CAPÍTULO 13
La noche en el hangar fue una enemiga en sí misma.
Abbie no recordaba haber estado nunca tan agotada y tan despierta a la vez.
Se tumbaba en el catre, el sueño la vencía y apenas unos segundos después, cualquier crujido en las chapas oxidadas la hacía saltar con el corazón luchando por salir de su pecho.
El viento arremetía contra las paredes, como un animal rabioso abriéndose paso hasta ella.
Cada ráfaga arrancaba un escalofrío de su cuerpo.
Intentaba convencerse de que estaba a salvo, de que allí dentro no había nadie más que ella, pero el cerebro seguía fabricando ruidos que no existían: pasos, respiraciones, arañazos.
No encendió el generador. Demasiado ruido. El camión de mudanzas tenía prevista su vuelta para el mediodía siguiente, pero con la radio apagada era imposible saber si había más merodeadores por la zona. Tenía que minimizar riesgos. Un solo descuido podía salirle muy caro.
Apenas habría dormido un par de horas en total, a golpe de cabezadas cortas.
Se puso en marcha cuando el amanecer aún era una promesa en el horizonte.
Ni quería ni podía permanecer demasiado tiempo allí.
Incluso desayunó sobre la marcha unas galletitas rellenas de chocolate.
El objetivo estaba claro: Côte Sauvage. Por pequeño que fuese el pueblo, allí tendría que quedar algo: un ayudante del sheriff, alguna patrulla militar, cualquier resto de civilización.
No soportaba la idea de seguir siendo un fantasma sin rumbo en un mundo que se desmoronaba por momentos.
Salió a la carretera y puso rumbo al este.
El viento procedía de aquella dirección, cargado de humedad y un aroma mineral, aunque a veces percibía un toque agrio, como de cenizas lejanas.
A pesar de que le hubiera resultado más cómodo y rápido, desechó avanzar por el asfalto.
Lo hizo por el bosque, dejando tres o cuatro filas de árboles entre ella y la carretera, aunque se aseguraba de tenerla siempre a la vista.
Cada vez que escuchaba un rumor, se detenía en seco.
El miedo era un resorte automático: agacharse, contener la respiración y esperar.
La amenaza más temida era el camión que había visto la noche anterior, el que tenía que regresar por esa misma ruta en algún momento de la mañana. Pero no podía descartar alguna más.
Avanzó durante algo más de una hora, siempre atenta a cualquier ruido que pudiera asemejarse al de un motor.
El paisaje no ofrecía nada. Desde donde caminaba, la carretera parecía un trazo gris muerto, sin señales de tránsito humano.
Fue entonces cuando distinguió algo en la lejanía: una mancha clara, un bulto inmóvil junto a la cuneta contraria.
Al principio no logró identificar si se trataba de algún tipo de estructura baja o de un vehículo aparcado.
Apretó el paso, azuzada por la curiosidad. La reconoció cuando estuvo a unos cincuenta metros. La pintura blanca, sucia. El morado desvaído del dibujo en un lateral. La sonrisa enternecedora de Mr. Tako-San.
La pulponeta.
El corazón le dio un vuelco. Corrió hasta alcanzar la altura del vehículo y se acercó a la carretera con cautela, escondiéndose tras cada tronco, atenta a cualquier movimiento.
Aquello podía ser una trampa. El capó estaba abierto, al igual que las puertas traseras.
No se veía a nadie en el interior de la cabina.
Aguzó el oído. Nada. Ni voces, ni pasos, ni motores.
Solo el rumor monótono del bosque: ramas agitadas por el viento, un pájaro despistado que alzaba el vuelo, el crujido lejano de la maleza.
Decidió exponerse a la carretera. Cruzó el asfalto despacio, mirando de un lado a otro, convencida de que algo iba a moverse en cualquier instante. El silencio era tan profundo que hasta sus propios pasos parecían delatarla.
Rodeó la furgoneta. Del motor emanaba un olor espeso, mezcla de aceite quemado y grasa. Se asomó a la cabina. Vacía. La guantera colgaba abierta. Había una carpeta dentro. La abrió y descubrió el título de propiedad del vehículo.
—Jason Takao Vega —leyó.
Abbie arqueó una ceja.
«Con ese nombre seguro que no fuiste el más popular del colegio».
—¿Dónde estás? —susurró.
Entró en la parte trasera. El desorden reinaba allá donde mirase.
Ropa arrugada en el suelo, enseres tirados por todos lados.
Impropio de Jason. O mucho se equivocaba o alguien la había registrado de arriba abajo.
Echó un vistazo por si encontraba algo que pudiera servirle: comida, agua o el juego de cuchillos al que tanto cariño le tenía, el que le había regalado su abuelo.
Nada. Solo encontró el futón que habían compartido hacía apenas tres noches.
Podía hacer las veces de saco de dormir, pero incluso enrollado era demasiado pesado y voluminoso como para llevarlo encima.
Lo descartó y volvió de nuevo al exterior.
Fue entonces cuando algo llamó su atención. De la furgoneta nacía un reguero de manchas negras y brillantes que dejaba adivinar los últimos momentos de la pulponeta. No le hizo falta tocarlas para saber de qué se trataba. Aceite de motor.
Pero había algo más.
Unos pocos pasos más allá, el pavimento mostraba otras huellas: manchas opacas, irregulares, sin la continuidad del aceite.
No brillaban; parecían costras secas, agrietadas.
Abbie se arrodilló y rozó con la yema de los dedos.
Se desprendieron en escamas pardas. Era sangre.
El estómago se le encogió. El aceite contaba la historia de un motor herido.
La sangre contaba otra muy distinta. La de un cuerpo. La de una persona.
Se incorporó despacio, siguiendo con la vista la trayectoria de aquellas gotas dispersas. El rastro se apartaba del reguero de aceite y se desviaba hacia la cuneta, hasta perderse en la maleza del bosque.
Dudó un instante. Todo su instinto gritaba que siguiera adelante, que no mirase, que lo dejase allí. Pero sus pies se movieron solos. Dejó la cuneta, apartó las ramas y se internó en la espesura. El aire cambió: un olor dulzón y ácido se le metió en la garganta. Lo reconoció de inmediato.
—No seas tú, por favor —dijo con un hilo de voz.
El cuerpo yacía boca abajo, medio oculto por la hojarasca. Los pies aún calzaban unas chancletas baratas, con las tiras de goma rotas. La escena era una pesadilla: el disparo a bocajarro había reducido gran parte de la espalda a un amasijo sanguinolento de ropa hecha jirones, carne y hueso.
Abbie se quedó paralizada. El zumbido de las moscas lo llenaba todo.
Gordas, verdes, entrando y saliendo de las cavidades de la herida.
Tragó saliva, luchando contra las arcadas.
Se obligó a acercarse un poco más y le dio la vuelta con cuidado, empujándola por el hombro.
El rostro apareció ladeado, con la piel cenicienta y los ojos vidriosos.
La reconoció al instante. Una de las chicas del campamento.
Su cama no estaba lejos de la que ocupaba Abbie.
Solía llorar al acabar cada turno, convencida de que nadie la oía.
Retrocedió a trompicones, entre lágrimas y espasmos de náusea. No sabía quién ni por qué, pero alguien la había cazado como a un animal.
«¿Qué coño le había pasado al mundo en aquellas dos semanas?»
Se obligó a calmarse. Se enjugó las lágrimas, respiró hondo varias veces y volvió sobre sus pasos hasta la carretera.
No podía hacer nada por aquella pobre desgraciada.
Ni siquiera darle un entierro digno. Solo le quedaba avanzar, poner distancia.
Si se quedaba allí, algo le decía que acabaría corriendo la misma suerte que ella.
El bosque la acompañó con su murmullo sordo mientras caminaba.
Paso tras paso, el recuerdo del cuerpo seguía persiguiéndola, aunque acabó apartándolo de su cabeza.
Ya tenía bastante con preocuparse por ella misma.
Pasado el mediodía, la carretera le habló por fin: un cartel oxidado junto al arcén.
El fondo estaba descolorido, pero las letras aún eran legibles: Côte Sauvage – 10 millas.
Había completado más de la mitad del camino.
Si apretaba el paso, llegaría antes del anochecer.
Decidió tomarse un descanso y abrir un par de latas de peras en almíbar.
Aún le quedaba bastante comida, aunque el agua empezaba a escasear.
Tendría que racionarla bien durante la tarde y rezar porque quedara alguna tienda abierta en su destino.
Su ánimo subió al mismo tiempo que lo hacía su nivel de glucosa en sangre. Decidió retomar el camino antes de que algún animal curioso apareciera atraído por el olor. Apenas había avanzado unas yardas cuando creyó escuchar algo procedente del este. Delante de ella.
Primero fue un rumor, como el de un trueno lejano. Abbie se detuvo en seco. El sonido creció en cuestión de segundos hasta convertirse en un ronquido irregular, cada vez más cercano. Se pegó al suelo, oculta tras un tronco caído, el corazón golpeándole en las costillas. Era un motor.
El ruido siguió ganando en intensidad hasta estallar en un rugido desesperado.
Un coche marrón apareció a lo lejos, tambaleándose de un carril a otro.
Siguió acercándose hasta el punto de que Abbie distinguió el parabrisas resquebrajado y varias abolladuras.
Parecía fuera de control y, aun así, el conductor no levantaba el pie del acelerador.
—Frena, coño, frena… —susurró Abbie, con todo el cuerpo en tensión.
El vehículo zigzagueó unos metros más, rebotó contra el quitamiedos y acabó estampándose contra un pino enorme. El impacto resonó con un chasquido seco, seguido del siseo del radiador al reventar. El motor jadeó como un animal moribundo antes de apagarse del todo.
Abbie dudó. El instinto le pedía dar media vuelta y desaparecer, pero por segunda vez aquel día lo desoyó por completo. Se acercó con cautela, rodeando el morro destrozado.