La reina en el bosque CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Jason había definido el bosque como “alarde de la naturaleza”.

No era que se hubiera quedado corto. Más bien había resumido lo infinito a una frase de folleto turístico.

Lo más parecido a llamar “charco” a un océano.

Al menos tenía el camino. Poco más que el surco de una arruga en el rostro de aquel coloso verde, pero suficiente para tener la certeza de que llevaba a alguna parte.

El olor a tierra húmeda y a hojarasca lo ocupaba todo.

El calor y la humedad atrapada la hacían sudar a mares.

El cansancio empezaba a cernirse sobre ella como un enemigo silencioso.

Le obligaba a pensar en detenerse, en sentarse un rato bajo un árbol y cerrar los ojos, pero dormirse era regalarse al bosque.

Sentía las piernas pesadas, los pies ardiendo y una punzada en la zona lumbar que la obligaba a parar un segundo y enderezarse. Pero seguía avanzando. Tozuda.

Cada tanto, el eco de algún pájaro o el crujido de un arbusto le hacía girarse de golpe, convencida de que algo o alguien la acechaba.

Nada. Siempre nada. Y sin embargo, la sensación de estar siendo observada era demasiado real como para ignorarla.

Pero lo peor no eran los ruidos, sino los silencios.

Cuando todo callaba de golpe, como si el bosque mismo contuviera la respiración, entonces la paranoia ganaba la partida y le hacía acelerar el paso mientras miraba hacia todos lados.

Al caer la tarde, cuando el cielo comenzaba a teñirse de cobre, la espesura se tomó un respiro. La distancia entre árboles empezó a ser mayor. No tardó en llegar a un claro inmenso: un rectángulo alargado de tierra apisonada, como si a Dios se le hubiese ido la mano con una maquinilla de pelar.

Una pista, un aeródromo.

Bastó un segundo para que los recuerdos regresaran en estampida: los antifaces apretados contra la piel, el traqueteo brusco del aterrizaje, la mano de Kim aferrada a la suya, Cody explorando su cuerpo por primera vez.

Todo volvió de golpe, como una bofetada, dejándole claro que aquel era el mismo lugar donde había comenzado todo.

Un viejo hangar de paredes oxidadas se alzaba en un lateral de la pista, casi al fondo. Más allá creyó distinguir un claro demasiado recto para ser natural. Si allí había una carretera, no estaba tan aislada como había pensado en un principio. Suspiró aliviada.

El sitio parecía abandonado. De hecho, las puertas del hangar estaban abiertas de par en par.

No había rastro de aviones ni de movimiento humano.

Solo algunos bidones metálicos, una estantería oxidada y un viejo banco de trabajo.

Al fondo se adivinaba una puerta. Antes de entrar, algo captó su atención.

Un maletín metálico hecho trizas. Lo reconoció de inmediato: el teléfono por satélite que había visto en la enfermería, cuando Thomas había intentado contactar sin éxito con hospitales y emergencias.

Estaba destrozado, como si alguien lo hubiese estampado contra el suelo una y otra vez hasta reducirlo a un amasijo inútil.

Las bisagras colgaban torcidas, los botones hundidos, la antena partida en dos.

Abbie lo mantuvo en las manos durante unos segundos.

No le costó imaginar la escena. Los chicos del campamento habían intentado ponerse en contacto con los pilotos para que les sacaran de allí por el aire.

Al no conseguirlo, y como buenos niñatos incapaces de gestionar la frustración, reventaron el aparato contra el suelo antes de seguir camino por tierra.

Dentro del hangar, la penumbra olía a óxido y a polvo viejo.

Vio algunas herramientas extrañas y oxidadas sobre la estantería.

Nada útil. Tornillos, tuercas, recambios metálicos que no reconocía.

Encontró una linterna de plástico amarilla.

Contra todo pronóstico, seguía funcionando. Sonrió sin ganas. Una pequeña victoria.

Avanzó hasta la puerta. Daba acceso a una oficina minúscula.

Apenas una silla plegable, un archivador metálico y una mesa estrecha sobre la que descansaba una radio de aspecto profesional.

Accionó el interruptor. La bombilla solitaria que colgaba del techo no se dio por aludida.

Otra puerta le permitió adentrarse más en la estructura prefabricada.

Descubrió una especie de dormitorio equipado con un catre de lona y una taquilla abollada.

Un mamparo sin puerta lo separaba de un lavabo y un inodoro que no habían visto el agua corriente en años.

Abbie se descolgó la bolsa —gesto que todo su cuerpo aplaudió— y la dejó caer sobre el catre.

La lona aún seguía tensa. No era el Ritz, pero al menos tenía un sitio donde pasar la noche bajo techo.

De pronto, se sintió desfallecer. No había parado de caminar en todo el día.

Había comido sobre la marcha. Media docena de galletas danesas de mantequilla y algunos tragos de agua.

Debía de tener los niveles de azúcar por los suelos.

Buscó en el interior de la mochila y se decidió por una lata de ventresca de atún de importación y unas cerezas al marrasquino que los chicos solían echar a los cócteles.

Aquella cena improvisada fue como si le insuflaran vida.

Volvió a la oficina. Buscó el interruptor de encendido de la radio.

Nada. Y sin embargo, allí estaba. Tenía que haber alguna manera de resucitarla.

Siguió con la mirada el cable de la bombilla.

Cruzaba la habitación del catre antes de perderse en la parte trasera del hangar.

Rodeó el edificio. Encontró un pequeño cobertizo hecho con chapas corroídas.

Dentro, un generador viejo y sucio acumulaba polvo, como si llevara semanas o meses sin usarse. Aún tenía un poco de combustible.

Le llevó varios intentos. La primera vez el motor tosió y murió al instante.

La segunda, ni siquiera amagó con arrancar.

Abbie maldijo en voz baja, bombeó el cebador con insistencia y volvió a tirar de la cuerda.

En aquella ocasión, el generador respondió con un rugido que casi le hizo caer de culo.

No habría rincón del bosque en el que no se escuchara aquel estruendo ensordecedor.

Por un instante, una imagen se materializó en su mente: la de sí misma con un cartel de neón encima que decía «Plato principal del día».

Regresó a la carrera. El panel de la radio se había iluminado con una luz verdosa. Los altavoces escupían estática sin parar. Se dejó caer sobre la silla y agarró el micrófono, animada por primera vez en todo el día.

—¡Mierda! —gritó con rabia al ver los cables cortados.

Aquel trasto no le iba a comunicar con nadie, pero al menos podría escuchar.

Abbie empezó a girar el dial. Despacio, procurando no saltarse ninguna frecuencia.

Al principio solo encontró nieve. Después más nieve, algún chasquido que otro y un silbido agudo.

Por último, dio con mucha más nieve. Entonces, de repente, una voz humana irrumpió entre las interferencias.

— «…oficial del Ejército de los Estados Unidos de América. Se han confirmado brotes de infección en el área de Minnesota…»

Abbie dio un respingo en la silla. Aquella voz metálica empezó a recitar síntomas con la misma emoción con la que alguien leería la lista de la compra: febrícula, temblores, vómitos, diarrea, piel amarillenta, olor amoniacal... Eran los mismos síntomas que había tenido Kim.

— «…irritabilidad o cambios repentinos de humor justo antes de sucumbir a la enfermedad».

Abbie recordó de golpe la escena del baño, las risas de las demás, su propia voz participando en aquella humillación.

«No era ella, estúpida. Era la enfermedad».

—«… haga todo lo que esté en su mano para no poner en riesgo a otras personas».

Todas las piezas encajaron de golpe y la realidad le cayó encima como un peso insoportable.

Aquella debía ser la enfermedad que había asolado el sudeste asiático durante las últimas semanas, la misma que el vicepresidente había jurado que nunca pisaría Estados Unidos.

«Putos políticos». Pero si había llegado hasta allí, oculta en una chica de Minneapolis, significaba que ya llevaba campando a sus anchas por el país bastante más tiempo.

Si a todo eso le sumaba que llevaba dos semanas enteras desconectada del mundo exterior, el resultado era…

—Mierda —susurró.

«Corinne».

Abbie se estremeció al recordar a su amiga.

Fue la única que le sonrió al entrar al vestuario del Velvet, cuando aún era la nueva y todas las demás la miraban como competencia.

La única que le abrió la puerta de su casa cuando no tenía dónde pasar la noche.

La única que se plantaba delante de los clientes con las manos demasiado largas.

Corinne era la única que había hecho de aquel infierno un lugar un poco menos hostil.

No podía estar muerta. Se negó siquiera a imaginarlo. Se convenció de que había alcanzado uno de esos puntos seguros de los que hablaba el mensaje militar. Sí, tenía que haberlo hecho. Si alguien encontraba la manera de salir de aquella mierda, esa era Corinne.

Escuchó por segunda vez el mensaje, por si se le había escapado algo importante.

Nada. Necesitaba llegar a las afueras de Minneapolis, pero antes debía ubicarse.

Côte Sauvage. El pueblecito del folleto estaba a orillas del Superior.

Por allí pasaba la 61, que bajaba hasta Duluth y enlazaba con la interestatal hacia la ciudad.

Primero tendría que encontrar un coche. Pero antes de nada, alcanzar el pueblo.

Ese era el siguiente paso. Nada de adelantar acontecimientos.