CAPÍTULO 4 #3
El sonido de un motor renqueante procedente de la espesura.
Instantes después, una furgoneta desvencijada emergió de entre los árboles con un traqueteo agónico y se detuvo en mitad del aparcamiento.
Era vieja. La pintura blanca se descascarillaba por todas partes.
Desde el lateral, un pulpo morado con un parecido más que sospechoso con el Señor Miyagi le dedicaba una sonrisa mientras empuñaba un cuchillo de sushi con cada uno de sus tentáculos.
Abajo, pintado a pincel con letras de estilo japonés, podía leerse: MR. TAKO-SAN.
La imagen le robó una sonrisa a Abbie.
La puerta se abrió y de su interior salió un chico vestido con unos vaqueros rotos por mil sitios distintos, una camiseta blanca con aspecto de tener más años que él mismo y una bandana roja que envolvía una maraña de pelo negro y rebelde.
Él la miró con unos ojos rasgados y oscuros que parecieron sonreírle antes incluso que sus labios.
—Hola —dijo, mientras cerraba la puerta a su espalda—. ¿Esto es Olympus o me he vuelto a perder?
—Estás en el lugar correcto. Por desgracia —contestó Abbie.
El recién llegado dejó escapar un suspiro de alivio.
—Menos mal. Ya me veía durmiendo en mitad del bosque.
—Tú debes de ser Jason, el del sushi —dijo Abbie, recordando el discurso de Preston.
Sin dejar de sonreír, él asintió.
—Jason, el del sushi, a su servicio. Y tú eres…
—Abbie —dijo ella, estrechándole la mano que le ofrecía.
—¿Solo Abbie? Podrías ser Abbie, la de la maleta enorme.
Abbie miró el equipaje de Kim.
—Ni siquiera es mía. Solo Abbie. De momento.
Las manos tardaron en soltarse un instante más de lo necesario. No fue deliberado.
Solo ocurrió.
—Creo que debería ir a…
—Sí, yo también debería empezar a descargar.
Mientras caminaba de vuelta hacia la enfermería, la maleta de Kim rodando tras ella, Abbie no podía evitar pensar en él.
«Jason, el del sushi…»
Jason, el de la sonrisa que llegaba antes que las palabras.
Jason, el primero en años que la había mirado sin ese brillo de hambre en los ojos.
No era exactamente que le hubiera gustado.
O tal vez sí. Pero había algo en él… algo que no encajaba con aquel lugar ni con el espectáculo de testosterona que dominaba el campamento.
Era como si perteneciera a un mundo distinto.
Uno que Abbie ni siquiera estaba segura de que existiera.
Y luego estaba la furgoneta. Ese pulpo hortera y risueño que parecía un cruce bastardo entre Karate Kid y un restaurante para turistas de Osaka. Jason no solo no lo ocultaba: lo llevaba con orgullo. Con sentido del humor. Como si no tuviera nada que demostrar.
«Jason, el del sushi…»
Sonrió sola, mientras subía los peldaños de la enfermería y dejaba la maleta a los pies de la cama donde Kim ya dormía. Aún tenía la frente perlada de sudor, pero respiraba tranquila.
Salió sin hacer ruido.
De regreso al aparcamiento, lo encontró donde lo había dejado. La furgoneta estaba abierta y Jason estaba sacando cajas de cartón del interior con una calma casi zen. A un lado ya había dejado dos sacos enormes de arroz y un par de neveras de plástico con cierres azules.
Los brazos de aquel chico se tensaban con cada esfuerzo. No eran músculos de gimnasio. Eran músculos de cargar peso, de madrugar, de ganarse el pan a diario.
Jason alzó la cabeza y volvió a sonreírle.
—¿Otra vez tú? —preguntó—. Voy a empezar a pensar que eres una acosadora o algo así.
—No te emociones demasiado —dijo Abbie—. Solo vengo a por mi bolsa.
—Una lástima. Nunca he tenido una acosadora. Otra vez será, supongo.
Abbie se rió por lo bajo. Él también.
—¿Te echo una mano con eso? —preguntó ella.
—Estoy bien. Pero si quieres, puedes llevarte uno de los sacos. Vienen genial para hacer sentadillas.
—Creo que paso. El viaje de hoy ya me ha dejado los glúteos al dente, pero gracias de todos modos.
Jason se agachó para abrir una de las neveras y revisó algo en el interior.
Luego se incorporó y volvió a mirarla. No abrió la boca, pero sus ojos parecían interrogarla sobre si había algún otro motivo para que siguiera allí, inmóvil como una estatua y bajo un sol de justicia en mitad de un aparcamiento.
Abbie dudó un segundo. Luego decidió tirarse a la piscina con la esperanza de que aquella estuviese llena y no fuese un mero agujero en el suelo como la del campamento.
—Quería… proponerte algo.
—Tú dirás.
—Soy… bueno, quiero aprender cocina. Me gusta. Mucho. Pero aún no tengo ni título ni formación profesional ni nada. Solo muchas ganas. Y, bueno… —señaló con la barbilla la ilustración del pulpo en la furgoneta—. He pensado que si tú eres Jason el del sushi, yo podría ser tu… no sé… ¿aprendiz?
Jason la miró un segundo. Después se echó a reír. No fue una carcajada fuerte, sino una risa cálida, honesta.
—¿Quieres que sea tu sensei del sushi?
—Solo si no me haces encerar la furgoneta primero.
—No prometo nada —dijo, todavía sonriendo—. Pero está bien. Considera que acabas de ingresar en la escuela de Tako-san .
—¿En serio?
—Y tanto.
Jason se agachó, agarró un cucharón de madera y se lo acercó como si le estuviera entregando una espada ceremonial.
—Primera lección: lavar arroz. Lavar mucho arroz. Hasta que el agua salga limpia. Nada de prisas.
—¿Y la segunda?
—Cocer arroz. Sin cagarla, a poder ser.
Abbie asintió con solemnidad.
—Lo de cocer sin cagarla suena más complicado de lo que parece.
—Lo es. Pero no te preocupes. Tu sensei estará vigilando.
—Gracias, sensei.
—De nada, Abbie-san.