CAPÍTULO 15
El edificio apareció entre los árboles, encajado en una curva de la carretera.
No tenía nada de acogedor. La pintura blanca se resquebrajaba en escamas que colgaban como piel muerta; las juntas de la madera estaban ennegrecidas por la humedad y las ventanas de la planta baja estaban tapiadas con tablones de madera.
Abbie se preguntó si llevaba abandonado mucho tiempo o alguien lo había fortificado hacía poco.
Sobre la entrada principal colgaba un letrero herrumbroso que se balanceaba con el viento.
El dibujo, desvaído por el sol y la intemperie, aún dejaba distinguir la silueta de un venado de gran cornamenta, sorprendido en plena carrera.
Los colores, antaño vivos, se habían apagado hasta convertirse en poco más que manchas.
Aquel era el lugar del que le había hablado la mujer .
Miró por el retrovisor por enésima vez. No parecía que nadie la hubiera seguido.
El chivato de la reserva se iluminó justo antes de apagar el motor.
Sin combustible no iba a ir mucho más lejos y Côte Sauvage parecía demasiado peligroso, por lo que tendría que buscar una ruta alternativa para dirigirse al sur, hacia Minneapolis.
El cuerpo le pedía a gritos poner distancia entre ella y aquel lugar maldito, pero iba a necesitar un mapa y un lugar en el que repostar.
Sin embargo, no conseguía quitarse de la cabeza la imagen de la pulponeta saqueada en la cuneta.
Las preguntas se le amontonaban. ¿Dónde estaba Jason?
¿Era el cocinero del que habían hablado en la transmisión radiofónica de la noche anterior?
¿Por qué aquellos paletos se paseaban por el bosque matando gente?
Pero había una que eclipsaba a todas las demás: ¿qué coño le había pasado al mundo?
Algo le decía que, si encontraba la respuesta a aquella pregunta, las demás acabarían cayendo por su propio peso.
El problema era que primero tendría que dar con alguien que no quisiera apresarla, violarla o matarla. Y hasta ahora, aquello no le estaba resultando nada fácil. Quizá en aquel lugar tuviera algo más de suerte. Al fin y al cabo, aquella mujer había hablado de una niña pequeña.
Pensó en llevar la escopeta, pero decidió dejarla en el coche.
No quería que nadie la confundiese con alguien hostil.
Cogió la bolsa con los medicamentos, se acercó con cautela a uno de los ventanales tapiados y miró por la rendija que dejaban dos tablones.
Estanterías y expositores vacíos, cubiertos de polvo.
La tienda parecía llevar cerrada mucho tiempo.
Abbie alzó la vista hacia el rótulo. Las letras estaban descoloridas y apenas se podían leer, pero adivinó las palabras: Artículos de caza Chambers.
Golpeó la madera con los nudillos varias veces.
—¿Hola?
Aguzó el oído, conteniendo la respiración. Nada que no fuese el viento entre los árboles. Levantó la vista. Había una planta superior, pero desde la tienda no se veía ninguna escalera. Tenía que haber otra entrada.
Rodeó el edificio hasta dar con la puerta trasera. Llamó varias veces. Ni un murmullo.
—¡Hola! —gritó—. ¡Traigo unos medicamentos!
Probó con el pomo. Bloqueado. Volvió a llamar, esta vez con la palma abierta.
—¡Joder!
Perdió la paciencia y descargó una patada contra la puerta. El dolor que le atravesó el pulgar del pie derecho le dejó claro, al instante, que había sido una idea estúpida.
—Me cago en la… —susurró, entre resoplidos.
Se giró todavía maldiciendo por lo bajo. El dolor desapareció de golpe. Frente a ella, un arco de poleas apuntaba directo a su pecho. La cuerda estaba completamente tensada. Bastaba un solo movimiento de aquellos dedos para que la flecha saliera disparada.
El que sujetaba el arco era un joven afroamericano.
Tenía cara de adolescente, pero el cuerpo de un atleta.
Alto, de hombros anchos y pelo muy corto, sostenía el arco con una firmeza que no parecía propia de alguien de su edad.
Su expresión era dura; la mirada, desconfiada.
No temblaba. No dudaba. Si aflojaba un solo dedo, todo habría terminado.
—¿Quién eres tú? —le preguntó el chico con voz profunda.
Abbie dejó caer la bolsa y alzó las manos de forma instintiva.
—Yo soy Abbie y tú debes de ser… Marcus, ¿verdad?
—dijo, recordando las palabras de la mujer—.
Mira, Marcus, eres la tercera persona que me apunta hoy con un arma.
¿Por qué no bajas un poco ese trasto, por favor?
Parece bastante peligroso. Solo he venido a traer unas medicinas para una niña pequeña.
El arco descendió apenas.
—¿Dónde están?
—En esa bolsa —respondió Abbie—. Me las dio una mujer y me dijo que…
—¿Cuál es la contraseña? —preguntó, volviendo a tensar el arco.
Abbie alzó las manos aún más.
—Tranquilo. También me dijo la contraseña. Es… mandioca. No… espera. Sí. Mandioca. Eso. Mandioca.
El chico negó con la cabeza. La cuerda volvió a tensarse. El arco tenía un visor de precisión, pero a aquella distancia no le iba a hacer falta usarlo. Era imposible fallar.
—¡No me jodas, chaval! —gritó Abbie, desesperada—. ¡La puta contraseña es mandioca! ¡Tiene que ser mandioca!
—Es «tapioca» —le corrigió una voz infantil a su espalda, apenas un susurro.
—¡Eso! ¡Joder! ¡Tapioca! —gritó Abbie.
—Marcus —dijo la misma voz infantil que le había salvado la vida—. Deja de hacer el idiota con el arco. La manda mamá.
—Eso, Marcus —dijo Abbie—. Haz caso a… quienquiera que sea ella, por favor. No he venido a haceros daño. Lo prometo.
El chico bajó el arco lo justo para que Abbie pudiera volver a respirar. No dio ni un paso atrás. Tampoco retiró la flecha, como si todavía no tuviera claro si debía confiar en ella.
La puerta se abrió a su espalda con un chirrido de bisagras mal engrasadas.
Abbie, aún con las manos levantadas, se giró despacio.
Allí estaba su salvadora: una niña de entre diez y doce años, menuda, de piel oscura y con unas trenzas finas que le caían hasta los hombros.
La observaba con una seriedad que desentonaba en alguien de su edad.
No sonreía. Tampoco parecía asustada. Solo curiosa.
Como si aquella situación no tuviera nada de especial.
—Eres muy guapa, Abbie —dijo.
—Y tú eres un ángel —dijo, con la voz aún temblorosa—. ¿Cómo te llamas?
—Keisha Chambers.
—Es un nombre precioso. Ni te imaginas lo que me alegro de conocerte, Keisha.
La niña sonrió por primera vez. Abbie le devolvió la sonrisa.
—Vuelve dentro —le ordenó su hermano.
—Déjame en paz, Marcus —le contestó ella, airada. Keisha se agachó y recogió la bolsa de las medicinas—. ¿Te las ha dado mi madre?
Abbie asintió y cogió aire, preparándose para lo que venía después.
—¿Dónde está? —quiso saber la niña.
Abbie ya había anticipado la pregunta. Incluso había ensayado una respuesta en su cabeza durante el camino, pero una cosa era engañar a una niña y otra muy distinta hacerlo con un adolescente.
Keisha podría contentarse con alguna explicación sencilla, pero Marcus, en cambio, no se la iba a tragar ni de coña.
Aun así, Abbie sostuvo la voz lo más firme que pudo:
—Ha tenido que quedarse en el pueblo —dijo con una sonrisa para la niña—. Mañana llega un barco con comida al puerto y quería ser la primera de la fila. Me pidió que os dijera que buscaseis a Grizz. Y que os quiere mucho —añadió casi en un susurro.
Keisha sonrió y asintió, conforme. Cruzó la mirada durante un segundo con Marcus. No sonreía. Tampoco asentía. Solo la miraba con gravedad.
—Trae el coche aquí detrás —le ordenó, bajando el arco por completo—. Es mejor que nadie lo vea.
Abbie hizo lo que le pidió. Maniobró con el todoterreno hasta la parte trasera, donde el edificio lo ocultaba de cualquiera que pasara por la carretera.
Keisha había vuelto al interior. Marcus abrió la puerta del copiloto y tomó asiento antes siquiera de que le diera tiempo a apagar el motor.
Ya no llevaba el arco, pero empuñaba un cuchillo de caza.
Su mirada recorrió el interior y quedó fija en la escopeta.
—No es lo que piensas, Marcus. No pretendo haceros daño. Creo que no podría ni aunque quisiera —dijo, con la mirada fija en el filo del cuchillo.
—¿Qué le ha pasado a mi madre? —preguntó, a bocajarro—. Nada de mentiras esta vez.
Abbie bajó la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada. Negó varias veces.
—Lo siento mucho —dijo, compungida—. Quise ayudarla, pero no pude hacer nada por ella. Solo traer esa bolsa.
El muchacho no dijo nada durante unos segundos. Respiró hondo y apretó la mandíbula, conteniendo algo que no quería mostrar delante de aquella desconocida.
—¿Qué pasó?
Marcus no pudo disimular la congoja en su voz.
—Tuvo un accidente cuando intentaba escapar de tres tipos. Quedó atrapada, con una pierna rota. Acabó con dos, pero el tercero…
—Entiendo —dijo, bajando la mirada y los hombros.
—Si te sirve de consuelo, no creo que ese flacucho del demonio vuelva a masticar como es debido. No me preguntes cómo, pero le he atravesado la boca con uno de estos —dijo, señalando los dos destornilladores que aún le quedaban.
Marcus alzó la cabeza y tensó el cuello.
—¿Qué flacucho? ¿Dwayne Dillinger?
Abbie se encogió de hombros.
—No le pregunté el nombre. Era alto y muy delgado. Y feo —añadió—, como un espantapájaros.
—Dwayne —masculló—. Tenemos que irnos de aquí.
—¿Qué ocurre? —preguntó, desconcertada.
—Desde que estalló la infección, los Dillinger controlan el pueblo y sus alrededores. Si has herido a uno de ellos, no van a parar hasta encontrarte.
Abbie sintió un nudo en la garganta y maldijo su suerte en silencio. Miró el salpicadero. La luz de la reserva se empeñaba en recordarle que no iría muy lejos si no conseguía combustible.
—Si tenéis gasolina, puedo alejaros de aquí. Llevaros donde viva ese tal Grizz.
Marcus negó con la cabeza.
—No nos queda ni una gota y la única gasolinera en millas a la redonda está en el pueblo. Nosotros podemos ir a pie —le explicó—. Grizz vive en el bosque profundo.