. Las mías son bastante cómodas y les tengo un cariño especial.

—También necesitarás esto —dijo, tendiéndole un rollo de papel higiénico—. El bosque es un lugar muy sucio.

Abbie abrió mucho los ojos.

—Hablando de eso, ¿tenéis un baño que pueda usar?

La niña asintió. Abbie no pudo reprimirse y le plantó un beso en la frente a Keisha.

—Gracias, cariño. Ya me has salvado la vida dos veces hoy.

La ropa aún olía a naftalina y le iba bien de talla. Tras cambiar las provisiones a su nueva mochila y volver a enfundarse las botas de Kim, se ciñó el cinturón con los dos destornilladores y la recortada.

—Creo que estoy lista —dijo, sin mucho convencimiento.

Bajaron de nuevo. Marcus la miró de arriba abajo, asintió conforme y encabezó la marcha.

—Hay que darse prisa. Tenemos que llegar a las oseras antes de que caiga la noche.

—¿Vamos a dormir en una osera? —le preguntó Abbie a Keisha.

La pequeña asintió y se agarró a su mano con toda naturalidad. Abbie miró aquellos dedos diminutos entrelazados con los suyos. No recordaba la última vez que alguien había buscado su mano de aquella manera. Echó a andar sin soltarla.