CAPÍTULO 12
Recordaba la lona áspera rozándole la cara, el traqueteo de la camioneta sacudiéndoles los huesos y ese olor agrio a sudor, gasolina y miedo que parecía incrustado en el aire.
Viajó tumbado, con las manos atadas a la espalda, sintiendo cada bache como un mazazo que recorría todo su cuerpo.
A su lado, Esperanza y Faith gemían y sollozaban bajo las mordazas, ambas envueltas en la misma penumbra sofocante, ambas con la mirada aterrorizada.
El trayecto fue un suplicio. No vio nada durante todo el viaje, salvo algunos resquicios de cielo filtrándose por las costuras de la lona.
Al tiempo, el aire cambió. Más pegajoso, más sucio.
Captó el hedor acre del caucho ardiendo, basura en descomposición, grasa quemada…
El rumor de voces, ladridos y motores llegó después, como un murmullo lejano que no prometía nada bueno.
La camioneta redujo la marcha y se detuvo de golpe. El silencio que siguió duró apenas un parpadeo.
—¡Carne fresca, Derrick!.
Jason reconoció la voz. Era Dwayne, el tipo flacucho.
—A ver qué tenemos aquí —dijo otra voz mucho más grave, más contundente.
Los broches de la lona cedieron con un chasquido.
La tela se levantó de golpe y la luz de la tarde entró como un puñal al rojo vivo.
Entornó los ojos, cegado. Desde su posición, vio asomarse el perfil huesudo de Dwayne, gorra de béisbol calada, mandíbula torcida en esa media sonrisa que tanta grima le daba.
A su lado apareció otro hombre. Era unos años mayor.
También rubio, pero mucho más bajo y ancho de hombros, con una barriga dura que se marcaba bajo una camiseta de hombrillos mugrienta.
Tenía la cara salpicada de grasa reseca, los dientes amarillos y unos ojos de sapo que se encendieron al posarse sobre las chicas.
El tal Derrick sonrió, señalando con la barbilla a Esperanza.
No dijo palabra ni falta que le hizo. Dwayne asintió.
Uno de sus esbirros saltó a la caja mientras otro abría la puertezuela.
Agarraron a Esperanza de los tobillos y la sacaron a rastras, como si fuese un saco de cereal.
Faith cerró los ojos con fuerza, como si así pudiera evitar verla desaparecer.
El golpe seco de la lona cerrándose de nuevo los devolvió a una penumbra rojiza, como si el mundo estuviera ardiendo al otro lado.
El motor cobró vida de nuevo. Escuchaba la rodada sobre el asfalto resquebrajado, gritos lejanos que no llegaba a entender, ladridos de perros que se iban quedando atrás.
El vehículo encadenó una serie de giros bruscos.
El aire se cargó de humo y el olor a goma quemada se intensificó.
Cerró los ojos, tragando la arcada que le subía desde el estómago.
Cuando por fin la camioneta se detuvo, la lona volvió a descorrerse.
Esta vez los obligaron a incorporarse a punta de escopeta.
Con la vista aún nublada, alcanzó a ver la calle: coches volcados, fachadas con las ventanas y puertas arrancadas de cuajo, tiendas saqueadas, escaparates que solo mostraban cristales rotos.
Una bicicleta infantil que parecía haber sido atropellada por un camión yacía en medio de la calle.
Los grafitis en las paredes no daban lugar a malentendidos: « NACIÓN REDNECK», «ESTADOS UNIDOS HA MUERTO», «MUERTE A LOS MILITARES». Letras pintadas a toda prisa, torcidas, escritas sobre cualquier superficie. Estaban por todas partes.
Sus ojos dieron con una explanada sembrada de árboles gruesos que en algún momento debió de ser una plaza.
Aquella gente la había convertido en un patíbulo: decenas de cadáveres colgaban de ramas y farolas, balanceándose con el viento.
Uno de los cuerpos vestía camisa caqui y pantalones con galones.
Quizá el sheriff o uno de sus ayudantes.
Tanto daba. El mensaje era el mismo: las viejas leyes habían muerto.
Bajó la vista, pero ya era tarde. Aquella imagen le acompañaría el resto de su vida.
Fueron guiados hasta la entrada de un edificio de ladrillo de una sola planta.
Un rótulo colgaba torcido sobre la puerta: oficina del departamento del sheriff.
Algo le decía que allí ya no iba a encontrar ley y orden nunca más.
Vio a dos hombres armados hasta lo absurdo: rifle a la espalda, revólver a la derecha, machete a la izquierda.
Otro, con aspecto de haberse bebido un barril de whisky, parecía muy ocupado en entender cómo funcionaba una vieja centralita de comunicaciones.
Los condujeron hasta unas escaleras que descendían a un sótano del que emanaba un hedor nauseabundo: orina, heces, vómitos.
Estuvo a punto de aportar su granito de arena a aquella peste, pero llevaba demasiado tiempo sin comer nada.
Abajo les esperaban cuatro celdas abarrotadas de gente.
Todas las caras se giraron en su dirección.
Algunas le resultaron desconocidas. Otras las había visto muchas veces durante las últimas dos semanas.
Jason contemplaba su segundo amanecer encerrado tras aquellos barrotes.
Apenas un resplandor grisáceo se filtraba a través del ventanuco enrejado de la celda.
Dos amaneceres cautivo, cada uno más desesperanzador que el anterior.
Durante las primeras horas llegó a pensar que todo aquello era una pesadilla de la que despertaría en cualquier momento.
Ahora sabía que no. Aquel horror era tan real como la certeza de que nadie iba a venir a rescatarles.
No les habían dado nada de comida. Agua sí.
Les bajaban un par de cubos llenos dos veces al día y todos se turnaban para beber a sorbos torpes y ansiosos.
La sed le raspaba la garganta como papel de lija.
El estómago no paraba de protestar con gruñidos sordos que ganaban en intensidad a cada hora.
El calor del sótano hacía el resto: un aire viciado y pegajoso que parecía haber sido respirado un millón de veces antes de llegar a sus pulmones.
Jason no estaba mejor que los demás, aunque se esforzaba por aparentarlo.
Le dolía hasta el último músculo de su cuerpo y la inanición comenzaba a hacer mella en sus fuerzas.
Aun así, intentaba mantener la cabeza erguida, no hundirse en aquel pozo de miseria.
No lo hacía por orgullo. Más bien se trataba de no ceder del todo, de no entregarle a aquella jauría lo que querían.
Pero empezaba a comprender que, tarde o temprano, su resistencia acabaría por quebrarse.
Frente a su celda estaban las chicas. No solo las del campamento, también otras que no había visto en su vida.
Supuso que eran vecinas del pueblo o pobres incautas que habían elegido el peor momento y el peor lugar para veranear a orillas del Superior.
La inmensa mayoría parecía estar entre los veinte y los cuarenta años, pero las había más jóvenes, apenas adolescentes.
Se pasaban el día encogidas contra las paredes o unas contra otras, intentando cubrir su desnudez en vano.
El miedo lo impregnaba todo. A cada poco, la puerta se abría, bajaba uno de esos hijos de puta con cara de perro sarnoso, señalaba a una o dos y se las llevaban a la fuerza.
El silencio posterior siempre era peor que los gritos.
Pasadas unas horas, eran devueltas arrastrando los pies, la mirada y el alma, como muñecas rotas.
Jason se obligaba a apartar los ojos, pero los sollozos hacían imposible fingir que aquello no estaba ocurriendo.
Compartía celda con Preston y Cody, entre otros muchos desgraciados.
El primero había dejado de ser el príncipe arrogante que pronunciaba su apellido como si fuera un título nobiliario.
Ahora era apenas un guiñapo humano. Había pasado la última noche encogido en un rincón, balbuceando palabras inconexas, hasta que la voz se le quebró y terminó llorando como un niño.
El pelo engominado era ahora un amasijo sudado, pegado a la frente.
La camisa de lino, antes impoluta, estaba manchada de vómito y de sangre.
El brillo de soberbia que siempre había iluminado sus ojos se había apagado.
En su lugar solo quedaba un miedo feroz.
Cody resistía algo mejor, pero su voluntad empezaba a resquebrajarse. Pasaba largos ratos sentado en cuclillas, repitiendo una y otra vez la misma frase en latín:
— Fortuna favet fortibus… Fortuna favet fortibus…
Jason conocía el significado: la fortuna favorece a los valientes. El viejo lema de los Vanderbilt. Era cuanto sabía al respecto. Nunca había entendido por qué una familia tan rica necesitaba recordarse algo así.
Cuando no estaba recitando, se levantaba y golpeaba los barrotes con los puños, gritando insultos contra sus captores, contra los demás prisioneros, contra cualquiera que no fuese él mismo.
Al final siempre acababa igual: sudando, temblando, con la respiración entrecortada y los ojos desorbitados.
Jason lo observaba de reojo, convencido de que en cualquier momento terminaría rompiéndose del todo.
En aquel sótano, el tiempo no se medía por relojes ni por horas.
Se medía por los pasos en la escalera. Cuando resonaban, todos contenían la respiración.
Aquella mañana bajaron tres hombres armados.
Rifles de caza colgados a la espalda, machetes brillando al cinto.
Uno de ellos mascaba tabaco con tal ansia que escupía marrón casi a cada paso que daba.
—¡Hoy comienza la justicia! —tronó el de más edad con voz cavernosa.
Los prisioneros se miraron entre sí, incrédulos.
¿Justicia? ¿Allí? La palabra sonaba como una broma macabra.
Los captores comenzaron a señalar al azar.
Siempre de tres en tres. Todo hombres. Al fin y al cabo, las chicas iban con un billete pagado entre las piernas, tal y como le había dicho Dwayne.
Los sacaban de las celdas a punta de machete y los empujaban escaleras arriba.
Rara vez regresaba más de uno. Muchas veces volvían solos, en busca de otros tres.
Jason contó al menos diez tandas a lo largo de la mañana. Aquello era justicia rápida. Demasiado rápida para ser justicia. Tras una pausa más larga que todas las anteriores, el eco de los pasos volvió a resonar en la escalera.
—Esa hija de puta ha conseguido escapar con algunos de nuestros suministros —escuchó decir a uno de ellos—. Dwayne y los Cutter han salido en su busca.
—No me gustaría estar en la piel de esa zorra cuando le den caza.
—Vosotros tres —dijo el tercero, apuntándoles con la punta de su machete—. Deacon os está esperando. No le hagáis esperar.
Jason, Preston y Cody intercambiaron una mirada muda. Había llegado la hora de enfrentarse a la justicia.