CAPÍTULO 13 #2
La conductora seguía consciente. Era una mujer negra, de unos treinta y tantos, con el cabello recogido en trenzas apretadas.
Respiraba con dificultad y se mordía el labio inferior en un claro gesto de dolor.
A través de la ventanilla del copiloto, Abbie observó que su pierna derecha estaba doblada en un ángulo imposible.
—¿Quién coño eres tú? —le preguntó entre jadeos al percatarse de su presencia.
Al principio no reparó en ella. Fue el temblor de la mano que la sostenía lo que llamó su atención. La mujer le apuntaba con una pistola. Levantó las manos de forma instintiva, hasta la altura de los hombros.
—Soy Abbie —respondió, más por costumbre que por convencimiento.
—¿Estás con ellos?
—Estoy sola —acertó a decir—. Solo quería ayudar.
La mujer bajó el arma y tomó aire un par de veces.
—Acércate, Abbie. Ya vienen. Tenemos poco tiempo.
Abbie obedeció.
—Ábrela —le ordenó, señalando con la barbilla una bolsa de lona en el asiento del copiloto.
Dentro había latas de comida, agua embotellada y varios frascos de plástico blanco con etiquetas médicas.
—Escucha bien lo que te voy a decir, Abbie —dijo, con el gesto contraído por el dolor—.
La vida de mi hija depende… de ti. Coge esas medicinas.
Llévalas a la antigua tienda de caza. Está en esta misma carretera, en dirección opuesta al pueblo.
A unas… cuarenta millas. La reconocerás por…
—La mujer tomó aire. Parecía a punto de perder el conocimiento— el rótulo del venado.
Dile a Marcus que busque a Grizz. Él les ayudará. La contraseña es «tapioca». Repite.
—Tapioca —obedeció Abbie.
—¿Lo has entendido todo?
—Medicamentos. Venado. Grizz. Tapioca —recitó Abbie, desconcertada.
La mujer asintió, algo más aliviada. Abbie cogió los frascos y los metió en su propia bolsa.
—Diles que les quiero —dijo, entre lágrimas—. Ahora vete, por favor. Déjame aquí. No pueden verte.
Abbie estaba a años luz de comprender qué demonios estaba ocurriendo allí.
—Pero… ¿quién no puede verme?
La respuesta llegó en forma de motores revolucionados al máximo. La mujer abrió mucho los ojos, horrorizada.
—¡Ya llegan! ¡Corre! —le gritó, desesperada—. ¡Escóndete!
Abbie no titubeó aquella vez. Se alejó del coche lo más rápido que pudo, buscando con la mirada algún sitio donde ocultarse. Terminó agazapada tras el mismo tronco en el que se había cubierto unos minutos antes, con la bolsa apretada contra el pecho, intentando hacer el menor ruido posible.
Los vehículos se detuvieron con un chirrido de neumáticos que le erizó el vello de la nuca.
Procurando no exponerse demasiado, asomó la cabeza para intentar ver qué ocurría.
Reconoció dos de los todoterrenos blancos que los chicos habían alquilado para el campamento.
De uno de ellos bajaron dos tipos que parecían haber salido del mismo molde.
Petos vaqueros, gorra de béisbol, barba descuidada y roña al por mayor.
Del otro se apeó un joven espigado y tan flacucho que daba la sensación de poder romperse en dos a cada paso.
Era como una mantis religiosa con vaqueros y camiseta de tercera mano.
Los tres iban armados con escopetas. A Abbie no le costó imaginar uno de esos cañones destrozándole la espalda de la chica que había encontrado unas horas antes en el bosque.
—¡Aquí está! —dijo uno.
—Eso ya lo veo, idiota —dijo el flaco—. Comprobad si sigue viva. Yo miraré atrás.
Mientras el delgaducho luchaba con el portón del maletero, los otros dos se acercaron a la puerta del conductor. No hubo gritos ni palabras de advertencia. Solo dos disparos. Secos, letales. Arma corta. Los “gemelos” cayeron al suelo como abatidos por sendos rayos.
El tipo flacucho reaccionó agachándose detrás del maletero. Miró hacia su propio vehículo, como si sopesara huir, pero enseguida descartó la idea. Rodeó el coche en cuclillas por el lado del copiloto, metió la boca de la escopeta en el habitáculo y abrió fuego.
A Abbie se le escapó un grito ahogado. Se ocultó tras el tronco, tapándose la boca con una mano, furiosa consigo misma.
Durante unos segundos solo escuchó el eco de la detonación, pero de pronto la hojarasca crujió.
Una vez, dos, tres. Cada vez más cerca. Si no hacía algo, terminaría por descubrirla.
Miró a todos lados, pero no había escapatoria posible.
Abbie reaccionó antes de darse cuenta de lo que hacía.
Se quitó la bolsa del hombro de un tirón y echó a correr hacia el bosque.
A su espalda sonó un insulto y, acto seguido, el flacucho se lanzó tras ella.
No miró hacia atrás. No quería saber la distancia que los separaba.
Solo siguió avanzando, esquivando los árboles como podía.
El suelo no paraba de cambiar bajo sus pies y le obligaba a rectificar el paso.
Las botas parecían pesar más a cada zancada que daba.
Tropezó y el suelo salió a su encuentro.
El golpe le arrancó el aire de los pulmones.
Apenas tuvo tiempo de darse la vuelta cuando el flacucho se abalanzó sobre ella.
Aún empuñaba la escopeta, pero la tiró a un lado.
Con las dos manos libres y el peso de su cuerpo, a aquel desgraciado no le costó mucho inmovilizarla.