La reina en el bosque CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

La recordó mientras masticaba el último trozo.

Kim. La imagen le llegó de golpe, tan vívida que casi la vio allí mismo, recostada en la camilla, con el cabello húmedo y los labios resecos.

Thomas le había asegurado que la llevarían al hospital aquella misma mañana.

Sin embargo, algo había cambiado en las últimas horas.

Aún no sabía de qué se trataba, pero si había sido lo bastante grave como para dejar atrás a una de las chicas, también podía haber dejado atrás a dos.

Apartó la lata vacía y se bajó de la encimera.

Tenía que comprobarlo.

El atardecer daba sus últimos coletazos cuando rodeó el edificio principal.

A los pocos pasos algo oscuro llamó su atención sobre la gravilla.

Al principio pensó que era barro, pero enseguida recordó que no había llovido desde que llegaron al campamento.

Frunció el ceño y se acercó un poco más.

Parecía sangre. Y en bastante cantidad. Un rastro conducía directamente hasta la puerta de la enfermería.

Aceleró el paso. El silencio seguía siendo absoluto.

Solo el zumbido constante de los generadores se atrevía a romperlo.

Un crujido bajo la bota la hizo detenerse.

Bajó la vista. Cristales. Decenas de fragmentos desperdigados sobre la gravilla.

Miró hacia la puerta. Las cristaleras estaban reventadas hacia afuera, como si algo o alguien hubiera intentado atravesarla.

Abrió la puerta con la respiración contenida.

Aquello le daba muy mala espina. Lo primero que vio fue un enorme charco oscuro sobre el suelo.

Sangre. Muchísima. Un segundo después, el hedor la golpeó de lleno.

Se llevó una mano a la boca, pero ya era demasiado tarde.

El estómago volvió a revolvérsele. Solo una cosa podía oler así: la muerte.

Entonces lo vio.

Thomas yacía sobre la cama más cercana a la puerta.

La camiseta de Stanford estaba empapada en sangre.

Su antebrazo derecho estaba destrozado, como si la carne hubiera sido desgarrada por el mordisco de algún animal.

Solo entonces se fijó en la cara. Los ojos abiertos.

Los dientes expuestos. Y un agujero de bala, casi en el centro de la frente.

Apartó la vista. Lo que encontró al otro lado de la habitación era mucho peor.

Kim ocupaba la cama del fondo, inmóvil, con la piel amarillenta y los ojos abiertos de par en par.

El corazón dejó de latirle. Tenía dos agujeros de bala en la frente y otro en la sien izquierda.

La boca permanecía entreabierta, manchada de sangre coagulada, como si… Volvió a mirar el antebrazo de Thomas.

El aire se tornó agrio, irrespirable. Retrocedió a trompicones hasta salir al exterior.

La puerta de la enfermería se cerró a su espalda con un chirrido seco.

Presa de fuertes arcadas, se dobló sobre sí misma hasta vomitar la cena.

Permaneció unos segundos apoyada contra la pared, mareada.

No quería volver a mirar hacia la enfermería. Solo alejarse de allí. Cuanto antes.

Miró a su alrededor, buscando una salida.

Durante un instante pensó en echar a correr entre los árboles y no detenerse nunca.

Pero el sol ya se escondía. Allí dentro no había farolas, carteles indicativos ni nadie que pudiera encontrarla si se perdía.

Solo bosque. Correr no era escapar. Era desaparecer.

Cruzó el campamento casi a ciegas, sin detenerse, con el corazón golpeándole las costillas.

No volvió a mirar hacia el edificio principal.

Regresó al lago y eligió la cabaña más alejada.

Empujó la puerta con violencia y entró. Buscó el interruptor a tientas.

Una silla. Un escritorio. Un armario. Todo el mobiliario acabó contra la puerta y las ventanas.

Se dejó caer en una esquina, jadeante, con la espalda contra la pared y las rodillas recogidas contra el pecho. Quiso llorar. No lo consiguió. El miedo no dejaba sitio para nada más. Permaneció así durante horas, conteniendo la respiración cada vez que le parecía oír algo al otro lado de la puerta.

La noche resultó eterna. El ronquido lejano de los generadores se convirtió en su única compañía, en el hilo que la mantenía anclada a la realidad.

Cuando por fin la luz del amanecer se filtró por las rendijas, Abbie entendió que no podía permanecer allí.

Tenía que irse, dejar atrás aquel lugar maldito.

No tenía mapa, pero sí un camino que seguir y el recuerdo de un folleto promocional de un pequeño pueblo junto al Lago Superior. A unas treinta millas al este.

Con eso tendría que valer.

Su bolsa seguía en la cabaña de Cody. Volcó el contenido sobre la cama sin pensarlo demasiado.

Separó la ropa limpia de la sucia y fue tirando a un rincón todo lo que recordaba haber usado.

Se quedó con lo imprescindible: dos camisetas, una sudadera, un par de pantalones, algunas braguitas y calcetines.

También metió una pequeña manta limpia. El resto lo dejó allí.

Evitando en todo momento mirar hacia la enfermería, se echó la correa al hombro. Tenía que pensar de forma racional, no dejarse arrastrar por el pánico. Si se iba a adentrar a pie en el bosque, necesitaría provisiones y algo que le sirviera para defenderse llegado el caso.

Entró en la cocina y llenó la bolsa de comida enlatada, agua embotellada y algunos suministros del botiquín.

Por más que buscó allí, lo más parecido que encontró a un arma fue una cacerola.

Jason se había llevado sus cuchillos y los de la cubertería eran de punta redondeada.

Regresó al cobertizo. Dentro olía a gasolina y a aceite de motor.

Además de los dos generadores, los depósitos de combustible y una máquina gigante que parecía encargarse del agua corriente, había bidones metálicos y latas por todos lados.

Encontró lo que andaba buscando sobre un banco de trabajo cubierto de polvo.

Al parecer, el contratista que estaba llevando a cabo la reforma de aquel lugar había dejado allí algunas herramientas para cuando llegara la hora de volver.

Martillos para gigantes, mazas que pesaban más que ella misma, un hacha descomunal.

Todo demasiado pesado y muy poco práctico.

Solo encontró algo que pudiera sujetar durante más de cinco segundos: tres destornilladores de punta plana.

Lo bastante largos y gruesos como para hacer algo de daño.

No imponían demasiado, pero no pensaba cargar con un mazo durante todo el día.

También encontró un viejo cinturón de herramientas que se ciñó a la cintura.

Se colgó los destornilladores y salió de allí.

Lo tenía todo. O eso creía. Un poco de ropa, algo parecido a un arma, comida suficiente para unos cuantos días.

Apenas había dado unos pasos cuando resbaló sobre la grava del sendero.

Llevaba las Converse. Ideales para ir al cine y zamparse una hamburguesa después, pero adentrarse en un bosque interminable con aquel calzado era poco menos que un suicidio.

No había traído nada mejor. Solo tacones, sandalias y unas chancletas de plástico que no la llevarían muy lejos.

Sintió un nudo de rabia en el estómago. Todo lo que llevaba encima servía para escapar, excepto lo que calzaba.

Entonces recordó las botas de Kim. Las había visto muchas veces bajo su cama en el barracón: pesadas, curtidas, con los cordones enrollados en espiral.

Volvió sobre sus pasos. El barracón seguía tan silencioso como la última vez.

Avanzó entre las camas desordenadas hasta llegar al rincón de Kim.

Las botas continuaban allí. Soltó un suspiro de alivio casi sin darse cuenta.

Al meter los pies en las botas comprendió enseguida la diferencia.

El cuero le sujetaba los tobillos con firmeza.

Le quedaban casi perfectas, quizá medio número grandes, pero podría caminar sin problemas.

Dio algunos pasos de prueba por el barracón. Asintió para sí.

Ahora sí.

—Que mis pasos sean también los tuyos —murmuró mientras anudaba los cordones.

El campamento, con sus cabañas desiertas y su silencio enfermizo, fue quedando atrás.

Delante solo quedaban el camino y el bosque.

No sabía adónde la llevarían. Ni siquiera sabía si conseguiría salir de allí con vida.

Pero había algo de lo que ya no le cabía ninguna duda.

La mujer que abandonaba aquel campamento no era la misma que había llegado unos días antes.