CAPÍTULO 4 #2
—No es nada —aseguró ella—. Por favor, no les digas nada o…
Pero Abbie ya se alejaba de ella.
—¡Preston!
El chico del discurso bajó de la mesa con la agilidad de quien está acostumbrado a caer siempre de pie. Recuperó su sonrisa de político mientras se acercaba a ellas.
—Hola, chicas. ¿Qué? ¿Impacientes por comenzar?
—Puedes apostar a que no —dijo Abbie, evitando sonar demasiado insolente—. Se trata de mi amiga. Lleva con fiebre todo el viaje y…
La sonrisa de Preston desapareció como por ensalmo. Dio un paso atrás, luego otro, como si de pronto hubiera recordado que tenía cosas importantes que hacer.
—Esperad aquí —dijo, separándose aún más de ellas—. Voy a por alguien que no tenga fobia a los gérmenes.
—Me van a largar por tu culpa —dijo Kim.
—No digas tonterías. Seguro que tienen medicamentos. Pide ser la primera en librar y tendrás dos días enteros para recuperarte sin perder ni un dólar.
La lógica de su explicación pareció convencer a Kim, que no volvió a abrir la boca. Ni un minuto después, uno de los chicos se presentó ante ellas. Llevaba el pelo rizado peinado hacia atrás bajo una capa de gomina casi tan gruesa como los cristales de sus gafas.
—Me llamo Thomas. Preston me ha dicho que una de vosotras no se siente bien.
—Es ella. Ha tenido fiebre durante todo el viaje. Eres un poco joven para ser médico, ¿no?
—Estoy en tercero de medicina, pero seguro que podré ayudarla —dijo—. Acompañadme a la enfermería, por favor.
La enfermería estaba instalada en una pequeña cabaña junto al edificio principal.
No era grande, pero estaba bien equipada.
Armarios con material de primeros auxilios, utensilios médicos, algunos botes con medicamentos…
También había dos camas gemelas vestidas con sábanas limpias. Todo daba la impresión de ser nuevo.
Incluso olía a eucalipto.
—Siéntate, por favor —le indicó Thomas a Kim mientras rebuscaba en el interior de un armario.
Armado con un termómetro, un estetoscopio y un depresor lingual de madera, examinó a Kim con una profesionalidad que Abbie no esperaba. De hecho, cinco minutos antes habría apostado a que era de los que te pedían quitarte toda la ropa para tomarte la temperatura.
—¿Dolor abdominal? ¿Náuseas? ¿Has vomitado?
—Solo un poco de malestar —dijo Kim con un hilo de voz—. Nada de vómitos.
—Tienes unas décimas de fiebre —dijo, mirando el termómetro al trasluz de la ventana—. Nada serio. Seguramente sea un proceso vírico leve o una indigestión. Tómate esto y en un par de días estarás…
—¿Bailando?
Thomas sonrió sin molestarse.
—Mejor. Estarás mejor —corrigió a Abbie.
—¿Cada ocho horas? —preguntó Kim, mirando el frasco de pastillas.
—En tu caso, yo me las tomaría cada cuatro si no quieres perder días de trabajo. No son fuertes. Bebe mucha agua y nada de saltarse comidas. Fruta, yogures, leche… Nada contundente en unos días. De momento te quedarás aquí —añadió Thomas—. No podemos arriesgarnos a que contagies al resto de chicas.
—Yo me quedaré con ella —intervino Abbie—. Puedo dormir en la otra cama.
—Olvídate —dijo—. Tú vas al barracón con las demás. Con una enferma tenemos suficiente.
Abbie fue a protestar, pero él fue más rápido.
—Si en tres días no has mejorado, o si empeoras antes, yo mismo te llevaré a la clínica más cercana. Todos los gastos están cubiertos por el seguro médico que firmasteis.
La expresión de Abbie no terminó de suavizarse pese a las buenas formas de Thomas. Él debió notarlo, porque levantó las manos en un gesto de calma.
—Aún no he pronunciado el juramento hipocrático, pero no pienso permitir que se me muera nadie por unas vacaciones pagadas.
Ante aquellas palabras y el tono en que las pronunció, Abbie no tuvo más remedio que bajar la guardia y asentir.
—Está bien. No tengo nada más que objetar. Gracias, casi doctor.
—De nada, preciosa. Te reservaré un baile —dijo él antes de desaparecer por la puerta.
—Creo que ese baile me lo he ganado a pulso —dijo Abbie una vez a solas con Kim—. Iré a por tu equipaje. Tú descansa.
Al salir de la enfermería, Abbie tuvo por fin una perspectiva completa de aquel lugar.
Sin necesidad de que nadie se lo explicara, supo que aquello había sido un campamento de los Boy Scouts.
Y también que alguien, con muchísimo dinero y poquísimo gusto, había decidido convertirlo en una especie de resort exclusivo a golpe de billetes, cemento y toneladas de barniz.
A su derecha, el edificio principal parecía recién inaugurado. Tejado nuevo, madera recién tratada, ventanales impolutos. El barracón contiguo lucía el mismo aspecto. El otro, en cambio, daba la impresión de llevar décadas esperando una mano de pintura.
A su izquierda quedaba un cobertizo bajo y rectangular del que llegaba el traqueteo constante de un motor de gasolina.
Dedujo que se trataba de un generador de electricidad.
El camino de grava descendía hasta rodear un lago de buen tamaño, de aguas verdosas y quietas.
Todo su perímetro estaba salpicado de cabañas de madera recién construidas.
Tenían porches amplios, chimeneas de piedra, ventanales panorámicos.
Todo en ellas parecía nuevo, impecable. Demasiado perfecto, en opinión de Abbie.
Solo cuando rodeó el edificio principal se topó con la cara menos fotogénica del conjunto: una excavadora inmóvil, varias pilas de tierra y un socavón inmenso en mitad de un claro. La piscina aún no estaba lista. Una pena. Aunque, dadas las circunstancias, casi era mejor así.
Alrededor de todo aquello, el bosque. Nada de árboles estratégicamente colocados para embellecer el enclave, sino un ejército verde, denso y antiguo en el que hasta el último recluta superaba con creces los veinte metros de altura.
Para cuando llegó al aparcamiento, ya no quedaba nadie. Por suerte, los coches estaban abiertos. Encontró sus equipajes al tercer intento. Cogió la maleta de Kim. Volvería a por su bolsa después.
Entonces lo oyó.