La reina en el bosque CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Despertó con la lengua pegada al paladar y un regusto amargo, como si hubiera mascado un trozo de madera seca empapada en vinagre.

La boca y la garganta ardían de sed. El cuerpo, de fiebre.

Un sudor frío y pegajoso empapaba las sábanas.

Un zumbido en la cabeza, como el de una sirena, iba y venía a su antojo.

A ratos sonaba lejana, a ratos más cerca, a ratos tan dentro que parecía pasarle el cerebro por una licuadora.

El dolor llegó un poco después. Fue una punzada sorda, exacta, entre los muslos. El aire comenzó a tomar forma a su alrededor, saturado por el inconfundible olor a sexo. La almohada, en cambio, aún olía a perfume masculino. Dulzón. Caro.

Cody.

Tardó en reconocer su propio cuerpo desnudo, como si fuese un traje que se había puesto por primera vez.

Respiró hondo varias veces, intentando contener las náuseas mientras el techo seguía girando como el tambor de una puta lavadora.

Al cabo de unos segundos consiguió sentarse en la cama.

Algo blando, de color negro, resbaló hasta su regazo.

Estaba húmedo. Lo tanteó con las manos: tela, suave, algodón.

«¿Qué mierda es esto?» Lo giró y se quedó mirándolo varios segundos, incapaz de comprender nada.

Jason. Su puta bandana.

—No me jodas —escupió con la voz rota—. ¿Qué coño haces tú aquí?

La dejó a un lado. No estaba para misterios. El primer fogonazo de la noche anterior llegó como una descarga eléctrica. Sin avisar, sin piedad. Cody. Desnudo de cintura para arriba, sonriéndole de aquella manera y sosteniendo…

Los dos cheques.

La mirada se le fue de inmediato hacia la mesita.

Las pruebas de su excursión a la más infame inmundicia moral seguían allí.

La firma de Cody no solo era legible; era dominante.

A su alrededor, desperdigados, encontró los restos del naufragio.

Un vaso volcado, una botella de bourbon en las últimas, otra de Amaretto di Saronno casi entera y un espejo de mano manchado de blanco.

Recordó el escozor agudo en la nariz, el regusto químico bajando por la garganta, la euforia recorriendo su cuerpo.

«¿Pero qué coño hiciste anoche?»

Luchó contra su cuerpo hasta quedar sentada en el borde de la cama. La visión se le nubló durante unos instantes. Tuvo que reprimir una nueva arcada mientras su cerebro y su estómago se acostumbraban a la verticalidad.

«Una hora. Solo te pido eso.»

La frase le atravesó la cabeza como una flecha untada en veneno. «Una hora. Ni un minuto más», había contestado ella. De pie, en el porche. Antes del bourbon. Antes de la cocaína.

Antes de cualquier excusa.

Las náuseas regresaron con fuerzas renovadas.

Trastabilló hasta el baño y se desplomó sobre el inodoro.

Bilis y pedazos de nada. Convulsiones secas que la sacudían como a una muñeca de trapo.

Se dejó caer sobre el suelo. El frío de las baldosas le reportó cierto alivio.

Escaló hasta el lavabo. El agua le sabía a óxido, pero descendía por su garganta como un bálsamo.

«No te besaría ni por todo el dinero del mundo.»

Aquellas palabras seguían ahí, nítidas, intactas.

Todo lo demás, en cambio, aparecía roto.

Recordaba la sonrisa de Cody deshaciéndose poco a poco, un olor dulzón que le revolvía el estómago, el techo girando sobre su cabeza, una mano fuerte sobre su espalda.

Después, nada. Por más que intentaba ir un poco más allá, los recuerdos se deshacían antes de llegar a tomar forma.

Se metió en la ducha y abrió el grifo. Su cuerpo se estremeció como un edificio antes de derrumbarse sobre sí mismo. Piel de gallina, temblores, lágrimas que se mezclaban con el agua. La temperatura comenzaba a bajar, pero los remordimientos seguían ardiendo en su interior.

Se secó todo el cuerpo con rabia, como si al intentar arrancarse la piel pudiera desprenderse también de aquella noche. Terminó arrojando la toalla al suelo. No importaba cuánto se lavara. El olor, el asco y la culpa seguían allí.

Le costó dar con las braguitas, como si la cabaña estuviera conspirando para recordarle su humillación. Se vistió con movimientos torpes. Recuperó la bandana. Sin saber muy bien qué hacer con ella, se la ató en la muñeca derecha.

Los cheques seguían sobre la mesita.

Cogió primero el que correspondía al trabajo que había aceptado en Minneapolis.

Lo dobló y se lo guardó en el bolsillo casi sin mirarlo.

Después tomó el de Cody. Sintió un nudo en el estómago con solo sentir el tacto del papel.

Lo rompió por la mitad. Después volvió a romper las dos mitades y dejó caer los pedazos sobre la cama.

—Ni por todo el dinero del mundo —repitió antes de salir de la habitación.

Afuera, el sol ya empezaba a esconderse. La luz tenía ese color cobrizo que anunciaba el final de la tarde. Había dormido casi todo el día. Le costó aceptar que el mundo hubiera seguido adelante mientras ella había estado tirada en aquella cama.

Echó a andar con las piernas todavía temblorosas. Cada pisada crujía sobre la grava con una fuerza que le resultaba insoportable. Fue entonces cuando cayó en la cuenta. El campamento estaba en silencio. Ni gritos, ni risas, ni música de fondo.

Nada.

Abbie miró a su alrededor, desconcertada. En las cabañas no se veía ni un alma. A través de las puertas abiertas se adivinaba el desorden: camas deshechas, sábanas arrugadas, ropa desperdigada.

Nadie.

Abbie miró a lo lejos. El aparcamiento estaba vacío.

No quedaba ni uno de los todoterreno de alquiler.

Tampoco vio la pulponeta por ningún lado.

Tanta ausencia terminó por alarmarla. Entraba dentro de lo normal que Jason hubiera decidido marcharse tras haberle dado plantón anoche.

Sin embargo, nada explicaba la desaparición de todos los demás vehículos.

¿Habrían dado por finalizada la fiesta y se habrían olvidado de ella?

Avanzó por el sendero principal. Tuvo que esquivar varias maletas tiradas por el suelo.

Todo indicaba urgencia, como si hubieran tenido que irse de forma precipitada.

A medida que avanzaba, el silencio se volvía más pesado, más extraño, como si hasta los pájaros hubieran decidido marcharse.

Ni siquiera el viento se atrevía a atravesar los pinos.

Solo el ronroneo constante de los generadores, tozudo, casi obsceno en medio de toda aquella quietud, mantenía la ilusión de que el mundo seguía funcionando.

Entró al barracón de las chicas. El aire era una mezcla de perfumes de imitación y sudor; el olor de las chicas al regresar de madrugada, muertas de sueño, con los tacones en la mano y la mirada derrotada.

Dentro, todo seguía tan revuelto como siempre.

Sábanas en espiral, almohadas por los suelos, prendas de ropa desperdigadas por todas partes.

Y, sin embargo, algo no terminaba de encajar en aquel caos.

Hubiera pasado desapercibido para cualquier otra persona, pero no para alguien que había compartido vida con ellas durante casi dos semanas.

Abbie se adentró en el barracón, despacio, como si temiese despertar a alguna compañera que apuraba sus horas de descanso.

La escena se repetía una y otra vez. Las maletas y bolsas de equipaje, siempre guardadas y cerradas bajo las camas, ahora estaban fuera de sitio, como si alguien las hubiera arrastrado a toda prisa sin tiempo para colocarlas de nuevo.

Ese detalle le apretó el estómago. No era descuido, ni pereza. Era prisa.

De vuelta al sendero, la sensación de irrealidad crecía con cada paso.

El edificio principal se alzaba a poca distancia, tan silencioso como el resto del campamento.

Las cristaleras devolvían un reflejo grisáceo del cielo.

No había movimiento en las ventanas, tampoco siluetas perfilándose a contraluz. Solo quietud.

En el porche, la tapa de la barbacoa seguía abierta, como si alguien hubiera pensado volver en cualquier momento. Dentro, la sala común conservaba los restos de la última fiesta: vasos sucios, botellas vacías, ceniceros llenos. El olor acre a alcohol y humo de tabaco seguía flotando en el ambiente.

Lo más inquietante no era el desorden. Al contrario.

Lo que empezaba a aterrarla era la sensación de que todo se había detenido de golpe.

Nadie había tenido tiempo de recoger sus cosas.

Nadie se había molestado en cerrar las puertas.

Ni siquiera habían apagado los generadores.

Era como si todo el mundo hubiera desaparecido en un abrir y cerrar de ojos.

Y lo peor de todo no era el vacío, sino el hecho de no encontrar una sola explicación que le diera sentido.

Por costumbre, sus pasos la llevaron hasta la cocina.

Las encimeras estaban limpias, el fregadero vacío, las cacerolas alineadas en sus soportes.

Jason siempre dejaba todo en orden antes de retirarse, y aquella pulcritud tenía su huella inconfundible.

Sin embargo, aquella cocina ya no parecía la de Jason.

Parecía una cocina esperando a alguien que no iba a volver.

Abbie abrió uno de los armarios casi por inercia.

Las latas alineadas, las bolsas de arroz bien cerradas, los paquetes de cereales intactos.

Nadie había preparado un bocado para el camino.

Otro misterio más. Abrió el frigorífico.

Aunque efímera, agradeció la ola de frescor.

El hambre le golpeó de pronto. Desechó la idea de ponerse a cocinar.

Pan de molde, jamón cocido y queso cheddar.

Se quedó con las ganas de acompañarlo todo con mostaza, pero su estómago no estaba para muchos lujos.

Completó el banquete con una lata de melocotón en almíbar.