CAPÍTULO 7
El día se deshizo sin ruido, entre largos paseos por la orilla, charlas en las que el silencio decía casi tanto como las palabras y alguna que otra confesión que les hizo sonrojar.
Regresaron al atardecer, con el tiempo justo para que Abbie se preparase para su vuelta al trabajo.
Se despidieron en silencio, con la promesa muda de verse al día siguiente.
Al pasar junto al porche del edificio principal, el olor a carne barata cocinándose no le abrió el apetito; solo le recordó que apenas había comido nada desde la noche anterior.
Tres chicos bebían cerveza alrededor de la barbacoa.
No la miraron. Ni un silbido, ni una ceja levantada.
Aquel desinterés la desconcertó más que cualquier mirada sucia.
Cogió un par de perritos calientes sin pedir permiso y se alejó sin decir palabra.
Los engulló de camino al barracón. Ni toda la mostaza del mundo hubiera podido disfrazar aquel regusto vulgar y rancio que compartía con todo aquel campamento.
Abbie sabía bien cuándo las conversaciones callaban por alguien que acababa de entrar a una habitación.
Aquella guerra se libraba casi a diario en los tocadores del Velvet y ella había luchado en los dos bandos.
Ignorando el silencio incómodo que sembraba con cada golpe de chancleta, se metió en la primera ducha libre que encontró y dejó que el agua caliente arrastrara polvo y sudor.
Abbie cerró los ojos, aferrándose al recuerdo de unas manos en su cintura, temiendo que el agua también se llevara su tacto.
Se enjabonó sin prisa, como si la espuma pudiera blindar su piel contra lo que estaba por venir.
Las voces regresaron a través del vapor.
Cuchicheos que distaban mucho de ser discretos, risitas que iban desde la malicia más pura hasta la estupidez más infantil…
Cerró el grifo y se envolvió en una toalla.
Un silencio denso e incómodo la siguió hasta el centro del baño.
—Ni que nunca hubierais visto a dos chicas discutiendo —dijo Abbie, dirigiéndose a todas a la vez—. ¿Hasta cuándo os va a durar la comidilla?
—Eso nos da igual, pendeja —le respondió una de las chicas. Aquella bruja de acento mexicano y caderas de yegua llevaba puesta una mascarilla facial verdosa que le venía al pelo.
— Pendeja será tu madre, encanto —dijo Abbie—. Si de verdad os da igual, ¿a qué coño viene tanto cotilleo a mis espaldas?
—¿No sabes lo que pinche ocurrió anoche?
—Está claro que no —dijo Abbie—, pero seguro que tú, que no tienes pinta de ser una chismosa, estás deseando contármelo, ¿verdad?
—Esa hija de la chingada atacó a Cody.
Un relámpago de satisfacción le recorrió el cuerpo de arriba abajo. Tuvo que reprimir un grito de euforia al escuchar aquellas palabras. La justicia divina existía. No solo eso. También llegaba hasta aquel trocito de infierno.
—Seguro que ese gilipollas se lo ganó a pulso.
—Solo le ofreció una copa y esa pinche desgraciada se abalanzó sobre él como si quisiera arrancarle la cabeza.
—Y seguro que tú te ofreciste para curarle las heridas y ganarte una buena propina.
—Los chicos cancelaron la fiesta y nos dejaron sin un puto dólar. ¿Contenta ahora?
Abbie recorrió el baño con la mirada. Aquella zorra era la única que hablaba, pero el juicio lo estaban celebrando todas.
A excepción de una o dos chicas, que mantenían la cabeza agachada, no encontró ni un solo gesto de complicidad.
La sentencia parecía dictada de antemano.
Y ella no pensaba cargar con unas culpas que no le pertenecían.
—¡Ayer era mi día libre! ¡No tuve nada que ver! ¡Yo no tengo la culpa de lo que ocurrió! ¡Escuchadme bien todas! ¡Iros-a-tomar-mucho-por-culo!
El eco de sus gritos rebotó en las paredes. Abbie salió del baño con un portazo por segunda noche consecutiva. Una de las chicas salió tras ella. Si no recordaba mal, era la que le había dado las toallitas para Kim en el autobús.
—Siento lo que ha pasado ahí adentro. He intentado hacerles ver que no era cosa tuya, pero ya las conoces...
—No te preocupes… Faith, ¿verdad? —dijo Abbie. La chica asintió—. Es normal que busquen culpables. Por cierto, ¿sabes qué le hizo Kim a ese gilipollas?
—Unos arañazos en la mejilla. Nada grave. Su orgullo se llevó la peor parte.
Abbie miró la cama de Kim. Ni rastro de ella. Tampoco de su maleta. Solo vio sus botas de senderismo asomando bajo la cama.
—Por cierto, ¿sabes dónde está? —le preguntó.
—¿Kim? En la enfermería.
El estómago le dio un vuelco. Dejó caer la toalla y comenzó a vestirse a toda prisa.
—¿Qué coño le hizo ese animal? —preguntó mientras se subía los shorts.
—Cody no le hizo nada. No le dio tiempo ni a reaccionar —le aseguró Faith—. Ha estado todo el día en la cama. Al principio pensamos que era para no dar la cara por lo de anoche, pero luego nos dimos cuenta de que sudaba mucho. Avisamos a Thomas y se la llevó hace unas dos horas.
Abbie salió del barracón sin despedirse.
Devoró a zancadas la distancia que le separaba de la enfermería.
Había luz en el interior. Tocó la puerta y entró sin esperar respuesta.
El aire hedía a amoniaco y a enfermedad.
Thomas colgaba una bolsa de suero del soporte que había junto a la cama donde yacía Kim.
Llevaba una mascarilla quirúrgica y guantes de látex.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, a bocajarro.
—Ha empeorado de forma súbita —dijo mientras le tendía una mascarilla—. Es solo para prevenir. Estoy casi seguro de que no es contagioso. De lo contrario, a estas alturas ya habría más gente con síntomas.
Abbie se colocó la protección sin dejar de mirar a Kim. Su piel, perlada de sudor, lucía más pálida de lo habitual, casi translúcida. Incluso tuvo la sensación de que comenzaba a amarillear.
—Se quejaba de un fuerte dolor de cabeza y le he dado un calmante —continuó Thomas—.
Está durmiendo. Sus constantes vitales son estables, pero hay algo que me preocupa.
Tiene todos los síntomas de una infección multiorgánica, pero ni una décima de fiebre.
Necesita que la vean en un hospital. Esto se me escapa —reconoció.
—¿Por qué no llamáis a una ambulancia o a un puto médico de verdad?
Thomas le dedicó una mirada de reprobación a través de los cristales de sus gafas y señaló un maletín metálico sobre la otra cama. En su interior descansaba un enorme teléfono vía satélite, con un auricular del tamaño de un ladrillo.
—Llevo varias horas intentando contactar con Emergencias y los hospitales más cercanos. Incluso he llamado a Minneapolis, pero o no hay línea o no contesta nadie. Debe haber algún fallo general en las comunicaciones.
—Podríamos llevarla ahora mismo a algún sitio —dijo, obligándose a suavizar el tono de voz.
—¿De noche por el bosque? —Thomas negó con la cabeza—.
No creo que sea recomendable. Demasiado arriesgado, Abbie.
En cuanto amanezca, la llevaremos al hospital más cercano y avisaremos a su familia.
Te dije que no iba a permitir que nadie muriese por unas vacaciones pagadas y pienso cumplir mi palabra.
—Está bien —dijo mientras se sentaba a los pies de la cama—. Gracias, Thomas. Y discúlpame. Es que a veces…
—Tranquila. Es mejor que no pases demasiado tiempo aquí dentro. Yo la vigilaré. Y procura que no te vean con la mascarilla, por favor.
Abbie salió de la enfermería arrastrando los pies y el alma.
Cerró la puerta despacio, sin mirar atrás, con el zumbido de los fluorescentes aún latiéndole en los oídos.
La imagen de Kim bajo aquella sábana se negaba a marcharse: la palidez encerada, el brillo pegajoso de su piel, los labios resecos…
La punzada de la culpa llegó sin avisar.
A su mente regresó la discusión de la noche anterior, con su tono afilado y sus palabras hirientes.
Todo porque no había tenido suficiente paciencia con una cría aterrada.
Todo porque alguien la esperaba en el aparcamiento.
La imagen de las chicas saliendo del barracón le devolvió a la realidad.
Minifaldas que parecían un chiste de mal gusto, tacones que no perdonaban un mal paso, escotes que dejaban ver algo más que piel y maquillajes al borde de lo grotesco.
La armadura completa de unas guerreras que, cada noche, acudían puntuales a una batalla que sabían perdida de antemano.
Algo en su interior se removió. Por suerte, no fueron los perritos calientes.
«Es trabajo», se dijo a sí misma mientras se encaminaba hacia el barracón.
La frase apareció sola. Era una coartada vieja, aunque fiable.
Un refugio sólido y seguro. Trabajo. Dinero.
Sobrevivir. Seguir soñando. ¿Cuántas veces se había repetido aquello antes de subirse al escenario, mientras sonreía a un desconocido, mientras dejaba que un tipo creyera que tenía derecho a su tiempo y a su piel porque había pagado una entrada o una copa?
La palabra “trabajo”, tan seria, tan rectangular, tan útil.
Y sin embargo ahora le sonaba como una mentira mal aprendida.