La reina en el bosque CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Miró su reloj digital: las once y once. Abbie se retrasaba. Decidió aprovecharlo para limpiar y poner un poco de orden en la parte de atrás de la “pulponeta”. Solía viajar ligero de equipaje y el espacio era limitado. No le llevó demasiado tiempo.

Pasada la medianoche, vio a Thomas Salinger entrar a la enfermería.

Pensó en preguntarle si había visto a Abbie.

Conocía a Thomas desde antes de aquel circo.

Su padre era un reputado cirujano plástico y cliente habitual del restaurante familiar.

Era de lo poco salvable en aquella expedición, y eso ya era mucho decir.

Prefirió esperar un poco más. Diez minutos después, Thomas deshizo sus pasos con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha.

La fiesta comenzó a decaer antes de lo habitual, sobre las dos y media de la madrugada.

Después de tantas noches de desenfreno, las fuerzas comenzaban a menguar.

Los chicos —todos acompañados— abandonaban el edificio principal a cuentagotas en dirección al lago, con la clara intención de rematar la noche en su cabaña.

La música cesó por completo poco después.

Las luces se apagaron y del interior salieron los dos últimos rezagados.

Se trataba de Preston y su acompañante, una chica de rasgos latinos cuyo nombre nunca había logrado retener.

La espera comenzaba a resultar insoportable. Decidió interceptarlos en contra de lo que le gritaba hasta la última célula de su cuerpo.

—Perdonad, chicos —dijo, en el tono más cordial que pudo fingir—. ¿Puedo haceros una pregunta?

Preston lo recorrió de arriba abajo con la mirada, como evaluando si valía la pena gastar una palabra en él. Ella apenas le dedicó un vistazo de soslayo. Ninguno de los dos dijo nada, pero dejaron de caminar. Algo era algo.

—Estoy buscando a Abbie. Había quedado con ella.

—¿A quién? —preguntó Preston, como si no hubiera escuchado ese nombre en toda su vida.

—A Abbie —repitió.

—La pinche rubia —dijo ella—. La amiga de la loca que atacó a Cody.

—¡Ah! —Preston sonrió. —.Ahora caigo. Yo que tú no la esperaría. Quería marcharse esta noche, pero Cody le hizo una última oferta y parece que ha decidido aceptarla. Un último servicio a la causa. Ya me entiendes.

La pareja comenzó a alejarse entre risitas y manos curiosas que no encontraban demasiada resistencia.

Regresó a la pulponeta con el paso contenido, torturándose una y otra vez con aquella frase: « Un último servicio a la causa».

Preston no la había dicho con malicia ni con segundas intenciones.

La había soltado como quien da la hora, como quien pide otro café.

Había arrinconado aquella sospecha durante toda la noche, pero no había conseguido acallarla por completo.

Incluso se había odiado por ello. Ahora, una vez hecha verbo en los labios de Preston, algo en su interior le gritaba con rabia que no era más que un pobre iluso.

Se sentó en el asiento del conductor y giró el contacto.

«Conducir de noche por el bosque no parece la mejor de las ideas.

» El motor tosió, pero no llegó a arrancar.

Volvió a probar. «¿Y si se me cruza algún animal y tengo un accidente?

» Quejidos metálicos y poco más. Tras un tercer intento fallido, se convenció a sí mismo de que la pulponeta quería evitar que cometiese un error.

Enfiló el camino que bajaba hasta el lago.

Se detuvo en medio de la oscuridad, a la altura del barracón en ruinas.

¿Qué se suponía que iba a hacer? ¿Patear todas las puertas hasta dar con ella?

¿Qué le iba a decir cuando la encontrara?

¿Con qué derecho iba a pedirle explicaciones?

¿Quién era él para exigirle nada? Las respuestas a todas aquellas preguntas no le daban ni una sola razón para seguir avanzando.

Volvió al aparcamiento, entre avergonzado y furioso, preso de una frustración que le escocía por dentro.

Abrió las puertas traseras y extendió el futón sobre el suelo.

Se tumbó boca arriba y cerró los ojos. No pretendía dormir.

Solo serenarse, calmar el pulso. ¿A qué había venido lo de la cocina entonces?

Le había pedido que la sacara de allí con la urgencia de quien no alberga ninguna duda.

Incluso había puesto la hora. ¿Acaso era verdad lo que le había dicho Preston y había cambiado de opinión por un puñado de billetes?

¿Así sin más? ¿Sin avisarle o intentar mentirle para retrasar el viaje?

No la conocía demasiado, pero no la veía capaz de algo como aquello.

¿Y si…? Jason se quitó de la cabeza aquella idea incluso antes de que terminara de tomar forma.

Todos aquellos chicos pertenecían a la élite de la sociedad californiana.

Eran los hijos de grandes empresarios, políticos, altos cargos…

Todos con un apellido que proteger y una reputación que mantener.

Por esa misma razón pagaban tan bien y se mostraban tan cautos a la hora de que sus correrías veraniegas fueran un secreto para el gran público.

No podían arriesgarse a un escándalo de aquella magnitud.

Esperó y desesperó hasta que el amanecer trajo consigo las primeras luces y el concierto de los pájaros.

Podía notar su pulso en las sienes. Los ojos le ardían por la falta de sueño y las ideas seguían igual de confusas que hacía unas horas.

Pensó en volver a la cocina y prepararse varios litros de café.

Mientras se incorporaba, escuchó el inconfundible ruido de un cierre centralizado.

Al salir, vio a Thomas cargando una maleta en uno de los todoterreno de alquiler.

El estudiante de medicina sonrió al verle.

—Buenos días —saludó Jason—. ¿Os vais ya? Pensaba que aún quedaban dos o tres días de fiesta.

—Solo nos vamos dos —dijo Thomas—. Una de las chicas no se encuentra bien y voy a llevarla a un hospital para que la vean. Anoche no tenía buen aspecto y prefiero evitar riesgos. No me merece la pena volver. Además, tengo asuntos que tratar en Los Ángeles.

—¿El otro es Cody? —preguntó Jason.

—¿Cómo lo sabes?

—Viene por ahí.

Cody avanzaba por el camino tirando de una maleta con ruedas. Parecía recién duchado. Bermudas. Polo. Náuticos. Gafas de sol. Más de lo mismo. El único toque distinto se lo daba el apósito blanco que le cubría la mejilla izquierda.

—Quiere que mi padre le vea esos rasguños por si necesita cirugía —dijo Thomas en voz baja—. Le he dicho por activa y por pasiva que no le quedará marca, pero ya le conoces…

—¿Viste anoche a Abbie? —se apresuró a preguntarle antes de que Cody alcanzase el aparcamiento.

Thomas asintió.

—A primera hora de la noche. Estuvo viendo a la chica de la enfermería. No la he vuelto a ver desde entonces.

—Gracias. Una cosa más. ¿Podrías conseguirme algunos analgésicos?

—¿Te encuentras mal? ¿Jaquecas, náuseas?

Jason sonrió.

—Una mala noche. Solo eso —respondió.

—Espera aquí —dijo, después de lanzar un suspiro de alivio—. Te las traeré enseguida.

Thomas se alejó en dirección a la enfermería.

—Voy a por nuestra bella durmiente y nos vamos —le dijo a Cody antes de cruzar la puerta.

—Si sigue igual de agresiva, la dejamos aquí —dijo Cody sin parar de andar.

A pesar de las gafas de sol, Jason sentía su mirada clavada en él. Sonreía como solo los gilipollas profesionales sabían hacerlo. Decidió alejarse unos pasos del coche mientras Cody dejaba su equipaje. No era que le intimidase. Más bien le repugnaba compartir el aire con él.

—Buenos días, chef —dijo con ese desdén mal disimulado que manejaba a la perfección—. Por casualidad, ¿no estarás buscando a tu novia?

Jason estuvo a punto de darse la vuelta y marcharse. Pero la sonrisa satisfecha de Cody le clavó en el sitio. Conocía aquella expresión. Era la de alguien que estaba disfrutando demasiado como para conformarse con una sola frase.

—Te lo digo porque la he visto hace apenas cinco minutos.

Sobre mi cama. Desnuda. —El muy cabrón saboreaba cada sílaba—.

Es la tercera cabaña por la izquierda. —Cody cerró el maletero, se giró hacia él y sonrió—.

No estés tan serio, chef. Esa chica va a hacerte muy feliz a partir de hoy. Te lo aseguro.

Jason sintió cómo la mandíbula se le tensaba hasta doler.

No respondió. El silencio entre ambos pesaba como una amenaza que apenas tuvo tiempo de asentarse antes de que un alarido desgarrara el aire.

Luego escuchó a Thomas gritar. Dos veces.

Primero de miedo, después de dolor. Vio a Cody quitarse las gafas de sol y mirar hacia la enfermería, entre confundido y asustado.

Después le miró a él. Ambos corrieron hacia la puerta.

Fue Jason quien la abrió. Thomas salió de allí, empujado por un pánico que se adivinaba en sus ojos.

El brazo derecho le sangraba a borbotones y no paraba de gritar.

Cayó a los pies de Cody, que miraba hacia el interior con gesto de incredulidad.

Solo entonces se asomó. Apestaba a lejía.

No. Era algo más fuerte. Amoniaco. Vio a Kim acercándose a la puerta.

El negro de su ropa interior contrastaba con el amarillo céreo de su piel.

Avanzaba hacia él de forma decidida, con la boca abierta, chorreante de la sangre de Thomas.

La melena oscura apelmazada en mechones sobre la cara.

Los ojos inyectados en sangre. Las pupilas dilatadas hasta el punto de hacer desaparecer el iris.

—¡Cierra la puta puerta! —le gritó Cody.