La reina en el bosque CAPÍTULO 13 #3
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CAPÍTULO 13 #3

El tipo sonrió. Aquella mueca torcida le revolvió el estómago mucho antes de que se inclinara sobre ella.

Un aliento agrio le golpeó la cara. Abbie apartó el rostro por puro reflejo, pero él la sujetó por la barbilla y le pasó la lengua desde el mentón hasta la frente.

Cerró los ojos, asqueada por aquella viscosidad caliente y apestosa.

Las manos huesudas no tardaron en bajar hasta sus pechos.

Se revolvió, pataleó e incluso intentó morderle, pero todos sus esfuerzos fueron inútiles.

Al final logró subirle la camiseta. Aquel hijo de puta iba a por todas.

Intentó deshacerse de la última barrera.

El sostén no cedió. Maldijo. Tiró una vez.

Después otra, cada vez más irritado. En su empeño por quitárselo, aflojó la presión.

Abbie aprovechó ese instante para liberar un brazo.

Tanteó a ciegas junto a su cintura hasta que sus dedos encontraron el mango de uno de los destornilladores.

Lo agarró con todas sus fuerzas, cerró los ojos y lanzó el brazo a ciegas.

El flacucho soltó un alarido que pareció desgarrar el bosque.

La presión sobre su cuerpo desapareció de golpe.

Abbie abrió los ojos. El hombre retrocedía a trompicones, con las manos pegadas a la cara.

Entre los dedos asomaba el mango. La sangre le resbalaba por la barbilla y le empapaba la camiseta.

Balbuceaba algo incomprensible, incapaz de articular una sola palabra.

Cayó de culo junto a un árbol y empezó a patalear, preso de un dolor que parecía insoportable.

Solo entonces Abbie comprendió dónde había clavado el destornillador.

Se quedó allí tumbada el tiempo suficiente para comprender que seguía viva. Después volvió a vestirse y se lanzó a por la escopeta. La encontró entre la hojarasca y la agarró con ambas manos. Aún estaba caliente. Se dio la vuelta.

El flacucho seguía retorciéndose al pie del árbol. Intentaba arrancarse el destornillador de la cara, pero cada vez que lo tocaba una nueva ola de dolor le sacudía el cuerpo. La sangre manaba a borbotones de la boca, le bajaba por los brazos y empapaba la tierra.

Abbie levantó la escopeta. Los cañones apuntaron al pecho del hombre. Solo tenía que apretar el gatillo.

No pudo hacerlo.

Los brazos le temblaban tanto que apenas era capaz de mantener el arma quieta. Un espasmo le recorrió el estómago. Sintió que iba a vomitar.

—No intentes seguirme —consiguió decir con la voz rota—. Me quedo con tu escopeta.

Retrocedió sin dejar de apuntarle.

—Tú… puedes quedarte con el destornillador.

Recuperó su bolsa y se acercó al vehículo accidentado.

Aquel mal nacido no había fallado el tiro.

Tenía que alejarse de allí, pero el lugar del que le había hablado la mujer estaba a cuarenta millas.

Demasiado lejos para llegar antes de que la noche le cayese encima.

Otra noche en el aeródromo no era una opción y no conocía ningún otro refugio.

Fue entonces cuando reparó en el ronroneo que llegaba desde uno de los todoterrenos.

«Al fin un poco de suerte».

Nunca se había sacado el carnet de conducir, pero aquello no significaba que no supiera conducir.

Un par de novios del instituto le habían enseñado todo ese rollo de las marchas y los pedales antes de pasar al asiento trasero, aunque hacía años que no practicaba.

Dejó la bolsa y la escopeta descargada en el sitio del copiloto y se puso al volante. Embrague, primera y…

El motor se caló.

—Mierda —susurró.

Miró al flacucho. Seguía en el suelo, donde lo había dejado.

Por un instante creyó que había muerto, pero entonces volvió a llevarse las manos a la cara.

Seguía respirando. ¿Y si se rehacía y salía tras ella?

Echó un vistazo al otro todoterreno. Seguía allí.

Esperando conductor. Corrió hasta él, abrió la puerta y respiró aliviada al ver las llaves colgando del contacto.

Las arrancó de un tirón y se las guardó en el bolsillo.

En el asiento del copiloto había una caja de cartuchos de escopeta.

También se la llevó antes de regresar a toda prisa a su vehículo.

Volvió a arrancar el motor. Esta vez consiguió poner el todoterreno en marcha. Metió segunda, tercera, cuarta. No se atrevió con la quinta. La carretera temblaba bajo las ruedas y el bosque se convertía en un borrón. No tardó en llegar a la altura de la pulponeta.

No redujo la marcha. Apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos y mantuvo la vista fija en la carretera. El vehículo quedó atrás. Con el estómago encogido, tuvo la amarga sensación de que también se estaba alejando de Jason.

Minutos después, un bulto apareció en el horizonte: el camión de mudanzas de la noche anterior. Avanzaba en sentido contrario. Al verla, le lanzaron las largas varias veces. Abbie dudó un instante. Si eran amigos del flacucho, quizá hubieran reconocido el vehículo. Les devolvió el gesto.

El camión se echó a la derecha y frenó. Abbie metió quinta, pisó el acelerador a fondo y dejó que el todoterreno devorase la carretera al mismo ritmo que la adrenalina hacía lo propio con ella.

Al pasar junto a ellos, les dedicó una sonrisa que hasta a ella misma se le antojó desquiciada y les enseñó con rabia el dedo corazón.

La cara de idiotas que se les quedó fue el único premio que necesitó.