CAPÍTULO 14
Los sacaron a punta de machete, maniatados con bridas.
Jason tropezó en los últimos peldaños, con la cabeza pesada por la falta de agua y comida.
Un tirón en la espalda lo devolvió a la vertical.
Al salir al exterior, el aire puro le arañó y le bendijo los pulmones al mismo tiempo.
Era mediodía y el sol calentaba con fuerza.
Tras casi dos días seguidos sumido en la oscuridad hedionda de los calabozos, aquello le supo a vida, a pesar de que tenía la certeza de ir directo hacia un matadero.
Les hicieron cruzar por la plaza de los ahorcados.
Jason la había visto desde la distancia, pero caminar entre aquellos patíbulos improvisados era muy distinto.
Cadáveres hinchados, enjambres de moscas, lenguas amoratadas asomando de bocas abiertas, ojos vidriosos picoteados por los pájaros…
Pero lo peor era el olor a putrefacción.
Se le metía por la garganta y le revolvía las tripas.
Se obligó a bajar la mirada, pero podía ver los pies balanceándose, los charcos de fluidos debajo de los cuerpos en descomposición.
¿Qué clase de personas eran capaces de hacer aquello?
¿En las manos de qué degenerados habían caído?
Preston terminó por derrumbarse. Se dobló por la cintura y vomitó bilis, incapaz de mantenerse en pie. Los guardias lo levantaron a golpes y lo obligaron a seguir.
—Aguanta —le susurró Jason.
Preston ni siquiera pareció oírlo.
Cody avanzaba con la cabeza gacha y los ojos casi cerrados, repitiendo una y otra vez el lema de su familia en voz baja.
Su destino esperaba al otro lado de la explanada.
Era un edificio de dos plantas de ladrillo marrón.
Sobre la puerta de doble hoja, un letrero que lo identificaba como «Centro Cívico».
El nombre resultaba poco menos que grotesco.
Fueron guiados por un pasillo estrecho. Tras una de las puertas, Jason alcanzó a escuchar gemidos y sollozos, acompañados de un golpeteo húmedo y cadencioso.
A su mente vino la imagen de la chica que habían subido pocos minutos antes que a ellos.
Era apenas una cría. No tendría más de dieciséis.
Sintió una punzada de asco en el estómago, pero siguió andando. No podía hacer nada por ella.
Acabaron en una sala grande y diáfana. Los guardias les cortaron las bridas antes de empujarlos al interior.
Lo primero que llamó su atención fueron los rastros de sangre sobre el suelo.
Por todos lados había manchas oscuras y espesas, marcas de arrastre y restos de sustancias cuya naturaleza Jason no quiso ni imaginar.
Les hicieron arrodillarse ante un estrado improvisado hecho con palés de madera.
Sobre él, tres sillones de cuero negro y reluciente desafinaban entre tanta barbarie.
Dos de ellos estaban ocupados. En uno se sentaba el tal Derrick, el mismo bulldog que se había asomado a la caja de la furgoneta a su llegada al pueblo.
Mal encarado, sucio, con la mirada turbia fijada en ellos.
A sus pies descansaba el hacha de carnicero más grande que hubiera visto jamás.
El mango medía casi un metro, el filo estaba mellado y oxidado y la enorme cabeza metálica parecía hecha para aplastar más que para cortar.
Jason tragó saliva. Aquel era el verdugo.
Si Derrick era la viva imagen de la brutalidad, el hombre que ocupaba el sillón central lo era de la astucia, del peligro camuflado bajo una sonrisa cansada.
Sus ojos verdes se movían con calma, estudiándolos uno a uno, tomándose su tiempo para evaluar la mercancía.
Llevaba las sienes rapadas, el pelo rubio peinado hacia atrás y una perilla gruesa y cuadrada, a juego con la mandíbula.
Era delgado, pero fibroso, y los tatuajes que le cubrían los brazos y el cuello se perdían bajo la ropa.
Aquel debía de ser Deacon. El que impartía justicia en aquel lugar.
El líder de aquel ejército de andrajosos.
Bajó del estrado de un salto. Comenzó a pasearse frente a ellos. Una, dos, tres veces. Se detuvo frente a Preston.
—Tú —dijo, en tono autoritario—. ¿Cuál es tu nombre?
—Pres… ton —respondió entre sollozos.
—Tendrás apellido, Preston.
—Sta… Staple… ton.
—Muy bien, Preston Stapleton. Dime, ¿qué puedes ofrecerle a Redneck Nation?
—Mi pa… mi pa… dre… tiene… dinero. Mucho. Puede… darte mucho dinero. Lo que quieras.
Jason cerró los ojos. No estaba seguro, pero tuvo la sensación de que acababa de condenarse.
Deacon lanzó una carcajada.
—No te he preguntado qué puede ofrecerme tu padre, sino qué puedes ofrecer tú. Y, por lo que veo, no es gran cosa. ¿Dónde vivía tu padre?
—Los… Ángeles.
—La zona cero —dijo Deacon—. A estas alturas, ya habrá sido devorado o andará por ahí gritando y buscando algún cuello que morder mientras se pudre bajo el sol de California. Todo el dinero que pudiera tener ya no vale para nada.
Jason sintió un escalofrío. Palo Alto, su hogar, se encontraba en el corazón de la bahía de San Francisco. Como había supuesto, la costa oeste había sido la puerta de entrada de la infección. ¿Seguirían con vida o habrían corrido la misma suerte que acababa de describir Deacon?
—Te daré otra oportunidad, Preston Stapleton: ¿qué puedes ofrecerle a este nuevo y maravilloso mundo?
Preston gimió, lloró y balbuceó, pero de su boca no salió nada que tuviera el más mínimo sentido.
—Déjame ver tus manos —le pidió Deacon.
El prisionero obedeció y las alzó con las palmas hacia arriba.
—Lo que me imaginaba. Manos tiernas… —dejó la frase en el aire.
—…¡carne fresca para el hacha! —exclamaron al unísono los tres guardias a sus espaldas.
Derrick bajó del estrado. El chirrido del metal oxidado al arañar el suelo le heló la sangre. Nadie habló. Nadie respiró. El verdugo se colocó delante de Preston y alzó el hacha con las dos manos. El silencio se espesó durante un segundo.
—¡Por favor, no! —gritó Jason.
El tajo cayó, violento y preciso, mortal de necesidad.
El cráneo reventó en un crujido seco y Preston se derrumbó hacia adelante.
Su cuerpo se convulsionó hasta tres veces antes de quedarse quieto por completo.
Jason tragó bilis y apartó la mirada. Cody parecía en shock, con los ojos abiertos de par en par y la respiración jadeante, entrecortada.
—¡En el nuevo mundo todo se paga con trabajo o con sangre! —proclamó Deacon deteniéndose ante Jason—. Tú, ¿con qué vas a pagar? ¿Con trabajo… o con sangre?
—Era… Soy cocinero, señor —dijo con un hilo de voz.
Deacon le estudió con la mirada. Parecía evaluar si le había dicho la verdad o estaba intentando salir del paso.
—Dime qué sabes hacer.
Jason tragó saliva. Una palabra equivocada y compartiría destino con Preston. Había llegado el momento de vender sus virtudes como nunca antes lo había hecho.
—Sé hacer de todo, señor. Pan, guisos, carne, pescado, arroz… Lo que quieras. Le sacaré provecho a todo lo que tengáis. He trabajado en restaurantes. Puedo darle de comer a muchos con muy poco. Sé conservar comida, curarla y ahumarla. Sé despellejar animales, despiezarlos…
—Está bien —dijo Deacon entre risas—. Parece que nos ha tocado la lotería contigo, Cocinero. ¿Por qué no dejas que sean tus manos las que hablen por ti?
Jason suspiró y levantó las manos. Deacon se tomó su tiempo para examinarlas. Le apretó en las palmas, en las falanges, palpando los callos bajo la piel y tanteando cortes curados.
—Manos trabajadas… —dijo al fin.
—…¡cabeza salvada! —rieron los guardias.
Jason se permitió un segundo de alivio. Aún no había llegado su hora. Era el turno de Cody. Volvió la vista hacia él. Seguía sin reaccionar a la muerte de Preston. Tenía la mirada perdida, el pecho subiendo y bajando a sacudidas. Jason sabía lo que Deacon encontraría cuando le pidiera las manos.
—Ojos Azules… —comenzó a decir Deacon—. Tienes toda la pinta de no haber hecho ni sombra en toda tu vida. ¿Me equivoco?
Cody no respondió. Permaneció con la cabeza gacha y los labios apretados, temblando como un perro apaleado. Deacon desenvainó un cuchillo de caza y paseó la punta por su mejilla izquierda, acariciando los arañazos que le había hecho Kim unas noches atrás.
—¿Qué pasa, Ojos Azules? ¿No quieres hablarme? No pasa nada. Tus manos me dirán todo lo que necesito saber sobre ti.
Cody se llevó las manos a la espalda. Una sonrisa satisfecha asomó a los labios de Deacon.
—Además de inútil, eres un cobarde. Seguro que tú y Preston Stapleton teníais mucho en común. Perfecto. Ahora, tendréis una cosa más…
—Es mi ayudante —se escuchó decir Jason. No soportaba a Cody, pero le había salvado la vida en el campamento. Se lo debía. Al menos tenía que intentarlo. —Aún no he podido enseñarle demasiado, pero aprenderá con el tiempo. Por ahora puede acarrear agua y cortar leña. Tiene brazos fuertes.
—¿Brazos fuertes? —Deacon tanteó los bíceps de Cody—. No es lo mismo unos brazos grandes que unos brazos fuertes. ¿Qué crees tú, Cocinero?
Deacon solo alargaba la agonía y parecía disfrutar haciéndolo. Jason ya sabía que aquello no iba a acabar bien para Cody, pero aun así decidió seguir adelante.
—No lo sé, señor. Lo mío no es la fuerza bruta.
Deacon soltó una carcajada.
—Me caes bien, Cocinero. Te propongo un trato —dijo—. Si Ojos Azules consigue noquearme de un golpe, los dos seréis libres de marcharos. Si no, los dos le dais de comer al hacha de mi hermano. ¿Qué me dices?
Jason se maldijo. Había intentado salvar a Cody y acababa de condenarse con él.
—Yo no quería…
—¡Pues haberlo pensado antes de intentar venderme este pedazo de mierda! —gritó Deacon, furioso—. ¡Vamos, Ojos Azules! ¡Levántate y muéstrame qué sabes hacer! ¡Gánate la libertad!
Por no levantar, Cody no levantó ni la mirada del suelo.
Deacon hizo un gesto y dos de los guardias se encargaron de incorporarlo.
La bofetada de Deacon restalló como un latigazo.
Cody levantó la mirada por primera vez. Tenía los ojos enrojecidos, la mandíbula tensa y los puños apretados.
Lanzó un rugido y descargó todo lo que le quedaba sobre el mentón de Deacon.
El impacto resonó en la sala.
Jason contuvo la respiración. Aquel puñetazo habría tumbado a cualquiera, pero Deacon lo encajó con la entereza de un muro de hormigón.
Escupió un hilillo de sangre, sonrió con una calma diabólica y devolvió el golpe.
Fue un movimiento rápido y seco. Brutal.
Cody se desplomó, escupiendo trozos de muelas ensangrentadas.
Dio con sus huesos en el suelo y permaneció allí, entre lamentos ahogados, incapaz de volver a incorporarse.
—¡Hacha! —gritó Deacon, eufórico.
—¡Hacha! —corearon al unísono sus esbirros.
Derrick ya empuñaba el arma cuando las puertas de la sala se abrieron de par en par. Jason se giró. El hombre que acababa de entrar era un manojo de nervios.
—¿Qué ocurre? —le preguntó Deacon.
—El camión que mandaste ayer al campamento ha contactado —respondió el recién llegado entre jadeos—. Han encontrado muertos a los Cutter.
A Deacon le cambió el gesto. Derrick dejó caer el hacha al suelo.
—¿Dónde está Dwayne? —preguntó el líder, alarmado—. ¿Dónde está mi hermano?
—Lo traen hacia aquí. Parece que está mal herido.
—¡Joder! —tronó Derrick—. ¿Qué coño ha pasado?
—No lo sabemos. Han dicho algo de una rubia con cara de loca.
Jason se tensó al escuchar aquellas palabras. ¿Acaso era posible?
—Llevad al doctor a la clínica y que se prepare —ordenó Deacon, perdiendo todo interés en Jason y Cody—. Vamos, Derrick.
—¿Qué hacemos con estos dos? —le preguntaron los guardias.
Deacon se paró en seco y clavó sus ojos verdes sobre Jason.
—Que se laven un poco y los lleven a las cocinas. A partir de ahora, te hago responsable de Ojos Azules. Si no da la talla, tú mueres, Cocinero.