La reina en el bosque CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

Abbie esperó su turno en silencio, incapaz de deshacerse de la tensión. Kim seguía aferrada a ella. No lloraba, pero la fuerza con la que agarraba su mano delataba su nerviosismo. Podía sentir el corazón de Kim latiendo desbocado.

—Me toca. Búscame cuando te bajen —le ordenó al sentir la mano del piloto sobre su hombro.

Intentando fingir tranquilidad, se dejó guiar.

A cada paso, las voces se volvían más nítidas.

Hombres. Jóvenes. Veintipocos. No decían mucho.

Solo gritaban, silbaban o lanzaban al aire algún ¡guau!

. Abbie diferenció hasta cinco tonos distintos.

De repente, el contacto del piloto desapareció.

Dos manos grandes y poderosas se aferraron a sus caderas con descaro y la alzaron por los aires.

Al menos, el cabrón que estuviese haciendo aquello olía bien.

Canela, vainilla, rosa… Perfume masculino de los caros, de los muy caros.

—¡Mirad esto! —escuchó mientras giraba una y otra vez en el aire—. ¿Habíais visto alguna vez algo parecido?

Abbie fue depositada en el suelo, pero las manos no la soltaron. Subieron sin pudor. Exploraron, sopesaron, dominaron. Si le quedaba alguna duda, el tacto de aquel hombre bastó para dejar claro que aquello no iba a ser tan fácil como «enseñarle un par de trucos a cuatro críos».

—Tú y yo nos lo vamos a pasar de muerte —le susurró al oído el desconocido. Su aliento olía a alcohol y a almendras amargas. A aquel tío le iba el amaretto.

—¿Por qué no me sueltas de una puta vez? —le susurró Abbie.

Él rió a carcajadas.

—Deja algo para luego, Cody —escuchó decir a otro de los chicos.

«Cody… Aquel al que evitar tenía un nombre.»

Fue llevada junto a las demás chicas. Escuchaba sus respiraciones agitadas. Casi podía palpar su ansiedad. No tuvo que esperar mucho para tener noticias de Kim. Fue un gritito breve, de pura sorpresa. No pasó de ahí.

«Buena chica».

—¡Ven aquí, piernas largas! —escuchó decir a uno de los chicos.

Algunas risas, un par de comentarios groseros más y una nueva presencia a su lado.

—Abbie —escuchó, apenas un hilo de voz.

—Aquí.

Las manos se buscaron en el aire hasta encontrarse.

—¿Todo bien? —preguntó Abbie.

—Supongo —dijo Kim—. Un poco sobones, pero al menos sigo vestida. O eso creo.

Abbie disimuló una sonrisa triste. Aquel comentario no era más que un intento desesperado de convencerse de que aquello no era tan malo. La realidad era muy distinta. Lo peor ni siquiera había empezado.

Aquel repugnante desembarco duró unos minutos más.

—¡A los coches, señoritas! —gritó el tal Cody tan cerca de ellas que Abbie no pudo evitar sobresaltarse.

Volvió a reír, satisfecho. Parecía disfrutar del poder como un niño quemando hormigas con una lupa. «Puto sádico».

—¡Estas dos van de la mano! —gritó uno de ellos—. ¿Creéis que son pareja?

Abbie y Kim no se soltaron. Al contrario. El lazo que las unía se tensó aún más.

—O hermanas —dijo otro—. Siempre he querido tirarme a dos hermanas a la vez.

—¿Hermanas? Tú eres imbécil. Míralas, hombre. Se parecen tanto como el día y la noche.

—Hasta sus delanteras parecen jugar en ligas distintas —añadió un tercer chico.

El comentario obtuvo el efecto deseado y las carcajadas masculinas arreciaron desde todos lados.

A su alrededor había, tirando por lo bajo, diez o doce chicos.

Poco a poco, fueron introducidas en el interior de unos vehículos que olían a nuevo.

A Abbie se le antojó espacioso. Debía de ser alguna clase de furgoneta o todoterreno grande.

Recibió el soplo del aire acondicionado como una bendición. Las puertas se cerraron.

Durante unos segundos no ocurrió nada. Luego, una puerta volvió a abrirse y alguien se alejó sin decir una palabra.

Abbie aguzó el oído. Las voces continuaban fuera, algo más lejanas. Kim seguía agarrada a su mano.

—No te muevas —le susurró.

Se llevó los dedos al antifaz y levantó apenas un extremo.

La luz la obligó a entornar los ojos. A través de la ventanilla tintada distinguió las avionetas y, junto a una de ellas, a varios de los chicos hablando con los pilotos. Uno de estos últimos abrió una bolsa y sacó algo que hizo que Abbie contuviera la respiración.

Una pistola.

Se la entregó a uno de los chicos. Después sacó otra.

—Joder… —murmuró.

No vio dinero cambiar de manos ni escuchó lo que decían. Tampoco necesitaba saber más. Aquellos niñatos no solo las habían llevado con los ojos vendados hasta el culo del mundo. Ahora también tenían armas de fuego.

Uno de ellos miró hacia los vehículos.

Abbie dejó caer el antifaz de inmediato.

—¿Qué pasa? —susurró Kim.

—Nada.

—¿Seguro?

Abbie apretó su mano.

—Seguro. Todo va bien.

Las voces volvieron a acercarse. Una puerta se abrió y alguien ocupó el asiento del conductor.

—Bueno, chicas. Ya queda poco para llegar a nuestro destino —dijo su conductor. Al menos no era Cody—. Pondremos un poco de música para el camino.

—¿Podemos quitarnos los antifaces ya? —preguntó Abbie, sin mucha convicción.

—Me temo que no, pero el viaje no es largo. Confía en mí.

—Que confíe tu madre, guapo —musitó Abbie.

—¿Cómo dices?

—Nada. Cosas mías.

Resignada, Abbie intentó acomodarse mientras él toqueteaba la radio. Tras un buen rato, no consiguió que los altavoces le devolvieran otra cosa que no fuera estática.

—Quién iba a pensar que sería tan difícil sintonizar una emisora en el culo del mundo. Por suerte para todos, he venido preparado.

Ruido de plástico, un clic y el riff de guitarra de Keith Richards que inauguraba Gimme Shelter . Mick Jagger comenzó a cantar en el mismo momento en que el coche se ponía en marcha.

Y tras los primeros versos llegó ella. No como un coro, no como una voz de fondo, sino como un alarido casi animal. Merry Clayton desgarró el habitáculo con una furia antigua y salvaje. No cantaba: gritaba una advertencia desesperada.

A su lado, Kim se estremeció. Era oficial. El miedo tenía banda sonora.