CAPÍTULO 8 #2
Jason obedeció por impulso. De nuevo aquel grito de pesadilla.
Inhumano, casi irreal. Pegó su cuerpo a la puerta para evitar que aquel horror escapase.
No tardó en comprender que había cometido el mayor error de su vida.
El marco crujió. La puerta aguantó cerrada, pero los cristales saltaron por los aires.
Las manos de Kim, transformadas en garras, aparecieron entre los restos de la marquetería y le rodearon el pecho con una fuerza que nunca le habría imaginado.
Jason intuía su rostro desencajado a través de la cortinilla de tela blanca.
Aquel tejido fino, casi transparente, era lo único que les separaba.
Sus mandíbulas chascaban una y otra vez, buscando algo en lo que clavarse.
Jason intentó zafarse, pero las manos de Kim se aferraban a su pecho como tenazas, arrastrándolo hacia adentro sin remisión.
—¡Ayuda! —gritó—. ¡Haced algo!
A apenas unos pasos, Thomas permanecía en el suelo, con la mirada fija en la herida de su brazo. Parecía ido, desconectado de la realidad.
—¡Cody! —gritó, antes de que una mano de Kim subiera hasta su boca y le echara la cabeza hacia atrás.
En vez de ayudarle, aquel desgraciado dio media vuelta y salió corriendo hacia el aparcamiento.
Estaba solo.
Al otro lado de la tela, la muerte mordía una y otra vez entre gruñidos guturales.
Jason golpeó a Kim varias veces, cuidándose mucho de no acercar el puño a su boca.
No parecía sentir dolor. Ella lo atrajo con tanta fuerza que apenas podía respirar.
Finalmente la cortina se descolgó y cayó al suelo.
Ahora estaba a su alcance. Su mirada se cruzó con la de Kim durante un segundo.
Allí dentro no quedaba rastro de humanidad, solo odio y hambre.
El disparo llegó cuando ya casi podía sentir los dientes clavándose en su piel. Los brazos de Kim dejaron de ejercer fuerza y se escurrieron alrededor de su cuello, arrastrados por su cuerpo inerte. Libre por fin, Jason se alejó de la puerta entre jadeos.
Aún intentaba recuperar el aliento cuando Cody volvió a entrar en la enfermería y apretó el gatillo otras dos veces. Desde su posición, Jason vio temblar los pies de Kim con cada disparo.
—¿Te ha mordido?
Jason se tanteó el cuello con urgencia y se miró las manos en busca de sangre. Limpias.
—Creo que no.
Pero Thomas no había tenido tanta suerte. Kim le había desgarrado el antebrazo y la herida sangraba a borbotones. Solo una arteria podía expulsar aquella cantidad de sangre.
—Eh, colega. Hay que parar esa hemorragia. Tú eres el médico.
Thomas temblaba como si estuviese al borde de la hipotermia. Tenía la piel pálida y la mirada perdida. No dejaba de gemir.
—Creo que está en shock —dijo Jason.
Cody no se lo pensó. Le cruzó la cara con una bofetada que restalló como un latigazo. Thomas parpadeó, jadeó y pareció volver en sí.
—¡Me ha mordido! —gritó.
—Eso ya lo veo —dijo Cody—. ¿Cómo lo paramos?
—Quítate el cinturón y hazme un torniquete lo más cercano al hombro que puedas —dijo Thomas, con apenas un hilo de voz—. Aprieta bien. Necesito sutura. Dentro. En el armario blanco.
—Chef. Yo estoy ocupado.
Jason asintió. Tuvo que hacer acopio de todo su valor para pasar por encima del cadáver de Kim.
Localizó el armario y lo abrió sin miramientos.
No había tiempo que perder. Por suerte, el estuche de sutura estaba bien rotulado.
Al volver, resbaló con el charco de sangre que se estaba formando alrededor de la cabeza de Kim.
Estuvo a punto de perder el equilibrio, pero consiguió mantenerse en pie.
Thomas se agarraba con fuerza la muñeca derecha. Miraba la herida con los ojos desencajados. Cody terminó de apretarle el torniquete.
—Esto… no es normal —balbuceó—. Coagula demasiado rápido.
Jason miró el desgarro. La sangre empezaba a formar grumos oscuros y pegajosos que parecían alquitrán.
El tejido que rodeaba la herida había ennegrecido en apenas unos instantes y palpitaba con fuerza, como si intentara cerrarse sobre sí mismo.
El olor a amoniaco le golpeó un segundo antes del primer espasmo.
Thomas cayó de espaldas entre gritos de dolor.
Jason se alejó de forma instintiva. Cody reaccionó igual.
Un segundo espasmo lo levantó del suelo varios centímetros.
Silencio. Las manos de Thomas comenzaron a moverse, rascando la superficie del suelo, buscando un punto de apoyo.
Comenzó a incorporarse poco a poco, con la cabeza agachada, emitiendo gruñidos roncos.
Había algo de animal en sus movimientos. Cody levantó el arma.
—Tommy, por favor, no me obligues a hacerlo —suplicó Cody sin dejar de apuntarle.
Como si le hubiese escuchado, Thomas levantó la cabeza. Los dientes descubiertos, las pupilas dilatadas, el rictus de odio. Todo concordaba con lo que habían visto en Kim apenas unos segundos antes. Ya no quedaba ninguna duda. Estaba infectado por lo que fuese aquello.
Cody abrió fuego.