CAPÍTULO 9 #2
—No buscamos problemas —dijo Jason, retrocediendo.
—Me alegra oírlo —respondió el flaco—. Pero creo que hoy no es vuestro día de suerte. En cambio, yo debo ser el hombre más afortunado de todo el puto condado. Esta carretera lleva todo el día trayéndome ganado de primera.
Se paró ante Esperanza y esbozó una gran sonrisa que a Jason se le antojó terrorífica.
—Con que no te gustan los paletos, ¿eh?
El tipo flacucho comenzó a manosear sus pechos.
Ella intentó defenderse, pero el recién llegado le propinó una bofetada que casi la tiró de espaldas.
La primera reacción de Jason fue la de intervenir, pero los cañones de la recortada centraron su atención en él, como si hubieran leído sus pensamientos.
El chico delgado la cogió del pelo y la incorporó con una mano mientras con la otra le desgarraba el top.
—Mirad lo que tenemos aquí —dijo.
Sin soltarla del pelo, comenzó a lamerle los pechos con ansia, casi con violencia. Sus labios contra la piel de Esperanza producían un ruido húmedo y viscoso que le revolvió el estómago.
Los otros dos hombres disfrutaban del espectáculo, sonriendo y dejando ver hileras de dientes marrones.
Las miradas lascivas dejaban adivinar que pronto les llegaría su turno.
De pronto, algo pareció captar la atención del que empuñaba el arma más larga.
Jason giró la cabeza y vio a una de las chicas huyendo a toda la velocidad que le permitían sus chancletas de goma.
Era la que no había parado de llorar en todo el viaje.
—¡No! —gritó Jason al tiempo que tronaba la escopeta.
La chica cayó de bruces contra el asfalto resquebrajado, con la espalda picoteada de rojo y plomo. Un gemido ronco brotó de su garganta mientras intentaba arrastrarse un poco más, arañando el asfalto con las uñas.
—¿Se puede saber qué coño haces, imbécil? —le preguntó el joven flacucho empuñando aún un pecho de Esperanza.
—Estaba huyendo, Dwayne —dijo el tirador.
—Si huye, pegas un tiro al aire o corres detrás. Pero no la dejas como un puto colador, ¡joder! —vociferó el tal Dwayne, apartándose de ellos—. Anda, termina lo que has empezado. No nos vale de nada en esas condiciones.
El paleto de gatillo fácil se quedó un momento en silencio, aguantando la bronca de su líder como un perro apaleado.
Luego se acercó a la chica, la puso boca arriba, la agarró por un tobillo y empezó a arrastrarla hacia la cuneta.
El roce del cuerpo contra el asfalto primero y contra la tierra después dejó tras de sí un rastro oscuro que se iba ensanchando a cada tirón.
Jason apretó la mandíbula al verla desaparecer entre los troncos, engullida por la penumbra del bosque.
Los quejidos fueron perdiéndose hasta quedar reducidos a un murmullo lejano. Un segundo disparo puso fin a todo.
Esperanza y Faith rompieron a gritar al unísono, cada una en su propio registro de histeria.
El aire se llenó de chillidos y sollozos entrecortados que se mezclaban con el zumbido sordo en los oídos de Jason.
Sentía el estómago contraído en un nudo, los músculos tensos, listo para lanzarse, pero el de la recortada no le quitaba ojo.
La impotencia le pesaba en el pecho como una losa, más densa y sofocante que el humo del motor que aún flotaba a su espalda.
El paleto regresó solo, con la escopeta aún humeante y sacudiéndose las manos, como si acabara de terminar una tarea rutinaria.
—Bien —dijo Dwayne—, ¿por dónde íbamos?
Cogió algo de la caja de la pick-up y volvió a acercarse a Esperanza. Con un movimiento rápido, cortó un trozo de cinta americana y le tapó la boca. Ella miró a Jason con ojos de pánico mientras Dwayne se la cargaba al hombro y echaba a andar hacia el bosque.
—No me gusta que griten. Me desconcentra —dijo mirando a Jason—. Echad a la otra atrás y mirad si hay algo de provecho en la furgoneta. Acabo con esta y luego decidimos qué hacer con el japo . No me apetece llevar peso muerto.
El tipo le ató las manos a la espalda y le obligó a tumbarse boca abajo, con la frente casi pegada al asfalto caliente.
Jason apenas podía mover la cabeza. El ángulo le negaba la visión, pero no el sonido.
Comenzaron a oírse golpes sordos contra la tierra, un forcejeo irregular, resoplidos, sollozos ahogados tras la mordaza y, por encima de todo, el jadeo rítmico de Dwayne, sucio, animal.
Jason cerró los ojos con fuerza, intentando bloquearlo, pero cada ruido parecía amplificarse dentro de su cabeza.
Su instinto le gritaba que se levantara y corriera hacia allí, aunque la escopeta lo derribara en el acto.
Mientras tanto, Faith había sido obligada a subir a la parte de atrás de la camioneta.
Una vez arriba, fue amordazada y atada de pies y manos.
Hecho esto, el paleto entró en la pulponeta.
Jason escuchó con rabia cómo revolvía todo el interior, tirando cosas al suelo, abriendo y cerrando cajas a golpes.
Un par de minutos después, el hombre salió con una manta, la tienda de campaña enrollada y un estuche de madera.
Jason sintió un vuelco en el estómago al verlo: no era un simple juego de cuchillos.
Había pertenecido a su abuelo y él se lo había legado poco antes de morir.
Verlo balancearse en manos ajenas le dolió casi tanto como las ataduras, casi tanto como la impotencia que amenazaba con volverlo loco.
Dwayne regresó a su campo de visión tirando de Esperanza por un brazo.
Estaba completamente desnuda, cubierta de tierra y con la cara empapada en lágrimas.
Apenas podía mantenerse en pie. La empujó hacia su compinche, que la agarró sin miramientos y la obligó a subir a la camioneta.
La sujetó contra el suelo de la caja y le aseguró las muñecas y los tobillos, dejándola junto a Faith.
Para entonces, Dwayne se había plantado frente a él. Estaba tan cerca que Jason no veía otra cosa que no fueran sus botas: sucias, rajadas, con la suela a medio despegar.
—Llegó tu turno, comearroz —escupió con sorna—. Las chicas vienen con un billete pagado entre las piernas, pero tú… Tú tienes que demostrar que vales algo para Redneck Nation . ¿A qué te dedicabas antes?
—Soy cocinero —contestó Jason.
—He encontrado estos cuchillos en la furgoneta. Creo que dice la verdad.
Dwayne se arrodilló y se le quedó mirando unos segundos, ladeando la cabeza con aquella sonrisa entre burlona y siniestra.
—Cocinero, ¿eh? Al final sí que va a ser tu día de suerte. —Se incorporó y le hizo un gesto a los demás—. A la camioneta con él. Volvemos a Côte Sauvage.