CAPÍTULO 11 #2
De repente, cayó en la cuenta de algo. Entre los síntomas estaba la falsa mejoría.
Recordó su propia fiebre al despertar en la cama de Cody.
¿Y si ella había entrado ya en esa fase?
El pánico llegó sin avisar. Se olió las axilas con urgencia.
Nada que una buena ducha y un poco de desodorante no pudieran arreglar, pero ni rastro de amoniaco.
Se miró los brazos. La piel parecía normal, aunque la luz de la linterna no era la mejor para juzgar el color.
Se obligó a serenarse, consciente de lo ridícula que debía parecer en aquel momento: una stripper en un hangar olisqueándose los sobacos como una lunática. Todo un cuadro.
—Cálmate, Abbie —se dijo—. Solo era la resaca de tu vida.
El mensaje comenzó de nuevo, pero Abbie ya había tenido suficiente.
Volvió a girar el dial. Se negaba a pensar que todo el mundo se había reducido a un simple comunicado militar.
Tenía que haber alguien más. Tras un buen rato, dio con una señal prometedora.
Afinó la búsqueda hasta que el altavoz escupió una voz distorsionada.
Sonaba cercana, mucho más que la anterior.
—…Dwayne trajo otras tres… están buenísimas… como las otras… y un cocine… llitos de primavera… con tan… prisione… celdas a reventar, colega… Deacon… los juicios mañana… ¿cómo os…?
Abbie se quedó rígida. ¿Cocinero? ¿Rollitos de primavera? ¡Jason! ¿Prisioneros? ¿Celdas? ¿Juicios? ¿Qué coño significaba todo aquello?
—Ya estamos en el motel —respondió otra voz, más nítida, sin interferencias—. Deacon cree que los machacas del Tío Sam pueden estar al llegar. Yo creo que no van a llegar tan al norte, pero si se asoman por aquí, los recibiremos como se merecen.
—Aquí Transporte Uno a Base —dijo una tercera voz. Sonó tan cercana que Abbie casi se cayó de la silla—. ¿Me recibes?
—Aquí… Te recibo…
—Estamos a punto de entrar en el bosque. Nos vamos a quedar sin radio pronto.
—Recibido, Transpor… Dicen que… mucha comida… y priva de la buena… dos infectados… haber nadie más… Traed todo lo que…
—Recibido. Volveremos mañana al mediodía. Llegando al aeródromo. Cierro.
«¿Llegando al aeródromo?»
—¡Mierda! —gritó Abbie.
Apagó la radio y la luz de la oficina. Tenía que esconderse en algún lado o terminaría por convertirse en otra de esas prisioneras. Pensó en meterse en la habitación del catre, pero era lo más parecido a una ratonera posible. Escuchó su respiración, agitada, frenética y, de fondo…
—¡Mierda!
El generador bramaba como una bestia en celo que delataba su presencia.
Tenía que llegar hasta el cobertizo y apagarlo.
Se lanzó a la carrera. Afuera, aún no era noche cerrada.
Alcanzó el exterior a tiempo de ver cómo unos faros bordeaban los últimos árboles que les separaban del acceso al aeródromo.
Avanzó con zancadas cortas, pegada a la pared para exponerse lo mínimo posible.
Giró la esquina y se abalanzó sobre el maldito aparato.
Recorrió la máquina con la mirada hasta dar con el botón de apagado.
Lo pulsó y… nada. Aquel trasto siguió rugiendo como si la cosa no fuera con él.
Al borde del pánico, Abbie lo pulsó varias veces más. Nada. Nada.
—Puta mierda de trasto —susurró.
Entonces la vio. Una pequeña manivela. Junto a ella, unas letras grabadas en el metal: Open.
Closed. La válvula del combustible. La cerró y el generador se ahogó entre lamentos roncos hasta morir definitivamente.
A Abbie no le hizo falta asomarse para saber que el vehículo había entrado en el claro.
La luz de los faros barría la pista convirtiendo la penumbra en día.
Si intentaba volver al hangar, la descubrirían.
Encogida sobre sí misma, retrocedió hasta la primera fila de árboles, procurando mantenerse lo más lejos posible de los recién llegados.
Acabó por esconderse tras un matorral grande y tupido.
Desde aquella posición, Abbie podía ver el vehículo.
Era un camión de caja mediana, como de mudanzas.
Llevaba algo escrito en un lateral, pero el sol y el tiempo lo habían borrado casi por completo.
Se detuvo a las puertas del hangar y dos hombres de aspecto sucio se apearon de su interior.
Uno se agachó junto al maletín destrozado.
—¿Qué es esto? —preguntó.
Abbie reconoció su voz. Era el que acababa de hablar por la radio.
—Ni puta idea —contestó el otro—. Pero está hecho mierda.
—¿Nos lo llevamos?
El otro no contestó. Se limitó a encogerse de hombros y apuntar con su linterna el interior del hangar. A Abbie le dio un vuelco el estómago. Se había dejado la linterna sobre la mesa, junto a la radio. Además…
—La has cagado bien, Abbie —susurró.
La bolsa. La había dejado en la habitación del fondo, sobre el catre.
Si entraban y la veían, comenzarían a buscarla.
Solo de pensarlo, Abbie sintió un escalofrío.
Estaba extenuada, al borde de sus fuerzas.
Si tenía que hacer frente a una cacería nocturna, en un lugar que no conocía y sin provisiones, estaba bien jodida.
Se mordió el labio inferior, cruzó los dedos y contuvo la respiración. Se descubrió a sí misma empuñando con fuerza uno de los destornilladores que colgaban de su cintura.
—Echa un vistazo por detrás —dijo uno de los hombres—. Yo miraré dentro.
«Mierda.»
Abbie miró hacia atrás. Solo bosque, centenares de árboles. Muchos lugares donde esconderse, pero ninguno al que huir. Acabarían dando con ella si ponían un poco de empeño.
Por suerte, el hombre que rodeaba el hangar se contentó con asomarse desde la esquina. De haber llegado al cobertizo y tocado el generador aún caliente, hubiera sido su perdición. Había dejado demasiadas pistas de su presencia. El desconocido regresó sobre sus pasos y apagó la linterna.
—¡Aquí no hay nada! —gritó—. Vámonos de aquí antes de que anochezca.
El otro hombre salió del hangar unos segundos después. Abbie respiró aliviada. No llevaba nada en las manos. Ambos montaron en el camión, dieron la vuelta en la pista y se alejaron en dirección al campamento.
Abbie tardó varios minutos en regresar a terreno despejado. Había estado cerca. Demasiado. De ahora en adelante, tendría que extremar las precauciones. Al parecer, aquella extraña enfermedad había cambiado las reglas del juego y ella aún no tenía muy claro cómo se jugaba.