La reina en el bosque CAPÍTULO 6
17%

CAPÍTULO 6

El aire estaba saturado de humedad y de fragancias dulzonas.

Champú de fresa, crema hidratante de coco, perfume de vainilla.

Más que respirar, Abbie tenía la sensación de estar repitiendo postre en cada inhalación.

Se abrió hueco entre un ejército de chicas semidesnudas armadas con secadores y planchas para el pelo.

Alguien había desempañado el espejo antes que ella.

Se miró un par de veces y asintió conforme.

Aquel era el look que buscaba. Shorts negros con un corazón de pedrería en la pernera izquierda, un top de hombros descubiertos con el logo de Nirvana y unas Converse de lona, también negras.

Cómodo, con un punto de elegancia y, sobre todo, dejaba claro que aquella noche no estaba de servicio.

Satisfecha con el vestuario, le tocaba el turno al peinado.

No pensaba acudir a su cita con Jason con una cola de caballo, aunque tampoco quería nada demasiado barroco o que le hiciera pensar que llevaba horas ante el espejo.

Desenfundó las horquillas y comenzó con las probaturas.

Descartó todo tipo de coletas, incluidas las de colegiala.

Lo último que quería era tentar a la suerte y despertar en él algún fetiche latente.

Los moños tampoco terminaban de convencerle.

¿Una trenza? De ninguna manera. Al final se decantó por un recogido que dejaba algunos mechones sueltos sobre los hombros.

Si algo tenía claro para aquella noche era que no iba a maquillarse.

Jason solo la había visto en la cocina, con la cara lavada —o manchada de salsa de soja— y con la coleta suelta y torcida.

Habría sido absurdo. Por no hablar de que era el único hombre en años que no la miraba como si fuese un producto a la venta.

Aquella noche no iba a exponerse tras ningún escaparate.

Aun así, se acercó al espejo. La vida nocturna de la última semana empezaba a pasar factura: ojeras incipientes, labios agrietados.

Nada que una pizca de corrector y un poco de brillo invisible no pudieran arreglar.

Al fin y al cabo, mostrarse natural no era sinónimo de ir por ahí hecha un adefesio. No en su diccionario.

Cerró el neceser justo en el momento en que una de las chicas ocupó el lavabo contiguo.

Vestía un corsé de encaje negro con costuras rojas, tan ceñido que cada movimiento parecía calculado.

Llevaba una minifalda negra, corta hasta lo ridículo, y medias de rejilla que alargaban unas piernas ya de por sí infinitas.

Labios rojo pasión. Pestañas postizas. El pelo alisado le caía sobre los hombros como una cascada de tinta negra.

Abbie tuvo que hacer un esfuerzo para reconocerla.

No por aquel disfraz de vampiresa sexy. Tampoco por el maquillaje a medio camino entre lo sofisticado y lo bizarro.

Era algo más profundo. La forma de pisar el suelo, de ocupar el espacio, de ignorar las miradas ajenas.

No había ni rastro de la chica febril y asustada que días atrás le había implorado que no la dejara sola.

No solo era otra mujer, sino que pertenecía a una especie distinta.

—Joder, Kim. Estás preciosa —le dijo.

Kim desvió la mirada una fracción de segundo. No hacia Abbie, sino a su reflejo en el espejo. Continuó perfilándose los labios como si no la hubiera escuchado.

—Supongo que como cualquier puta —dijo una vez hubo acabado—. De eso se trata, ¿no? De estar guapa, de mantener la boca cerrada y las piernas abiertas.

El tono de su voz cortaba. Abbie no supo qué contestar.

Le hubiera gustado decirle que no era ninguna fulana, sino la mujer más valiente que había conocido, la mejor hermana del mundo.

Que muy pocas hubieran tenido el coraje suficiente para hacer aquello por pagar unas facturas de hospital.

Le hubiera gustado decirle todo eso y más, pero no era el momento ni el lugar.

En vez de eso, se fijó en sus manos, en sus uñas.

Largas, pintadas de rojo sangre y acabadas en punta. Eran las garras de una depredadora.

—¿Son postizas? —preguntó.

Abbie ya conocía la respuesta y la verdad era que le importaba entre poco y nada si eran postizas, naturales o estaban hechas de diamante. Solo quería derribar aquella barrera que Kim había puesto entre ambas sin motivo aparente.

—Como casi todo aquí —contestó Kim con frialdad.

Suspiró. No parecía dispuesta a ponérselo fácil y el tiempo se le echaba encima. En menos de diez minutos había quedado con Jason en el aparcamiento.

—No dejes que toda esta mierda destruya quién eres en realidad.

Un titubeo en la mirada la delató. Aquellas palabras habían encontrado una grieta en su coraza.

—Tú no sabes quién soy, Abbie. No creas que me conoces porque un día me invitaste a desayunar rollitos de salmón.

Aquello escoció. No fue el tono, que también, sino la injusticia que impregnaba aquellas palabras.

—No tengo tiempo para esto, Kim. Y no creo que me lo merezca.

Kim terminó de retocarse el carmín. Cerró el pintalabios con un chasquido seco y apoyó las manos sobre el lavabo. La mandíbula tensa, los ojos encendidos clavados en los de Abbie.

—Claro que no. Te mereces algo mucho peor, zorra —dijo al fin.

Fue poco más que un susurro, pero dolió como un balazo. Abbie giró la cabeza hacia la Kim real. Ya se había cansado de tratar con un reflejo.

—¿Qué me has llamado?

—No finjas que no lo has oído.

Abbie sintió cómo la sangre le subía a la cara. Hasta ahí había durado su paciencia. Unas horas antes se había quedado con ganas de apuñalar a Cody. Ahora aquella niñata se estaba ganando a pulso pagar los platos rotos.

—¿Ah, sí? —La voz le salió más alta de lo que pretendía—. Al menos ten el valor de decírmelo a la cara y no al puto espejo.

El murmullo del baño bajó de golpe. Los secadores callaron.

Las líneas de rímel quedaron incompletas, expectantes.

Muchas de las chicas se giraron hacia ellas sin ningún tipo de disimulo, deseosas de espectáculo.

Pero a Kim no pareció importarle. Se volvió hacia ella con lentitud, como una puerta mal engrasada que nunca termina de cerrarse.

—¿Quieres que te diga las cosas a la cara?

De acuerdo. —Le sostuvo la mirada sin pestañear—.

Me usaste, Abbie. Desde el primer día. Desde que te sentaste conmigo porque no encontraste otra mesa vacía.

Me utilizaste como a una muleta, para no caerte.

Solo querías a alguien que te mantuviera a flote.

Y en cuanto apareció ese novio tuyo, dejé de existir para ti.

Abbie sintió cómo se le apretaban los puños. Aun así, decidió tender el último puente entre Kim y ella.

—No hagas esto, Kim. No descargues toda esta mierda sobre mí. Yo no tengo la culpa de nada de lo que te está pasando.

—Claro que lo es. Te hiciste la buena conmigo, la protectora. La que pregunta si he comido, si tengo fiebre, si estoy bien. Pero no era por mí. Era por ti. Para sentirte útil. Para no pensar en tu propia miseria. En cuanto le echaste el ojo al cocinero, te olvidaste de mí.

A Abbie se le acabaron los puentes y la paciencia.

—¡Te ayudé cuando lo necesitabas! —gritó—. Como haría cualquiera con un mínimo de humanidad. ¿Acaso sabes lo que es eso?

Kim se rió por lo bajo, pero no había alegría. Solo veneno.

—¿Humanidad? Por favor.

—¿Y qué esperabas que hiciese? —explotó Abbie—. ¿Que te cogiera de la mano y te consolase mientras uno de esos gilipollas te echaba un polvo? No fui yo quien te apuntó para venir a este puto sitio. Fuiste tú, Kim. Y no sé si te has dado cuenta, pero yo no soy tu madre. ¡Tú y yo no somos nada!

La última frase rebotó en las baldosas con una violencia seca. Varias chicas se miraron entre sí. Nadie dijo una palabra. Solo se escuchaba el goteo de una ducha mal cerrada al fondo del baño.

Abbie jadeaba. Sentía la garganta arder. El pecho le latía como si hubiera corrido una maratón.

Kim no desvió la mirada en ningún momento. Pero algo en su expresión había cambiado. No era rabia. Tampoco dolor.

Era vacío.

—Ahora me doy cuenta —dijo, con una calma aterradora—. Tú y yo no somos nada.

Abbie dio un paso atrás.

—Me alegro de que te haya quedado tan claro. Procura disfrutar de la noche.

No dio opción a réplica. Salió de allí casi a la carrera, cerrando la puerta tras de sí. La humedad del baño quedó atrás, pero la sospecha de que acababa de despedirse para siempre de Kim no dejó de perseguirla.

Ni Miyagi en su versión octópoda consiguió animarla un poco.

Jason la esperaba apoyado en el capó, con el motor encendido.

Si se había arreglado para la ocasión, desde luego no lo parecía.

Vaqueros rotos y desgastados, camiseta blanca y una bandana negra con una letra japonesa bordada.

Sin embargo, notó algo raro en él. Algo distinto que no supo reconocer en ese momento.

Frunció el ceño nada más verla aparecer.

—¿Puedo decirte que estás muy guapa sin temor a llevarme un mordisco?

Abbie se obligó a serenarse y a sacarse de la cabeza a aquella ingrata disfrazada de reina de las tinieblas.

—Lo siento, Jason. Hoy está siendo uno de esos días.

—Podemos dejarlo si no te encuentras bien.

Abbie puso cara de espanto y negó con la cabeza.

—¿Para quedarme encerrada en ese barracón mientras me regodeo en mi miserable existencia? No, gracias. Sácame de aquí, por favor. Lo más lejos posible. No te preocupes por el combustible. Yo lo pago.

Jason sonrió.

—Tranquila. El depósito está lleno. —Le abrió la puerta del copiloto y la invitó a subir.

—Gracias, caballero. Por cierto, ¿te has hecho algo en el pelo?

Jason bajó la mirada. Parecía un poco avergonzado.

—Me he peinado —murmuró tras un instante de silencio—. O lo he intentado al menos. No estoy muy seguro de saber cómo se hace.

Abbie tomó asiento sonriendo y esperó a que él se pusiera al volante. La palanca de cambios chirrió al meter primera y el motor amenazó con calarse un par de veces. Abbie tragó saliva y cruzó los dedos. Jason rió.