La reina en el bosque CAPÍTULO 3
9%

CAPÍTULO 3

El autobús llegó con retraso. No demasiado, pero lo suficiente para dejar en el aire la sensación de que aquello no empezaba bien.

Más reliquia que vehículo, hizo su entrada en la dársena entre estertores de motor y explosiones de tubo de escape.

La carrocería, deslucida y abollada, había olvidado todo recuerdo de brillo.

Dentro, el calor resultaba cruel, como un puñetazo en la boca del estómago.

No había aire acondicionado, solo ventanillas atascadas y una trampilla en el techo que nadie se había molestado en abrir durante la última década.

La tapicería, hecha jirones, estaba decorada con quemaduras de cigarro y manchas que resultaban más que sospechosas.

El hedor a tabaco rancio y a plástico recalentado lo envolvía todo.

Más que un autobús, aquello parecía un transporte de ganado. Humano, pero ganado al fin y al cabo. Y, a juzgar por sus rostros, ninguna esperaba un destino mejor.

Resultaron ser quince las afortunadas que compartirían aquella experiencia inolvidable.

Las había asiáticas, latinas, afroamericanas…

Un crisol de bellezas y cuerpazos de escándalo.

Alguna iba maquillada como para una pasarela, aunque la mayoría de ellas aún llevaban la cara lavada, como si aún no hubieran decidido qué papel interpretar.

El conductor recorrió el pasillo arriba y abajo hasta en cinco ocasiones mientras fingía hacer un recuento.

Solo cuando estuvo seguro de haber repasado todos los escotes, se sentó al volante y puso rumbo a ese destino que ellas ignoraban y que, en su mayoría, preferían no saber.

La carretera fue cambiando de rostro a medida que se alejaban de la ciudad en dirección norte.

Primero llegaron los suburbios bajos, luego las zonas industriales y, más tarde, los campos abiertos salpicados por algunos pinares.

Pasada casi una hora desde su salida, el paisaje se volvió monótono, como si el mundo hubiera perdido el interés en seguir decorándolo.

Abbie notó cómo Kim se revolvía a su lado, incómoda. Sudaba mucho, igual que todas, pero el suyo no parecía provocado por el calor. Con los ojos cerrados y el rostro contraído en una mueca de dolor, se tapaba la zona abdominal con ambos brazos.

—¿Estás bien? —le preguntó.

Ella abrió los ojos y le sonrió a medias, sin fuerza.

—Estoy bien. No es nada.

—Mientes de pena.

—No te preocupes. Habrá sido el salmón.

—Al salmón no le pasaba nada. Estaba más fresco que muchas de las que vamos aquí dentro.

Kim rió con desgana.

—Llevo varios días sintiéndome mal —dijo al fin—. Pero ya sabes que necesito el dinero.

—¿Te has gastado ya el adelanto?

Kim asintió. Volvió a cerrar los ojos y apoyó la cabeza en su hombro. Abbie le pasó la mano por la frente. Estaba más caliente de lo que esperaba.

—Mierda —susurró.

—Esto me recuerda a las excursiones del colegio —dijo una de las chicas tratando, sin éxito, de romper el hielo—. Solo que sin profesores enfadados y sostenes más grandes.

El comentario cosechó alguna risita tonta, pero sobre todo sonrisas forzadas y miradas huecas. El conductor se encargó de que el ambiente volviera a helarse con un volantazo que casi hizo volcar aquella sauna con ruedas. Kim no se despertó ni con esas.

Ya recuperada del sobresalto, Abbie descubrió que avanzaban por un camino de grava tan estrecho que el autobús apenas dejaba hueco para una bicicleta. Poco después, se detuvo al lado de un viejo hangar corroído por el óxido. Quizá fuese rojo en algún momento, pero ahora era imposible saberlo.

—¡Hemos llegado, señoritas! —gritó el conductor desde su asiento—. ¡Espero que hayan disfrutado tanto como yo!

Las chicas comenzaron a recoger sus equipajes y a abandonar el interior de aquella trampa mortal. Kim no se despertaba a pesar de los esfuerzos de Abbie.

Una de las chicas se detuvo junto a ellas antes de bajar del autobús. Tenía la piel canela y el cabello oscuro, rizado y recogido en una coleta alta. Abbie le calculó más o menos su edad.

—¿Está bien? —preguntó.

—Tranquila. No es nada.

La chica le tendió una mano.

—Faith.

—Abbie.

Miró a Kim, preocupada.

—¿Qué le pasa?

Abbie dudó un instante.

—Le ha sentado mal el salmón.

Faith asintió despacio, como si quisiera creerla aunque no terminara de hacerlo. Después rebuscó en su bolso y sacó un paquete de toallitas húmedas.

—Toma. Refréscale la cara con esto.

Abbie las aceptó y empezó a pasarle una por la frente sin perder ni un segundo.

—Muchas gracias.

Faith sonrió apenas un instante antes de bajar del autobús.

—Despierta, bella durmiente.

—¿Hemos llegado? —preguntó Kim, aún somnolienta.

Abbie miró por la ventanilla. Aparte del hangar y de una pista de aterrizaje estrecha y agrietada, no se veía otra construcción en millas a la redonda.

—Espero que no —respondió mientras volvía a tomarle la temperatura. La fiebre parecía remitir—. Creo que ahora nos toca volar.

Kim abrió mucho los ojos, entre la sorpresa y el miedo.

—¿Dónde crees que nos llevan? —preguntó mientras bajaba su maleta.

—A Hawái, espero. ¿Te sientes mejor?

—Un poco. Gracias.

Dos tipos sudorosos con gafas de aviador y cara de no querer estar allí las esperaban a las puertas del hangar.

En el interior, sendas avionetas con pinta de haber sobrevivido a la Guerra Fría ya calentaban motores.

Abbie se pegó a Kim hasta parecer una sola persona. No iba a permitir que las separasen.

No hubo saludos ni ceremonia alguna. Sin mediar palabra, se pusieron a repartir antifaces entre las chicas.

Abbie observó el suyo. Tela opaca y gruesa.

Goma corta y fuerte. Aquello no era parte de un disfraz barato.

Estaba hecho a conciencia para no dejar pasar ni el más mínimo resquicio de luz.

Kim, con su antifaz entre los dedos, la miraba al borde del llanto.

—Tranquila. Solo buscan crear una falsa sensación de poder —le susurró—. Estaré a tu lado en todo momento. No pasará nada.

—¡Yo no me pienso poner esta mierda! —gritó una de las chicas situada tras ellas.

—¡Yo tampoco! —la secundó otra con marcado acento mexicano.

—¡Me importa una mierda lo que queráis o no!

—gritó uno de los pilotos con la voz rota por la nicotina y la impaciencia—.

Esto no es un viaje de placer ni un puto paseo turístico.

Nadie os va a obligar a subir, pero si lo hacéis, el antifaz va puesto desde antes del despegue.

Sin excepciones ni gilipolleces. Nada de quitárselo en pleno vuelo o nos damos la vuelta y le decís adiós a la pasta. ¿Comprendido?

Se hizo un silencio abrupto. La realidad acababa de entrar en el hangar como una ráfaga de aire gélido.

Algunas chicas bajaron la mirada al suelo.

Otras giraron la cabeza hacia el autobús.

De pronto, la idea de un viaje de vuelta en aquella chatarra ya no parecía tan desagradable.

Ninguna dijo nada. Ninguna se movió. Sujetaban los antifaces como si quemaran, conscientes de que, en cuanto se los pusieran, cruzarían un umbral sin retorno.

El segundo piloto, algo más joven y con gesto de hastío, dio un paso al frente.

—Si todo va bien, el vuelo durará alrededor de una hora. Si alguna tiene que ir al baño, este es el momento.

Esperó un momento a que alguna hablase o levantara la mano. Nadie. Fue entonces cuando señaló a ocho de las chicas. Kim y Abbie estaban entre las elegidas.

—Vosotras conmigo.

—¡Y el resto por aquí! —gritó el otro piloto.

El interior olía a combustible y ambientador de pino. Una doble fila de asientos forrados en vinilo ocupaba la mayor parte de la cabina de pasajeros. Eran estrechos y rígidos, una tortura para las posaderas.

El piloto se aseguró de que todo el pasaje llevaba bien abrochado el cinturón de seguridad.

—Antifaces —dijo con resignación mientras se ponía a los mandos—. Entiendo que no os haga mucha gracia, pero los que pagan han sido muy insistentes con este tema… y yo necesito la pasta.

Abbie ayudó a Kim a ponerse el suyo. Dos lágrimas consiguieron escapar del abrazo de la goma. Después le tocó el turno a ella. Cogió aire y se sumergió en el negro más absoluto. Sin sombras ni matices. Solo abismo.

En aquella oscuridad insondable, los sonidos adquirieron un nuevo protagonismo: el zumbido creciente del motor, las protestas del fuselaje, los sollozos en el asiento de al lado. Abbie respiró hondo, tragó saliva y apretó la mano de Kim.

El movimiento comenzó con timidez, apenas un murmullo bajo los pies, pero pronto se convirtió en un avance firme, inexorable.

La avioneta se tragaba la pista mientras la vibración le trepaba por los talones y el queroseno se imponía al ambientador como una verdad cruda se impone a una mentira dulce.

Finalmente, el salto al vacío disfrazado de despegue.

Un tirón brusco en el estómago. Una sacudida seca contra el respaldo. La presión en los oídos. La certeza brutal de que ya no había marcha atrás.

El aterrizaje fue más una caída controlada que una maniobra digna de ese nombre.

Un golpe sordo, como un cañonazo contra el fuselaje, seguido de un traqueteo largo y desordenado que sacudía los asientos y crispaba los nervios.

Pasaron los segundos y las ruedas no terminaban de encontrar su sitio, como si el suelo aún no hubiera decidido si aceptarlas o no.

El motor murió sin previo aviso. Estaban en tierra y seguían con vida, aunque aquello distó mucho de proporcionarle alivio.

—¡Hemos llegado! —anunció el piloto—. No podéis quitaros los antifaces todavía. Yo os guiaré de una en una hasta la puerta. No os preocupéis. No os dejarán caer.

Las bisagras chirriaron y la humedad invadió la cabina como una lengua viscosa y cálida que lo impregnaba todo a su paso. El aire se volvió espeso, casi irrespirable. El sudor comenzó a formar una segunda piel. Las voces y las risas de quienes las esperaban le llegaron amortiguadas hasta los oídos.