La reina en el bosque CAPÍTULO 6 #3
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CAPÍTULO 6 #3

Fue a decir algo, pero no encontró ninguna palabra en su vocabulario que le pareciera lo bastante digna para describir aquella sensación.

El cuchillo volvió a deslizarse, arrancando otra tira de carne de la que brotó un hilo de jugo brillante.

El olor se intensificó. El calor de la carne contrastaba con el frescor de la noche.

Masticó despacio, como si quisiera tatuarse aquel sabor en el interior de la boca.

Luego vino otra. Y otra. Y otra más. Cuando terminaron, Abbie había comido más del doble que Jason.

Quiso sentirse culpable, pero le fue imposible.

De hecho, habría vendido su alma al diablo por otros dos entrecots como aquellos.

—Es una pena que todo se acabe, pero así es la vida —dijo Jason, rompiendo el silencio que había reinado entre ambos durante la cena.

—No creo que pueda volver a comer otra cosa después de esto.

Jason sonrió y le ofreció una bolsa de plástico con cierre hermético.

—¿Puedes recoger las sobras mientras desmonto la parrilla?

—Claro —dijo Abbie—. ¿Por qué una bolsa hermética?

En ese momento, el aullido lejano de un lobo resonó en la noche. Abbie no pudo evitar un escalofrío. Hasta entonces, no había caído en la posibilidad de que algún animal salvaje decidiera unirse al picnic.

—Ahí tienes tu respuesta.

Una vez todo en orden, Jason avivó la hoguera y se unió a Abbie en la orilla, con el fuego a sus espaldas.

—¿Qué hora es? —preguntó.

—Pronto —respondió Jason sin mirar el reloj.

—Antes has mencionado a tu madre. ¿Heredaste de ella ese amor tuyo por la cocina?

—Mi madre me enseñó a seguir recetas paso a paso. Ese amor, como tú lo llamas, se lo debo a mi abuelo.

—¿Qué hay de tu padre?

—Es profesor de español en un instituto. Odia el sushi, pero hace unas tortillas de patata que te caes para atrás.

—Vaya lío. ¿Qué idioma habláis en casa?

—Depende de si recitamos haikus o poemas de Lorca.

Abbie sonrió.

—Seguro que tienen una historia preciosa.

—No te creas. Un buen día, mi padre entró al restaurante y pidió ramen. Mi madre se lo sirvió. Él le pidió un tenedor. La policía tuvo que intervenir. Mi padre volvió al día siguiente. Nueve meses después, nací yo.

Abbie rió a carcajadas.

—Háblame de ese restaurante.

—Comida tradicional japonesa. Nada de aguacate o mango en el sushi. Está en Palo Alto, muy cerca del campus de Stanford, donde estudia la mayoría de los chicos del campamento.

—¿Y no te gusta trabajar allí?

—Al contrario. Me encanta, pero cerramos durante casi todo el verano y aprovecho para escapar de la ciudad y ver mundo.

—¿Y solo vas por ahí, viajando sin rumbo fijo y haciendo sushi? —preguntó Abbie, muerta de envidia sana.

Jason negó.

—Ojalá, pero no tengo licencia. Este trabajo es algo excepcional.

Solo lo acepté porque pagaban muy bien y no hacían preguntas.

Me dedico a visitar lugares en los que nunca he estado antes, a conocer gente, a descubrir sabores nuevos, olores distintos.

Aprender. Vivir. Supongo que eso es lo que hago cuando no estoy entre fogones.

—Cierto pulpo morado no termina de encajar en tu historia.

—¿Míster Tako-san? —adivinó Jason.

Abbie asintió, sonriente.

—Te voy a contar un secreto: venía con la furgoneta cuando la compré. Siempre he imaginado que fue un proyecto de food-truck que nunca llegó a concretarse. Pensé en repintarla, pero no encuentro el valor para hacerlo. ¿Y tú qué? Cuéntame algo de ti que no sepa ya.

—¿Qué crees que sabes de mí? —preguntó Abbie.

—La verdad es que muy poco —admitió Jason—. Sé que te llamas Abigail y que enrollar maki no está entre tus virtudes.

—Una de dos —dijo Abbie.

Jason frunció el ceño.

—¿Cuál es tu verdadero nombre? Si puedes decírmelo, claro.

—Supongo que es lo justo. Tú me has contado un secreto y ahora yo debo contarte otro.

—¿Y bien?

—Mi nombre de pila es Gabrielle —confesó al fin.

—Pero entonces… —Jason tardó un segundo en dar con la abreviatura correcta—. ¿Gabbie?

—Eso díselo a mi hermano y a sus problemas de dicción. De pequeño estaba peleado con la letra G. Bueno... y con unas cuantas más. Por más que lo intentaba, solo le salía “Abbie”. Con el tiempo, todo el mundo empezó a llamarme así, incluida mi madre.

—¿Fue ella la que te enseñó a cocinar?

A Abbie se le escapó una carcajada amarga.

—Mi madre solo conocía una receta: bourbon con hielo —respondió—.

No, no fue ella. Fue la señora Winslow, una vecina que nos cuidaba cuando a mi madre se le acababa el alcohol en casa.

Me enseñó a hacer masa de galletas y poco más, pero los mejores recuerdos de mi infancia son de aquella mujer y su cocina. Supongo que con eso fue suficiente.

Abbie hizo una pausa para coger aire.

—Mi padre murió en un accidente de construcción cuando yo tenía cinco años —continuó—.

Apenas le recuerdo. Mi madre se entregó a la botella.

Malvivíamos del subsidio de viudedad. Pronto nos convertimos en eso que llaman “basura blanca”.

Nos mudamos a un parque de caravanas a las afueras de un lugar llamado Muldraugh, muy cerca de Fort Knox.

Allí tenía una amiga. Se llamaba Tiffany Twist. Su padre tenía un viejo Mercedes-Benz desvencijado al lado de su remolque.

Ni siquiera sé por qué recuerdo eso —dijo, sacudiendo la cabeza—.

No puedo decir que fuera una infancia muy feliz.

Entonces cumplí los catorce… Y todo cambió para mí.

—¿En qué sentido?