La reina en el bosque CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Jason se sentía al límite de sus fuerzas.

Sin dormir, con la adrenalina aún corriéndole por las venas como veneno, cada metro que se alejaba del campamento le sabía a traición.

El recuerdo de Kim abalanzándose con la boca ensangrentada y los ojos enloquecidos todavía le erizaba la piel, pero lo que más pesaba era Abbie: su cuerpo ardiendo en fiebre, su respiración entrecortada, y la certeza de que al dejarla atrás la había condenado a despertar convertida en uno de esos monstruos.

Las sienes le palpitaban con fuerza, los ojos le escocían como si tuviera granos de sal bajo los párpados y el sudor le recorría la espalda, pegándole la camiseta a la piel.

Para colmo, las chicas no paraban de vociferar entre ellas, cada grito más estridente que el anterior, un coro insoportable que le taladraba los tímpanos y le desquiciaba los nervios.

Le recordaban a un gallinero desbocado, cacareando de miedo, ajenas a que su conductor luchaba por no desmoronarse al volante.

—Todavía no puedo creer que nos convencieras para mover esos fiambres, güey —dijo una de las chicas desde la parte trasera—. Las manos me huelen a pinche muerto.

—Deja ya de quejarte tanto, Esperanza —dijo la que ocupaba el asiento del copiloto—. Él tenía razón. No podíamos dejarles allí.

Jason le agradeció sus palabras con un gesto de la cabeza.

Ella se lo devolvió, seria, sin florituras.

Era hermosa incluso sin arreglar: tirabuzones oscuros enredados, rasgos gráciles, ojos grandes y oscuros que no rehuían la mirada.

Una mujer joven pero con mucha vida a sus espaldas. En eso le recordaba a Abbie.

—Y además llevabas guantes —añadió—. ¿Por qué no te callas un poco?

—Tú a mí no me mandas callar, pendeja .

—¡Basta ya! —gritó Jason—. Callaos las dos, por favor.

Un silencio hostil, solo roto por los sollozos de la tercera chica, se instaló en el interior de la furgoneta.

Abandonaron el sendero y giraron hacia el este en la carretera asfaltada.

Era estrecha y no estaba señalizada, apenas una delgada cicatriz en el bosque, pero al menos prometía civilización al final del camino.

Si no recordaba mal, desde aquel punto les quedaba una media hora hasta Côte Sauvage.

—¿Podrías sintonizar alguna emisora? Perdón, no sé cuál es tu nombre.

—Me llamo Faith —dijo ella—. Claro. Lo intentaré.

—Gracias. Por cierto, yo soy Jason.

Faith asintió y se concentró en la radio. El dial barrió todo el espectro de frecuencias varias veces, pero los altavoces solo escupían estática. Jason pulsó el botón que cambiaba la banda a AM.

—Prueba ahora.

Unos segundos después, una voz metálica y distante resonó en el interior del habitáculo:

«Atención. Este es un mensaje oficial del Ejército de los Estados Unidos de América.

Se han confirmado brotes de infección en el área de Minnesota.

Los síntomas iniciales incluyen fiebre baja o febrícula, temblores y espasmos musculares, malestar gastrointestinal con posibles episodios de diarrea y vómitos.

Tras una falsa mejoría, los infectados pueden presentar otros síntomas como fuertes cefaleas, piel amarillenta, sudoración excesiva con olor amoniacal, así como irritabilidad o cambios repentinos de humor justo antes de sucumbir a la enfermedad.

Si usted o alguien cercano presenta uno o varios de estos síntomas, evite todo contacto físico y haga todo lo que esté en su mano para no poner en riesgo a otras personas.

Si no presenta síntomas, intente desplazarse a las afueras del área metropolitana de Minneapolis.

El Ejército ha establecido varios campos de refugiados en zonas seguras.

Si no puede desplazarse, permanezca en casa, mantenga cerradas puertas y ventanas, y espere ayuda militar.

Repito. Atención. Este es un mensaje oficial del Ejército de los Estados Unidos… »

Todos guardaron silencio mientras el comunicado del ejército se repetía en bucle una y otra vez.

Jason intentó darle sentido y realidad a aquellas palabras, pero no le estaba resultando nada fácil.

Se obligó a calmarse y a hacer un ejercicio de lógica: si el virus procedía de China, quedaba claro que no había entrado por Minnesota, sino que con toda probabilidad lo habría hecho por algún punto de la costa oeste.

Los Ángeles, San Francisco, Seattle... Él había sido testigo de la inmediatez con la que el virus infectó a Thomas tras la mordedura de Kim.

Apenas había tardado tres minutos en “sucumbir a la enfermedad”, como decía aquel mensaje.

Si extrapolaba aquel acontecimiento a una ciudad con millones de personas…

El pensamiento le atravesó como un cuchillo helado.

Palo Alto. El restaurante. Su familia. Toda su vida estaba allí, en plena bahía de San Francisco, una de las zonas más pobladas de la costa oeste.

Hundió el pie en el acelerador. La pulponeta tomó velocidad con un rugido bronco, como si protestara por el sobreesfuerzo.

Jason lo ignoró. Tenía que intentar contactar con su madre lo antes posible, tenía que asegurarse de que seguían bien, tenía que…

El motor tosió. Una sacudida recorrió el vehículo y el rugido se convirtió en un estertor. Jason golpeó el volante.

—¡Ahora no!

—¿Qué pasa? —preguntó Faith.

—No lo sé. Se está parando —masculló Jason, más para sí mismo que para ellas.

— Pinche chatarra —maldijo Esperanza.

Dio un manotazo al salpicadero, como si a base de golpes pudiera insuflarle vida.

La furgoneta respondió con un bramido áspero y un par de tirones que se quedaron en nada.

De repente, el panel de control comenzó a parpadear como un árbol de navidad.

La aguja de la temperatura se desmayó sobre la zona roja del indicador y el chivato del aceite se iluminó con un color rojo que no auguraba nada bueno.

El motor terminó por rendirse con un gemido bronco, como un animal viejo que se desploma tras su último esfuerzo. La pulponeta avanzó a trompicones un poco más y se detuvo en seco.

—¡ A la verga todo ! —gritó Esperanza.

—No empieces otra vez con tus mierdas —le reprendió Faith.

La llorona, que para entonces se había calmado, volvió a hacer lo que mejor se le daba.

Jason salió de la furgoneta y cerró con un portazo, pero las chicas no parecían dispuestas a darle ni un segundo de paz. Le siguieron afuera, desparramando gritos, reproches y maldiciones que se perdían entre los árboles.

Con solo ver el rastro de manchas oscuras que había dejado atrás, supo que la pulponeta había pasado a mejor vida.

Aun así, abrió el capó. El calor le golpeó de frente, cargado de ese vaho blanco y denso que apestaba a aceite quemado.

El radiador hervía, escupiendo vapor a borbotones.

Aquella avería escapaba a sus escasos conocimientos de mecánica: revisar manguitos, nivel de aceite y poco más.

Cerró el capó y se despidió del vehículo en silencio.

—¿Puedes arreglarlo? —le preguntó Faith.

Jason apretó la mandíbula. Le quedaban por delante casi veinte millas hasta Côte Sauvage, con apenas una botella de agua tibia y una bolsa de frutos secos para repartir entre cuatro.

Si a eso se añadía que la adrenalina era lo único que le mantenía en pie y que iba acompañado de tres chicas incapaces de cerrar la boca, todo indicaba que el camino se le iba a hacer muy largo.

—Hay que seguir a pie —dijo, resignado—. Con suerte, llegaremos antes del anochecer.

—¿En sandalias? —protestó Esperanza.

—Por mí como si vas descalza y a la pata coja —dijo Jason, harto de su actitud—. A mí me da igual. Yo me largo de aquí. Vosotras haced lo que…

Jason se interrumpió. Había algo en el aire, un rumor grave que al principio confundió con el viento.

Bastaron unos segundos para reconocerlo: el traqueteo irregular de un motor viejo, que petardeaba y carraspeaba como si estuviera a punto de apagarse.

Los pájaros cercanos levantaron el vuelo en desbandada mientras el sonido se iba haciendo cada vez más cercano.

—¡Viene alguien! —dijo Esperanza con júbilo—. ¡Salvadas!

Una pick-up apareció doblando la curva, levantando polvo a su paso. El vehículo era viejo, con la carrocería descolorida y la pintura comida por el óxido. Jason distinguió a tres ocupantes a través del parabrisas sucio. Hombres. Jóvenes. No sonreían. La camioneta se detuvo muy cerca de ellos.

—Genial. Paletos —murmuró Esperanza.

El conductor la había escuchado. Jason lo supo al verle torcer el gesto.

Era un chico joven, de no más de diecinueve o veinte años, tan delgado que su camiseta sucia parecía colgar de una percha de alambre y no de sus hombros.

Tenía la cara afilada y unos rasgos exagerados que le daban un aire entre hambriento y socarrón.

Jason pensó en un buitre con gorra de béisbol.

Llevaba puestos unos vaqueros con pinta de mantenerse en pie sin necesidad de ocupante y unas botas cubiertas de barro y polvo.

Los otros dos bajaron por la puerta del acompañante.

Eran algo mayores, quizá bordeando los treinta, y se parecían lo bastante para asegurar que compartían genes sin conocerlos de nada.

El mismo pelo pajizo y grasiento, los mismos ojos de sapo, la misma cara de buscar problemas.

Uno se pasó la lengua por los dientes ennegrecidos mientras observaba al grupo.

El otro se limitó a sonreír de forma torcida y a crujirse los nudillos con la vista fija en las chicas.

El chico flaco cerró la puerta de golpe y avanzó unos pasos hacia ellos, todavía con esa mueca que Jason habría preferido no haber visto nunca.

—¿Algún problema, amigos? —preguntó con un acento bastante marcado.

Jason se adelantó un paso cuidando de tener las manos a la vista. Pensó en responder con algo neutro, quizá dándoles las gracias por haberse detenido. No le dio tiempo. Los cañones de dos escopetas asomaron por encima de la caja de la camioneta. Una recortada. La otra era de cañón largo.