CAPÍTULO 6 #4
—En el sentido de que me salieron las tetas —respondió sin ambages.
Quiso acompañar sus palabras con una sonrisa, pero los recuerdos se amontonaban y dolían demasiado.
—De la noche a la mañana, mi fama en el instituto creció casi tanto como mi talla de sujetador.
Todos los chicos mayores, sobre todo los más guapos, querían convertirse en mis amigos.
Ya me entiendes. Me invitaban a hamburguesas, al cine, me hacían regalos, me llevaban por ahí en sus coches.
A mi hermano no es que le hiciera mucha gracia toda aquella popularidad.
Tenía dos años más que yo y supongo que pensaba que estaba obligado a protegerme.
Al menos eso pensaba yo entonces. Le tocó meterse en muchas peleas por mi culpa.
Al menos eso decía él. A los dieciséis, mi novio de turno pasó a recogerme para ir al baile de fin de curso.
Se llamaba Brad, creo. Mi hermano se había bebido unas cervezas.
Salió de la caravana con una escopeta recortada y abrió fuego.
Brad pudo escapar ileso, pero yo me quedé sin ir al baile.
Randy siguió bebiendo aquella noche. En algún momento de la madrugada, se metió en mi cama y…
Abbie no pudo aguantar más. Las palabras se le atascaron en la garganta y se dobló sobre sí misma.
Las lágrimas empezaron a caer antes incluso de que fuera consciente de estar llorando.
Intentó detenerlas llevándose las manos a la cara, pero ya era demasiado tarde.
Los sollozos le sacudían los hombros sin que pudiera hacer nada por contenerlos.
Jason se acercó a ella. No le pasó el brazo por encima de los hombros ni nada por el estilo. Solo se acercó, dejándole notar su presencia. Sin invadir.
—No tienes que seguir si no quieres.
—A una historia siempre hay que darle un final, por muy hija de puta que ésta sea —dijo Abbie entre lágrimas, obligándose a serenarse—.
Aquella noche, mis gritos alertaron al señor Winslow.
El pobre acababa de enviudar. Acudió en mi ayuda.
Aún quedaba un cartucho en la escopeta. Aquella vez, Randy no falló.
Fue condenado a muerte. Mi madre me culpó a mí de todo.
A los dos meses de aquello, la escuché hablar por teléfono.
Ella creía que yo no estaba en casa. Intentaba venderme a un desconocido por cuarenta pavos la noche.
Cuarenta míseros dólares —repitió con rabia—.
Lo justo para comprar dos botellas de Jack Daniel´s y una cajetilla de tabaco.
Me escapé por la ventana con algo de ropa en una mochila y un puñado de billetes.
El dinero se me acabó en Minneapolis. En pleno invierno —matizó, antes de enjugarse las lágrimas—.
No tenía a nadie a quien acudir ni nada que supiera hacer, más allá de gustarle a los hombres.
Me gasté mis últimos veinte pavos en un carné falso.
Después entré al primer club de striptease que encontré.
Seis años después, aquí estoy. Vendiéndome por voluntad propia para pagar la matrícula de un puto curso de cocina. Irónico, ¿verdad?
Escuchó a Jason soltar aire, como si hubiera estado aguantando la respiración mientras ella hablaba.
—No tenía ni idea —susurró—. No sé muy bien qué decir, Abbie. Nadie debería pasar por algo así.
—No te he contado todo esto para que intentes consolarme. Es que… llevaba demasiado tiempo ahí dentro. Supongo que lo estaba reservando para traumatizar a alguien con una infancia feliz.
Jason esbozó una breve sonrisa y se incorporó.
—Se me ocurre una idea. —Le tendió una mano. .
Abbie la aceptó y se dejó guiar hasta quedar colocada frente al capó de la pulponeta.
—Dame un minuto —le pidió, antes de desaparecer en el interior.
—¿Qué estás haciendo?
—Quizá no pueda cambiar tu pasado ni tu familia, pero creo que hay algo que sí puedo arreglar.
Unos instantes después, los faros del vehículo se encendieron y a sus oídos llegaron los suaves acordes de una guitarra acústica.
Jason se plantó ante ella y le tendió una mano en una clara invitación a bailar.
Abbie dudó entre salir corriendo o tirarse al suelo para partirse de la risa.
Al final, accedió y le rodeó el cuello con los brazos.
Comenzaron a bailar al ritmo suave y melódico de la música.
Las manos de Jason, más tímidas que torpes, parecían no encontrar ningún lugar lo suficientemente cómodo para quedarse quietas. Abbie las instaló en su cintura.
—¿Qué estamos escuchando? —preguntó ella en un susurro.
— Bachata Rosa —contestó él—. La canta un señor muy alto, con barba y con mucho más flow que yo. Aunque de eso ya te habrás dado cuenta.
Abbie ladeó la cabeza, intentando atrapar algo del sentido en esa melodía cálida y desconocida.
—Es bonita. Dime de qué habla.
—Habla de amor —respondió Jason, bajando la voz—. De querer a alguien tanto que todo lo demás deja de importar. De entregar lo mejor de uno mismo sin esperar nada a cambio. Es una de esas canciones que hacen que el mundo parezca un lugar un poco mejor durante unos minutos.
Abbie lo miró en silencio. No necesitaba comprender el significado de las palabras para saber que había verdad en ellas, para descubrir las promesas calladas detrás de cada pausa.
La melodía parecía acariciar el poco aire que separaba su boca de la de Jason.
No le besó. No quería abrir esa brecha. No estaba preparada para enfrentarse a lo que se iba a encontrar al otro lado.
Dejó caer la cabeza sobre su hombro e inspiró su aroma con fuerza, grabándoselo a fuego.
—No quiero volver —dijo, mientras la canción moría en estribillos que languidecían a cada segundo—. Al menos no esta noche.
—Puedes dormir en el futón que llevo detrás —dijo Jason—. Creo que llevo una tienda de campaña por algún lado.
—No seas remilgado y duerme conmigo. Estoy casi segura de que no ronco.