La reina en el bosque CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

Se cruzó con la chica mexicana en la puerta del baño.

Le dedicó una mirada altanera, desafiante.

Abbie bajó los ojos y se apartó. No tenía fuerzas para una nueva confrontación.

Ya no. Abrió el neceser como lo haría uno de esos robots que salían en las películas de ciencia ficción, sin preguntarse por qué, sin necesitar una razón.

Base correctora. Frente. Mejillas. Barbilla.

Difuminar. Movimientos automáticos, precisos, conocidos de sobra.

Delineador de ojos. Primero uno. El trazo salió firme, exacto.

Demasiados años de experiencia. Después el otro.

Cody y su orgullo herido. El lápiz arañó el interior del párpado.

Pestañeó varias veces para mitigar el escozor.

De aquella noche no pasaba. No habría escapatoria posible.

Terminó y sacó el rímel del estuche. El cepillo estaba un poco apelmazado, pero aún cumplía con su cometido.

Pestañas superiores. Luego las inferiores.

Dos capas. Jason. Aquella bachata que no conseguía sacarse de la cabeza.

Pintalabios. Giró la barra. Carmesí borgoña.

Iría bien con un top a juego. Se lo llevó a los labios, sin llegar a presionar.

—¡A la mierda!

El carmín explotó contra el espejo, dejando una mancha roja y amorfa sobre su propio reflejo.

Como un tiro de gracia a una versión de ella misma que quería enterrar allí mismo, en aquel momento.

Se lavó con rabia, asegurándose de que el agua caliente eliminaba todo rastro de aquella máscara que llevaba tanto tiempo asfixiándola.

Salió al exterior, ahogando las ganas de gritarle al mundo que era libre por primera vez en su vida.

Por un segundo, pensó en buscar a Jason y acabar con todo aquello antes de que nadie pudiera percatarse de su ausencia.

Sin embargo, el poco orgullo que aún conservaba le impedía marcharse dejando que todo el miedo y el sufrimiento de aquellos últimos días les saliesen gratis a aquellos hijos de puta.

La fiesta ya había empezado. Ellas bailaban.

Ellos bebían, miraban, comentaban y escogían.

No vio a Cody por ningún lado. Quizá no hubiese acudido aún.

Quizá no le quedaban muchas ganas después de lo ocurrido la noche anterior.

Tanto daba. Atravesó el porche y la sala común.

Decenas de miradas suspicaces la siguieron hasta la barra del bar.

—¿Puedo hablar contigo?

Preston se giró hacia ella, dio un sorbo a su vaso de whisky y la examinó de arriba abajo con el gesto torcido, como un cliente insatisfecho con el punto de su bistec.

—Arréglate un poco y hablamos más tarde. Ahora estoy ocupado.

Abbie tuvo que hacer un gran ejercicio de contención para no estamparle una botella de ginebra en su dentadura perfecta.

—Me importa una mierda que estés ocupado —escupió Abbie—. He venido a decirte que lo dejo. Quiero lo que se me debe. Ni un dólar más, pero ni uno menos.

Preston le lanzó una sonrisa que rezumaba condescendencia. Los dos chicos que lo acompañaban imitaron su sonrisa, como burdas copias de aquel engreído.

—No puedes dejarlo, encanto. Tu contrato dice que…

—Ya sé lo que dice mi contrato —le cortó en seco. Abbie arrinconó a Preston contra la barra—. Lo que debería preocuparte, encanto —le susurró al oído—, es lo que va a decir Papá Stapleton cuando se entere de que su primogénito lleva dos semanas entre putas y cocaína.

La sonrisa de Preston desapareció. Las de sus lameculos oficiales también.

—La última vez que me subo a una mesa para dar un discurso —dijo, resignado—. Mañana por la mañana…

—Ahora mismo —dijo Abbie con un tono que no daba lugar a réplica—. Tienes media hora.

Encontró a Jason en la cocina, secando sus cuchillos con movimientos lentos y metódicos, como si cada filo precisara de un ritual propio. Si se sorprendió al verla allí, no lo exteriorizó en ningún momento.

—¿Ocurre algo?

—¿Puedes sacarme de aquí? —preguntó Abbie a su vez, apenas con un hilo de voz—. Ahora mismo. Para no volver.

Jason asintió sin pensarlo, sin vacilar ni un instante.

—Con una condición.

Abbie no esperaba aquello.

—¿Cuál?

—Que me dejes acompañarte adonde vayas.

Abbie tardó varios segundos en contestar.

—Gracias. —Tragó saliva—. Gracias por existir, Jason.

—Déjame unos minutos. Tengo que recoger unas cosas.

Abbie miró el reloj de pared que había sobre los hornos.

—Once en punto. Junto a la pulponeta.

—Allí estaré.

Abbie se cambió de ropa a toda prisa. Algo cómodo y limpio, pensando en el viaje.

Metió en la bolsa todas las prendas que encontró alrededor de su cama y salió del barracón por última vez.

Aún tenía unos minutos. Volvió a la enfermería.

De nuevo aquel olor intenso a amoniaco. Thomas se había marchado.

No tuvo valor para encender la luz. Avanzó en la penumbra hasta dar con la cama libre.

Tomó asiento. La respiración de Kim era débil pero regular.

Abbie la observó un instante, buscando en su rostro algo que indicara que podía oírla.

—Mañana todo habrá acabado —susurró—. Lo has hecho muy bien, Kim. —La voz se le quebró—. Solo quería despedirme y decirte que no eres como el resto de nosotras. Nunca podrías serlo. Eres la mejor hermana del mundo, la mujer más valiente que he conocido… Y yo no he estado a la altura.

Las lágrimas le nublaron la vista. Se inclinó un poco, como si acercarse pudiera acortar la distancia que ya sentía entre las dos.

—Solo espero que algún día puedas llegar a perdonarme. Adiós, amiga.

Antes de cerrar la puerta, Abbie creyó escuchar su nombre.

—¿Kim?

No hubo respuesta. Solo hablaba en sueños. Quizá era mejor así.

Casi se dio de bruces con Preston al salir de la enfermería. Parecía regresar al edificio principal procedente de las cabañas.

—¿Lo tienes?

Preston negó.

—Acabo de firmarlo, pero no lo tengo yo.

—¿Quién coño lo…?

Abbie se interrumpió. La pregunta se respondía sola. Suspiró. Había estado cerca. Lo había rozado con la yema de los dedos, pero la vida no se lo iba a poner tan fácil. Típico de esa zorra despiadada.

—Cody te espera en su cabaña —dijo Preston antes de seguir su camino—. Yo he cumplido, encanto. A partir de aquí, yo me lavo las manos.

Se quedó plantada en mitad del sendero, mirando a la derecha, hacia donde el bosque se abría al aparcamiento, y a la izquierda, hacia las cabañas que salpicaban la orilla lodosa del lago.

A un lado, la salida fácil: bastaba con darse la vuelta y olvidarse de la lucha.

Al otro, la recompensa ganada a pulso; el último trozo de dignidad que no estaba dispuesta a regalar.

Inspiró hondo, como alguien que se dispone a zambullirse en aguas heladas, y echó a andar.

Con cada paso, el olor a agua estancada se hacía más y más fuerte.

«Un último asalto, Abbie.»