La reina en el bosque CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Al conductor no le quedó bache por coger. Como broche final, hizo que el vehículo derrapara hasta detenerse. Por suerte para sus lumbares, el trayecto no resultó demasiado largo. Calculó que habría durado media hora, aunque la oscuridad y la noción del tiempo no se llevaban demasiado bien.

—¡Última parada! —gritó el desgraciado sentado al volante. Por el tono de su voz, cualquiera hubiera dicho que acababa de ganar un rally.

Las puertas se abrieron. Recibió el olor a agua estancada y vegetación como la bofetada de una mano cubierta de barro tibio. Teniendo en cuenta que solo Minnesota contaba con más de diez mil lagos y lagunas, aquello no le ayudaba mucho a ubicarse.

Las colocaron en fila india. Kim quedó situada tras ella.

A los pocos pasos, uno de los chicos les advirtió de los escalones.

Al subirlos, la gravilla dio paso a un suelo más firme y regular.

Avanzó unos pasos más y un frescor artificial la envolvió.

Acababan de entrar a un edificio con aire acondicionado.

Le llegaron algunas voces masculinas que hasta entonces no había escuchado.

Hablaban en voz baja, reían de forma contenida.

—¡Todas quietas! —ordenó una voz masculina.

Abbie se detuvo a apenas un paso de la chica que tenía delante. Podía sentirla. Oler su sudor mezclado con el desodorante y el perfume barato. Dio un paso atrás. Kim se quejó del pisotón. Las habían apiñado como ganado en un corral.

Y entonces llegaron las palabras que tanto había ansiado escuchar.

—¡Podéis quitaros los antifaces!

No hizo falta que nadie se lo repitiera.

Se arrancó el suyo con fuerza, casi con rabia.

La luz le golpeó los ojos sin piedad. Se vio obligada a cerrarlos de nuevo, a bajar la cabeza.

Parpadeó varias veces hasta recuperar la visión.

Lo primero que vio fue el suelo. Madera de nogal.

Brillante. Recién barnizada. Al alzar la vista, no pudo evitar sentirse apabullada por todo el lujo que le rodeaba.

Aquello no era un simple vestíbulo, sino una sala común diseñada para impresionar.

Techos altos, vigas vistas, lámparas suntuosas colgando de cables trenzados.

Había tres juegos de sofás de piel formando islas frente a una televisión tan grande que parecía proceder de algún siglo venidero.

También había una mesa de billar con las bolas aún sin romper, una jukebox de estilo retro y un pinball temático de la recién estrenada Jurassic Park …

¡Joder! No le faltaba detalle. En un rincón de la sala había una barra de bar reluciente, como recién lustrada.

En el mueble se alineaban decenas de botellas de todas las formas y colores.

Abbie reconoció algunas de ellas, pero muchas otras no las había visto en su vida.

¿Glenfiddich? ¿Blanton´s? Aquellos licores estaban fuera del alcance de los bolsillos de la clientela del Velvet.

Algunas de las chicas dejaron escapar murmullos de admiración y risitas nerviosas.

Aquel derroche borró de golpe muchas de las penurias del viaje.

Las caras serias se destensaron, las sonrisas afloraron y el miedo empezó a dar paso a la curiosidad.

Abbie se giró hacia Kim. Parecía igual de aterrorizada que en el aeródromo de Minneapolis.

Incluso más, si aquello era posible. Sus ojos no recorrían la estancia, sino que se mantenían fijos en los chicos.

Eran una veintena, pijo arriba, pijo abajo.

Todos bien peinados, bien afeitados, bien vestidos.

Ropa casual, veraniega, pero de primeras marcas: Ralph Lauren, Calvin Klein, Lacoste…

Allí había más lagartos que en muchos pantanos de Louisiana.

La mayoría calzaba náuticos sin calcetines.

Solo algunos llevaban zapatillas deportivas con aspecto de valer más que un coche.

Como accesorios: gafas de sol Cartier, cinturones Gucci, relojes de cuatro cifras…

y esa forma de mirar que tenían los dueños del mundo.

Abbie les echó poco más de veinte años, en plena edad universitaria.

Los había rubios, castaños y morenos. Incluso algún pelirrojo.

Los había altos, enormes y gigantes. Los botones desabrochados dejaban intuir pectorales bien definidos.

Los abdominales marcados se adivinaban sin esfuerzo y los bíceps hipertrofiados bien podrían haber sido requisito de admisión de aquel club.

Más que una bienvenida, aquello parecía el casting de un puto desfile de moda masculino.

Uno de ellos se subió a una gran mesa de reuniones alargada, esgrimió una sonrisa perfecta y alzó su vaso de whisky en dirección a las chicas.

—¡Bienvenidas seáis todas a…! —Se quedó en blanco por un instante—. ¿Cómo lo llamamos al final?

—¡Hotel California! —gritó uno de ellos.

El chico de la mesa negó con la cabeza.

—Esa quedó segunda.

—¡Club Olympus! —le recordó otro.

—¡Eso! —dijo—. ¡Bienvenidas seáis todas al Club Olympus!

—continuó con teatralidad—. Mi nombre es Preston y mi apellido…

no os importa. —Abbie cogió buena nota de aquello.

Apellido famoso. ¿Político? Por la soltura que mostraba en un escenario, no le extrañaría ni lo más mínimo.

—Antes de nada, me gustaría pediros disculpas por haberos traído hasta aquí a ciegas.

Como compensación, podéis tomaros la noche libre para que os familiaricéis con el lugar y podáis descansar.

Por cierto… La idea de los antifaces fue de Cody.

No olvidéis agradecérselo como es debido.

Todas las miradas se giraron hacia el recién nombrado.

Abbie las siguió. Cody entraba en la categoría de los enormes.

Casi dos metros de cuerpo esculpido a base de gimnasio y proteína en polvo.

Cabello castaño claro, peinado con precisión quirúrgica.

Mandíbula cuadrada, poderosa. Hoyuelo en la barbilla.

Sonrisa ladeada, mezcla de desdén y satisfacción.

Más que observarlas, las disfrutaba a través de unos ojos de un azul gélido.

Apoyado contra una columna, se limitó a levantar su copa con cierta desgana.

Era guapo, sí. Eso no podía negárselo nadie. Pero en el sentido menos interesante de la palabra.

—No los tiréis todavía. Quizá os hagan falta a partir de mañana.

El comentario provocó las carcajadas automáticas de sus amigos, como si llevaran un rato esperándolo. Antes de desviar su atención al fondo de su copa, su mirada se detuvo sobre Abbie. No fue más que un instante, pero bastó para provocarle un escalofrío.

—Sigamos. El comedor y la cocina están tras esas puertas.

—Señaló una puerta de doble hoja cercana al bar—.

Las neveras están repletas de fruta, cereales, leche y comida preparada.

Calentar y listo. También haremos barbacoas a las que os podréis unir…

y hacer algunas horas extra. —Risas. Masculinas, por supuesto—.

El alcohol os queda prohibido. No os pagamos para que os emborrachéis.

Ah, y se me olvidaba. También habrá sushi todos los días, aunque ese cabrón de Jason debe haberse perdido por el camino —añadió—.

No sería el primero ni el último que se pierde intentando encontrar este lugar.

Abbie arqueó una ceja. ¿Sushi? ¿En mitad de la nada?

—Ya sabéis para lo que habéis venido: bailar, pasarlo bien…

y lo que surja. —Risas. —Vuestros turnos comenzarán a las diez de la noche, tras la cena y un tiempo prudente para que os arregléis.

Terminarán… tarde, espero. —Más risas. —Durante el día seréis libres de descansar, tomar el sol, pasear por el bosque o lo que os dé la gana.

Podréis usar las instalaciones a vuestro antojo, siempre que no molestéis.

Además, cada una dispondrá de una noche libre durante vuestra estancia.

Poneos de acuerdo para repartirlas. Quince chicas. Quince noches. Las cuentas salen solas.

—¿Dónde están nuestros equipajes? —preguntó la chica de acento mexicano.

—En los maleteros de los coches que os han traído —respondió Preston—.

Os alojaréis en el barracón más cercano a este edificio.

Tiene sitio de sobra, aire acondicionado, agua caliente, camas cómodas, sábanas limpias, mantas…

Estaréis bien. Las cabañas… también tendréis ocasión de conocerlas. De eso podéis estar seguras.

Aquel último comentario no provocó risas ni carcajadas, sino un silencio tenso salpicado de miradas hambrientas y sonrisas lascivas.

—Como ya sabéis, todo contacto con el exterior queda prohibido.

Al igual que cámaras de fotos o de vídeo.

Aquí no hay teléfonos. Tampoco llega ninguna señal de radio.

Si alguna de vosotras tuviera uno de esos nuevos ladrillos móviles, que lo apague y nos lo entregue.

Se le devolverá cuando termine el trabajo, pero si se le descubre usándolo sin permiso, se le sancionará económicamente.

No lo digo yo. Lo dice el contrato que firmasteis.

El único modo de comunicaros con el mundo será a través de un teléfono por satélite que solo podrá usarse para emergencias.

Y no, hablar con vuestra mamá para preguntarle por la abuelita no es ninguna emergencia.

—Muchas más risas. —Espero que todo os haya quedado claro porque no pienso repetirlo.

¡Bienvenidas al Club Olympus! ¡No os olvidéis de sonreír!

El bullicio volvió a apoderarse de la sala en cuanto Preston terminó de hablar.

Los chicos se dispersaron entre risas, palmadas en la espalda, brindis y alguna que otra mirada de cazador cuya presa no tenía escapatoria.

Las chicas, guiadas por dos de los anfitriones, tomaron el camino del aparcamiento para recoger sus equipajes e instalarse.

Abbie se giró para animar a Kim a seguirla, pero algo en su expresión la detuvo.

Tenía los ojos vidriosos y la piel perlada de sudor.

Le tocó la frente. Kim intentó apartarse, pero demasiado tarde.

—Vuelves a tener fiebre —dijo Abbie.