CAPÍTULO 5
Su cuerpo dejó de pertenecerle.
No fue algo inmediato, más bien una rendición progresiva, como si cada turno fuese limando una capa más de su voluntad.
Después de cuatro noches, Abbie dejó de pensar en lo que ocurría entre las diez de la noche y las cinco de la madrugada.
Era más fácil así. Convertir aquellas horas en una franja borrosa, en un túnel que se recorría a ciegas y del que una despertaba cubierta de sudor ajeno, con los labios secos y los nudillos enrojecidos de tanto apretarlos contra las sábanas.
Después, una ducha demasiado larga que nunca bastaba para sentirse limpia.
La mayoría de noches era solo uno. A veces eran dos, aunque nunca juntos.
A veces uno que hablaba demasiado; otras, uno que no abría la boca.
Casi todos eran pura vulgaridad envuelta en ropa de marca y perfumes caros.
Pero, de vez en cuando, aparecía alguno que buscaba un noviazgo de unas horas.
Esos sonreían con ternura, pedían por favor y fingían algo parecido a un respeto que jamás tendrían por ninguna mujer.
Esos eran los peores: los que se ofendían si una no correspondía con una sonrisa dócil, los que confundían silencio con ingratitud y trabajo con placer.
Cody seguía siendo una amenaza. Aún no la había requerido —aquel era el término que empleaban— en su cabaña, pero podía sentir su presencia siempre cerca, latente.
Aún no la había tocado, no de verdad. Solo algunas frases lanzadas con media sonrisa, una mano que le rozaba la espalda baja al pasar cerca, una mirada demasiado larga desde el otro lado del salón.
Sabía que todos aquellos gestos eran el equivalente al hormigueo que anuncia una infección: todavía no duele, pero ya es demasiado tarde para evitarla.
Por su parte, Kim se había unido a ellas tras las dos noches de descanso.
No parecía estar en plena forma, pero al menos no tenía fiebre.
Durante el día, se calzaba unas botas de senderismo y desaparecía por el único camino que llegaba al campamento, como si estuviese ensayando una huida.
A la vuelta, traía los ojos enrojecidos y una excusa que nadie le pedía.
Abbie intentaba animarla, pero apenas conseguía sacarle una sonrisa tímida y algún «estoy bien» que ninguna de las dos se creía.
De día, el campamento se disfrazaba de resort de verano, como si lo ocurrido por la noche no fuese más que un mal sueño compartido.
Toallas al sol, música de fondo, cócteles demasiado cargados…
Al contrario de lo que había imaginado al llegar, los chicos no se pasaban el día jugando al frisbee medio desnudos.
Preferían la comodidad de la sala común, donde hablaban de negocios u organizaban timbas de póquer con botes que a Abbie se le antojaban astronómicos.
Por su parte, la mayoría de las chicas aprovechaba para dormir, tostarse la piel bajo el sol y tachar los días que les quedaban para terminar aquel maldito trabajo y volver a casa.
Abbie encontró su refugio en la cocina.
En aquella estancia blanca y silenciosa, el mundo dejaba de doler un poco. Allí no había espejos ni presencia alguna que le recordase cuál era el motivo real de su presencia allí. El único reflejo era el de sus manos sobre el acero pulido de la encimera. Trabajando, aprendiendo.
Jason ya estaba allí cuando ella llegaba.
Siempre. No hablaba más de lo imprescindible.
Le enseñaba con movimientos exactos, sin prisas ni alardes.
Le pasaba el cuchillo correcto, corregía el corte y seguía con lo suyo.
Trabajaba con una naturalidad tan absoluta que resultaba imposible apartar la vista.
El primer día, fiel a su promesa, le enseñó a lavar arroz y a cocerlo con la precisión de un cirujano.
El segundo, a cortar salmón sin que Jack el Destripador se sintiera orgulloso.
El tercero, a no perder los nervios mientras intentaba montar un nigiri decente.
Cada día, una lección nueva. Una pequeña victoria que no necesitaba aplausos ni palmaditas en la espalda.
La primera vez que él le ofreció un trozo de atún rojo marinado sobre una bolita de arroz aún tibio, Abbie no supo qué decir.
No estaba acostumbrada a gestos como aquel.
Lo aceptó en silencio, con los ojos cerrados y la boca abierta.
Algo dentro de ella cedió en ese preciso instante.
Un nudo antiguo, una tensión que había estado allí desde siempre.
Jason no dijo nada. Siguió montando nigiri como si tal cosa. Aquel era su mundo.
Y durante unas horas al día, ella tenía la suerte de compartirlo.
De vuelta al barracón solo encontró silencio.
Ni siquiera entre ellas hablaban demasiado de lo que pasaba en las cabañas.
El pacto era tácito: lo que pasaba durante la noche moría con la llegada del amanecer.
Pero la piel recordaba: arañazos, mordiscos, hematomas, pequeñas marcas que desaparecían en un par de días y otras que tardaban un poco más.
Ninguna lo bastante grave como para quejarse.
Todas lo bastante reales como para no ser olvidadas.
Kim dormía. Al menos fingía hacerlo. No la había visto desde primera hora de la noche. Estaba de lado, abrazada a una almohada como si se tratara de un salvavidas, cubierta hasta el cuello por una sábana blanca. Respiraba como si algo le pesara en el pecho.
Intentando no despertar a nadie, Abbie se sentó al borde de su cama.
Los muslos le ardían por dentro. La espalda protestaba con cada respiración.
Tenía los pies sucios de tierra y había una mancha en su pierna izquierda cuyo origen le era desconocido.
No se atrevió a mirarla de cerca. Se quedó sentada un buen rato, mirando la ventana cerrada, escuchando la respiración de las chicas, el zumbido lejano del generador, el crujido de las ramas allá afuera.
La noche había terminado. La décima. No había sido la peor.
Dos chicos. Uno al que ya conocía de un requerimiento anterior y otro que no era Cody. Al menos habían dejado buenas propinas.
La siguiente sería su noche libre.
Enrollar maki tenía su truco. Y Abbie estaba a años luz de dominarlo.
Los granos de arroz se le pegaban a los dedos como virutas de hierro a un imán.
Las láminas de nori parecían tener voluntad propia; giraban en todos los ángulos posibles menos en el que Abbie deseaba.
Si hacía el menor esfuerzo por corregirlas, las muy hijas de puta se resquebrajaban por cien sitios diferentes.
A pesar de todas estas dificultades, había conseguido cerrar tres rollos.
El primero fue un insulto imperdonable a la gastronomía japonesa.
El segundo parecía un accidente de tráfico envuelto en arroz y el tercero le recordó a un porro de marihuana liado con prisas.
Jason observaba en silencio sus pocos avances.
Estaba de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho. Sus ojos buscaron los de Abbie cuando la enésima lámina se quebró. No había reproche ni condescendencia en aquella mirada. Solo una calma desconcertante y quizá una pizca de algo que hasta entonces no había visto.
—Te olvidas de algo muy importante —dijo él.
Frustrada, se limpió las manos en el delantal y empezó a borrar las pruebas que su crimen había dejado sobre la esterilla de madera.
—Ilumíname, sensei .
—Estás haciendo maki , no empujando un coche que se niega a arrancar.
Abbie se giró hacia él, descolocada por completo.
¿Aquello había sido una broma o le estaba cayendo su primera bronca?
Él la sacó de dudas con una gran sonrisa.
A ella se le escaparon varias carcajadas que resonaron en toda la cocina.
Limpias, sinceras. Hacía tanto que no se reía así que el sonido le resultó ajeno.
—Perdón —dijo—. Creo que esto del maki no es lo mío.
—Nunca le pidas perdón a la comida. No suele guardar rencor. Inténtalo de nuevo.
Jason le acercó una esterilla limpia y seca.
Abbie dispuso los ingredientes sobre los listones de madera, lanzó un suspiro y comenzó a enrollar.
Jason se acercó a ella por detrás. Sin pedir permiso pero sin invadir.
No la tocaba, pero podía sentir su calor, su olor.
Jabón neutro, jengibre, vinagre de arroz.
Ni rastro de perfumes con los que enmascarar el deseo lascivo que solía perseguirla por cada rincón de aquel puto lugar.
No había urgencia, ni hambre. Solo un hombre detrás, respirando cerca.
Y por primera vez en mucho tiempo, aquello no la aterraba.
—Sin forzarlo. Sin tensión —dijo Jason en voz baja—. Deja que el nori haga el trabajo por ti.
Corrigió el ángulo de sus muñecas con un toque breve, técnico. Su tacto era firme y preciso. Bastó aquel roce para que el vello de la nuca se le erizara. Su corazón comenzó a bombear con fuerza.
—¿Nerviosa? —preguntó en un susurro.
—Un poco… —respondió con la boca seca.
—Tranquila. Nunca he visto un maki quejarse por mucho que le maltraten.
Abbie ahogó una carcajada nerviosa.
—Al final vas a tener sentido del humor y todo.
—Concéntrate, Abbie-san.
Abbie asintió. Respiró hondo e hizo girar la esterilla hasta que se cerró por completo. El resultado quedaba lejos de la perfección, pero al menos tenía aspecto de rollo de maki. Y aquello era mucho decir.
—¿Ves lo que ocurre cuando te concentras?
Abbie se giró sonriendo, orgullosa de su pequeño éxito. Jason seguía allí, a un palmo escaso de distancia. Tan cerca que quedó atrapada entre su cuerpo y la encimera. Él asintió despacio, sin dejar de mirarla. ¿Aprobaba su maki o estaba a punto de besarla? Decidió esperar acontecimientos.
La puerta de la cocina le robó una respuesta que comenzaba a intuir.
La hoja chocó contra la pared como si un bisonte la hubiera embestido desde el otro lado.
Los cacharros colgados tintinearon con violencia.
Jason volvió a los fogones mientras que Abbie fingió estirar una lámina de nori que ya no podía estirarse más.
—Vaya, vaya… ¿Qué tenemos aquí?
No le hizo falta girarse. Era Cody. Abbie le dedicó una mirada breve por encima del hombro.
El cabrón la observaba desde el umbral, empapado en sudor.
Traía el torso desnudo y los pectorales hinchados por el entrenamiento.
Los abdominales se le marcaban como esculpidos en piedra.
Por cómo le sonreía, había visto más de lo que a ella le hubiera gustado.
—De haber sabido esto, me habría apuntado a clases de cocina.
—¿Necesitas algo? —dijo Jason. Su tono no resultó agresivo. Sí tajante—. Sabéis que no me gusta que me molesten mientras estoy trabajando.
—Y ahora entiendo por qué —contestó Cody—. Oye, rubia, sabes que a éste no tienes que tirártelo si no quieres, ¿verdad?
Abbie cerró los ojos y respiró hondo. No abrió la boca.
De hacerlo, ya podía darse por despedida.
La vergüenza y la rabia comenzaron a concentrarse en el nudo de su garganta.
Las lágrimas luchaban por salir. No lo permitió.
No por aquel trozo de mierda. No delante de Jason.
Volvió a abrir los ojos. Los cuchillos de sushi parecían brillar con un propósito nuevo.
Empuñó el más grande que tenía a su alcance.
—¿Has venido a por algo o solo a demostrarnos que eres un gilipollas?
Cody no respondió de inmediato. Abbie le escuchó adentrarse en la cocina. Sin prisa. Con una lentitud exasperante. Podía sentir aquellos ojos azules clavados en su espalda. La mano que sujetaba el cuchillo temblaba de rabia.
—Sal de mi cocina, Cody.
No sonó a petición educada. Aquello era una amenaza en toda regla.
—No lo volveré a repetir.
—Relájate, chef —dijo Cody en tono amistoso. Incluso se permitió reírse un poco—. Solo he venido a por un poco de agua. Nada más.
—Nevera del fondo. Arriba. Date prisa.
Abbie le escuchó alejarse. Unos segundos después, la puerta de la cocina volvió a abrirse. Esperó a que se cerrara. El momento se resistía.
—No te canses mucho, rubia —le escuchó decir—. Puede que esta noche me apetezca bailar un poco contigo.
La puerta se cerró al fin. Abbie soltó el cuchillo, pero fue incapaz de contener el llanto ni un segundo más. Jason intentó acercarse, pero ella lo detuvo con un gesto de la mano.
—Todo esto ha sido un error —dijo, entre lágrimas.
—¿A qué te refieres?
Aquella era una buena pregunta. Se refería a aquellas clases de sushi, a fingir durante el día que no hacía lo que sí hacía durante la noche, a hacerse ilusiones como una estúpida quinceañera, a permitirse soñar con una vida normal.
A creer que de todo aquello podía salir algo bueno. A eso se refería.
—¡Joder! —gritó, dando rienda suelta a toda la rabia contenida—. No debería estar aquí. Nunca debería haber venido.
—No tienes que hacer nada que no quieras.
Abbie se giró hacia Jason. Se enjugó las lágrimas y le dedicó una sonrisa amarga.
—Pues no recuerdo haber hecho otra cosa en toda mi vida.
—Puedo sacarte de aquí si es lo que quieres —dijo Jason.
Abbie hubiera preferido un «puedo llevarte conmigo», pero no le quedó más remedio que conformarse con aquello.
—No es tan fácil. Necesito el dinero. Es mi puerta de salida a toda esta mierda. ¿Entiendes?
Jason se encogió de hombros. No parecía entenderlo, pero tampoco insistió.
—Como quieras. Pero cuídate mucho esta noche.
—Es mi noche libre —recordó Abbie—. Ese desgraciado no me pondrá ni un dedo encima.
—En ese caso, creo que se me ocurre algo. ¿Te lo cuento o prefieres que sea una sorpresa?
Abbie se secó las últimas lágrimas.
—Siempre me han gustado las sorpresas. Lo malo es que las mías suelen acabar regular.
Jason sonrió.
—Tranquila. Acabará bien. Te espero a las nueve en el aparcamiento. Yo llevaré la cena.
—Allí estaré. Y… gracias por todo, Jason.