CAPÍTULO 6 #2
—No tienes de qué preocuparte —le dijo—. La pulponeta nunca me ha dejado tirado. Es solo que a esta vieja cascarrabias le gusta tomarse su tiempo para recordarme quién manda aquí.
—Espero que no le moleste que tengas compañía femenina.
—Quédate tranquila. Lo nuestro es algo espiritual.
El sol comenzaba a ponerse cuando la pulponeta se adentró entre pinos y abedules con aspecto de ser tan antiguos como el propio mundo.
Poco a poco, el campamento fue quedando atrás como un mal recuerdo.
En silencio, Abbie observó por el retrovisor cómo las luces se reducían hasta no ser más que un sutil parpadeo anaranjado.
No se permitió respirar tranquila hasta que desaparecieron por completo.
Bajó la ventanilla y dejó que el olor a resina y tierra inundara el interior.
—Me gusta —dijo Abbie.
Jason la miró sin comprender.
—Tu bandana, quiero decir. ¿Qué significa esa letra?
—Es un kanji . Se lee como kizuna . Significa algo parecido a “vínculo”. O “lazo”.
—Curioso… —murmuró Abbie—. ¿Dónde me llevas? Y no me digas que a alguna fiesta llena de niñatos y alcohol porque te juro que me tiro en marcha.
Jason sonrió y sacudió la cabeza de lado a lado.
—Tú elegiste la opción sorpresa, ¿recuerdas?
—Jason…
—Nada de fiestas. Confía en mí. Te prometo que el lugar merece la pena. Lo que no puedo prometerte es si recordaré cómo se llega.
Abbie le miró con los ojos abiertos como platos.
—Verás —comenzó a explicarse Jason—. De camino al campamento me perdí varias veces. En una de ellas acabé en un sitio bastante especial. Creo que memoricé bien la ruta, pero con esta luz todo me parece igual.
—¿Me lo estás diciendo en serio?
Jason se limitó a sonreír.
—Está todo controlado. Tú disfruta del paseo.
Abbie decidió abandonarse a su suerte. Algo sobre el salpicadero captó su atención. Resultó ser un folleto turístico de un pequeño pueblo situado a orillas del Lago Superior.
—Côte Sauvage. Minnesota —leyó.
—Lo cogí cuando paré a repostar —le explicó Jason—. Es el último reducto de civilización antes de que empiece todo este alarde de la naturaleza. —Señaló el bosque que parecía engullirlos por momentos—. Está a unas treinta millas al este de aquí, casi en la frontera con Canadá.
Abbie archivó aquel dato. Tras poner fin a la broma pesada de los antifaces, los chicos les aseguraron que no habían salido de Minnesota en ningún momento. Más allá de ese detalle, habían seguido estando a ciegas en lo que se refería a la ubicación exacta del campamento de los horrores.
—Parece… pintoresco. Bonito a su manera —dijo Abbie.
—Y lo es. Pero había algo raro en el ambiente de ese lugar. No sabría decirte qué era. Algo en la mirada de la gente que llegaba a incomodar. A lo mejor es cosa mía, pero no volvería allí de vacaciones.
—Como promotor turístico no tienes precio.
—Olvídalo. Seguro que es cosa mía y las buenas gentes de Cot Savach —o como demonios se pronuncie— son adorables.
Avanzaron varios minutos más hasta llegar a una bifurcación. El sendero principal mantenía la dirección hacia el este. El secundario, más estrecho, se desviaba hacia el norte.
—Creo que ya estamos cerca —dijo Jason mientras giraba el volante hacia la izquierda—. Llegamos justo a tiempo.
Por suerte, Jason había recordado bien la ruta.
Tras unos minutos más de baches y curvas, su destino se reveló ante ellos en todo su esplendor.
El bosque se abrió de pronto para dejar al descubierto un lago inmenso de aguas tan claras que reflejaban el cielo con una nitidez casi irreal.
La luz crepuscular lo teñía todo de rosas suaves y naranjas encendidos, convirtiendo cada pequeña onda en un destello de oro líquido.
No había barro, ni maleza, ni nada que rompiera la perfección de aquella orilla limpia.
Solo piedras lisas, agua pura y aire fresco.
Y silencio. Un silencio tan absoluto y colosal que parecía abarcar el mundo entero con su abrazo.
—Joder —susurró Abbie.
—Te dije que las vistas valían la pena —dijo Jason mientras sacaba la llave del contacto.
—Te habías quedado bastante corto.
Abbie avanzó hacia la orilla y sumergió las manos.
El agua no faltaba a su promesa. Fría, refrescante, renovadora.
Capaz de limpiar aquellas manchas que no podían verse a simple vista.
Por un momento, sintió una necesidad acuciante de despojarse de todas sus ropas y sumergirse hasta coquetear con la hipotermia.
Tras pensarlo un poco, decidió conservar las formas y permanecer vestida.
—Iré a buscar algo de madera para la hoguera.
Abbie apenas le escuchó. Se sentó en la orilla, con el agua lamiendo las suelas de las Converse, y se tomó su tiempo para disfrutar del anochecer.
Poco a poco, el crepúsculo terminó de apagarse hasta que el mundo quedó cubierto con un manto azul cobalto salpicado de estrellas.
Solo el crepitar del fuego la distrajo de aquel paisaje de ensueño.
Jason no había estado de brazos cruzados. Había encendido la hoguera y estaba montando una pequeña parrilla metálica que parecía bastante antigua. Abbie vio una nevera portátil a su lado. También había dispuesto un par de asientos plegables alrededor del fuego.
—Siento no haberte ayudado.
—Es tu noche libre.
Terminó de montar la parrilla y se sacudió las manos. Abrió la nevera y le ofreció una botella cubierta de una fina capa de hielo.
—¿Cerveza? —se extrañó Abbie—. Algo me dice que no vamos a cenar sushi.
Brindó con él. Luego bebió un largo trago. La cerveza estaba helada. Casi tanto como el agua del lago, pero más sabrosa.
—A veces hasta yo me canso de tanto pescado crudo. Pero no se lo digas a mi madre.
—¿Qué tenemos esta noche de menú?
—Ni más ni menos que la mejor carne del mundo.
—¿Wagyu? —preguntó Abbie ilusionada. Nunca lo había probado y se moría por hincarle el diente a uno de esos milagros marmoleados de grasa.
—Mejor —dijo, mientras le mostraba dos entrecots bastante gruesos con un veteado que hacía salivar solo con verlos—. Estas dos preciosidades son de rubia gallega.
—Rubia, ¿qué?
—Gallega —repitió Jason, despacio—. Viene del norte de España. No tiene la fama del wagyu, pero es un bocado digno de dioses. Ahora podrás comprobarlo.
—Tiene buena pinta, lo admito. No debe ser fácil conseguirla.
—Imagino que apellidarse Stapleton ayuda.
Abbie arqueó una ceja.
—¿Stapleton? ¿Como los Stapleton del petróleo?
Jason asintió mientras comprobaba la temperatura de la parrilla. Dio un sorbo a la cerveza y alzó la mirada hacia ella.
—Preston Stapleton es su hijo. Su primogénito. Pero no le digas que te lo he dicho yo.
Abbie lanzó un silbido. La fortuna de los Stapleton figuraba entre las más grandes del mundo.
Aquella conversación despertó en ella una curiosidad incómoda que no podía ser satisfecha sin enrarecer el aire que Jason y ella compartían en ese momento.
¿Cuál sería el apellido de Cody? ¿Cómo había hecho fortuna su familia?
¿Era tan sumamente odioso fuera del campamento como lo era dentro?
Decidió tragarse todas aquellas preguntas.
No pensaba estropear la noche hablando de ese gilipollas.
—¿Cómo se prepara una carne así? —preguntó Abbie, ávida de conocimientos culinarios.
—De la única forma posible: respetándola.
—La frase te ha quedado preciosa, pero necesito más detalles.
—¿Vas a tomar notas?
—Puede que lo haga. Deja de hacerte el interesante y desembucha.
Jason se puso manos a la obra. Con la ayuda de una rama fue apartando la madera que aún ardía y amontonó las brasas incandescentes bajo la parrilla.
—Hay que asegurarse de que la carne esté atemperada y de que la parrilla esté bien caliente —le explicó—. Y, sobre todo, evitar todo contacto entre llama y carne. Achicharrar un corte como éste debería estar penado con cárcel.
Dicho esto, cogió uno de los entrecots y le roció unos granos de sal por encima.
—Sal marina. Que sea gruesa —dijo en un tono que no permitía discusión—. Nada de pimienta, orégano ni demás blasfemias.
—Entonces… ¿descartamos el kétchup y la salsa barbacoa?
—Ponle una gota de cualquier salsa… y tú y yo tendremos un problema muy serio.
Jason depositó la carne sobre la parrilla. No lo hizo de cualquier manera, sino con sumo cuidado, casi con mimo. El chisporroteo llenó el silencio mientras el aroma de la grasa fundiéndose empezaba a invadir el aire. Las tripas de Abbie comenzaron a rugir.
—Dos minutos por cada lado para conseguir una buena costra. Después, subir un poco la parrilla y dejar dos minutos más.
—¿Al punto?
Jason negó con la cabeza.
—Poco hecha. Esto no es una hamburguesa.
Pasado el tiempo establecido, Jason apartó el primer entrecot, lo tapó con papel de aluminio y empezó a repetir la operación con el segundo.
—Puedo cortarlo si quieres —dijo Abbie.
—Deja que repose hasta que los jugos se redistribuyan.
—Pues ya pueden darse prisa los jugos por redistribuirse. Me muero de hambre y esto huele a gloria.
—Solo cinco minutos —dijo Jason.
—No prometo nada.
Una vez satisfecho, Jason apartó el segundo entrecot y empezó a cortar el primero en tiras. La hoja del cuchillo se deslizaba a través de la carne como si fuera mantequilla caliente. Al fin, alzó el plato hacia ella y le ofreció probarlo. Abbie cogió una tira y se la metió en la boca.
Tuvo que hacer un esfuerzo para no llorar de alegría ante las sensaciones que se desencadenaron en su paladar.
La costra exterior, fina y crujiente, cedió de inmediato, revelando un interior tibio y jugoso que se rendía sin resistencia.
La grasa infiltrada se deshacía al mínimo contacto, inundándolo todo con un sabor intenso y a la vez sorprendentemente delicado.
El humo de las brasas y el punto justo de sal terminaban de redondearlo.
Incluso después de tragar, el sabor seguía allí, negándose a desaparecer.