La reina en el bosque CAPÍTULO 8 #3
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CAPÍTULO 8 #3

La bala le alcanzó en el pecho. Thomas trastabilló hacia atrás, pero logró permanecer de pie.

Se miró el orificio como si no fuera más que una simple mancha de salsa de tomate.

Otro disparo. Aquella bala se alojó al lado de la primera.

La fuerza del proyectil le hizo retroceder, pero tampoco cayó al suelo en esa ocasión.

—¡A la cabeza! —gritó Jason.

Cody alzó el punto de mira e hizo fuego de nuevo.

De la pared del edificio principal volaron algunas astillas de madera.

Había errado el tiro. Thomas rugió y se abalanzó sobre ellos con las manos proyectadas hacia adelante.

La pistola volvió a tronar. En aquella ocasión, Cody alcanzó su objetivo y Thomas cayó muerto a sus pies.

Ninguno de los dos dijo nada. Solo se quedaron allí, respirando el hedor a pólvora y amoniaco, mientras intentaban asimilar que aquello acababa de ocurrir.

—Esto debe ser el puto virus chino del que hablan las noticias —dijo Cody tras unos segundos.

No parecía demasiado convencido. Más bien daba la impresión de que intentaba justificar la presencia de los dos cadáveres que les rodeaban.

—¿A qué te refieres? —preguntó Jason, poco propenso a seguir la actualidad internacional.

Cody no le contestó.

—Pero si el virus ha llegado hasta aquí… —dijo en un susurro—. Joder. Hay que irse de aquí cuanto antes.

Varias chicas salieron del barracón alertadas por los disparos.

Se quedaron clavadas al ver el cuerpo de Thomas tendido en la tierra.

Una de ellas gritó como si le arrancaran el alma, otra empezó a llorar, tapándose la cara con ambas manos.

Cody alzó la voz por encima del alboroto, todavía con la pistola en la mano.

—¡Hay que irse! ¡Dejad el equipaje! ¡Solo lo puesto!

Cody se apartó de Jason y comenzó a dar órdenes a todo el mundo.

El aparcamiento se llenó de voces, sollozos y caos.

Portazos, motores que arrancaban, histeria desatada.

Jason observaba el caos sin moverse, como si lo mirara desde fuera.

Solo pensaba en un nombre: Abbie. Escudriñó entre la multitud, pero no la vio por ninguna parte.

Dio media vuelta y echó a andar hacia las cabañas.

A su espalda, el último todoterreno abandonó el aparcamiento.

—¡Eh, tú, cocinero! —Era la chica que había visto la noche anterior junto a Preston. —¡Nos han dejado tiradas! ¡Tienes que sacarnos de aquí, por favor!

Jason miró hacia el barracón. Otras dos chicas le imploraban ayuda con la mirada.

Él siguió su camino, sin siquiera contestarles.

El ruido de los motores se perdía ya cuando alcanzó el lago.

La tercera por la izquierda. La puerta no había sido cerrada con llave.

Cody no le había mentido. Abbie yacía sobre la cama, desnuda, ajena al horror que se había desencadenado hacía apenas unos minutos.

El interior de la cabaña apestaba a alcohol y a sudor.

A sexo. Había prendas de ropa repartidas por toda la habitación.

Sobre la mesita descansaban una botella de bourbon casi vacía y un espejo de mano manchado de un polvo blanquecino.

A su lado, dos cheques al portador. Uno de siete mil dólares y otro de tres mil.

La firma del segundo podía leerse sin problema: Cody Vanderbilt.

De pronto todo encajó. Ya no había hueco para dudas y sospechas. En su lugar solo quedó una certeza devastadora.

Y, sin embargo, ¿cómo culparla?

Se acercó a la cama y cubrió su desnudez con la sábana, como si aquel gesto bastara para protegerla de todo lo ocurrido.

—Abbie —susurró, intentando despertarla.

Ella se agitó apenas, inquieta. Algo no iba bien. Tenía la frente perlada de sudor.

—Abbie —repitió, esta vez más alto, con más urgencia.

Nada. Solo el jadeo irregular de su respiración. La zarandeó con fuerza.

—¡Abbie! —gritó, con un nudo en la garganta.

Sus párpados se abrieron durante un instante, dejando ver unos ojos vidriosos, perdidos. Volvieron a cerrarse un instante después, como si el esfuerzo hubiera sido demasiado. Jason le rozó la frente con la palma y el calor que desprendía le recorrió la mano como una descarga. Ardía en fiebre.

—No, por favor. Tú no —susurró Jason, con lágrimas en los ojos.

Conocía la historia de Abbie con Kim. Sabía lo unidas que habían estado desde el primer día. El viaje juntas, asiento con asiento, cogidas de la mano. Las camas casi pegadas durante todo ese tiempo, respirando tan cerca la una de la otra...

Antes de que pudiera reaccionar, alguien le agarró del pelo desde atrás y le echó la cabeza hacia atrás. Un instante después sintió el frío del acero sobre el cuello.

—O nos sacas de aquí o nos llevamos la pinche furgoneta. Tú eliges, huevón.

—Dadme un minuto y nos vamos.

Quedarse allí no tenía sentido. No quería ver cómo Abbie se convertía en uno de esos monstruos.

Incluso llegó a pensar en quitarle la vida él mismo para evitar que aquello ocurriera.

¿Serviría de algo o se transformaría igualmente?

No tenía ni idea. Tampoco tenía pistola, pero sí cuchillos.

Quizá si… ¿A quién quería engañar? Nunca podría reunir el valor para hacerlo.

Antes de marcharse, Jason se quitó la bandana, la sumergió en el agua de la cubitera y se la puso sobre la frente.

—Adiós, Gabrielle.