CAPÍTULO 2 #3
Kim soltó una carcajada nerviosa, mitad aliviada, mitad avergonzada. El camarero llegó a su rescate cargado de tazas, vasos y platos. Resultó que el lefse era… ¿una especie de burrito? Versión nórdica, por supuesto. Aquello no apestaba a Tex-Mex grasiento. Aquello olía a cocina de verdad.
— Bon appétit —dijo mientras cortaba un trozo y se lo llevaba a la boca.
No. No eran burritos. Más bien eran unas crepes de puré de patata y rellenas de salmón ahumado, queso feta, crema agria y un toque de cebolla roja y eneldo.
Glorioso.
—¿Qué es esto? —preguntó Kim, que miraba su plato sin atreverse a tocar los cubiertos.
—Esto es uno de los pocos motivos por los que vale la pena madrugar en domingo, créeme. Disfrútalo. Dudo mucho que pruebes algo remotamente parecido a esto durante los próximos días.
Con la cautela de quien prueba algo nuevo, Kim comenzó a dar buena cuenta de su ración. El camarero no tardó en volver con las manzanas asadas.
—Recién hechas —recalcó con ese tono pasivo-agresivo que los camareros se guardan para los clientes difíciles.
—Veo que sabes lo que te conviene, encanto —dijo Abbie con la boca llena.
Antes de que se alejara, Abbie guiñó un ojo y le lanzó un beso que le robaría el sueño durante al menos un par de noches.
Las dos jóvenes acabaron con el desayuno casi sin hablar.
Abbie aprovechó para examinar más de cerca a su flamante compañera.
Era incluso más hermosa de lo que se había percatado en un primer momento.
Pómulos altos, labios llenos… Todo en ella invitaba al pecado y, sin embargo, a la vez irradiaba un aura infantil, casi angelical.
Cuando la comida se terminó, Abbie se apresuró a pedir la cuenta y a sacar unos cuantos billetes de su bolso. Kim se limitó a bajar la mirada y a guardar silencio.
—Yo invito. Es mi cumpleaños —mintió para intentar rebajar la vergüenza que veía en sus ojos.
—Felicidades —dijo Kim con una sonrisa que hubiera desarmado hasta al más casto de los monjes—. Y gracias por el desayuno. Todo estaba delicioso.
—No hay de qué. Considera que es mi forma de sobornar al destino antes de que se ponga en plan cabrón.
Abbie consultó el reloj. Aún faltaba bastante tiempo para que su autobús saliera y no quería abandonar aquel lugar sin probar algo más. Volvió a llamar la atención del camarero.
—Te hemos cogido cariño y no queremos abandonarte aún, encanto. ¿Puedes traernos un par de tazas de café más y una docena de esos… kringlas o kringlos que he visto en el expositor?
El camarero asintió y tomó nota.
—Debo advertirles que los kringlas llenan bastante. Doce son demasiados para solo dos personas.
Abbie le dedicó su mejor mirada asesina.
—¿Acaso intentas decirnos algo? ¿Gordas? ¿Te parece que estamos gordas?
El camarero comenzó a negar con la cabeza de forma compulsiva. Estaba al borde del colapso, a punto de romper a llorar.
—No, no, no… Yo… yo solo… —titubeó—. Tenemos de almendras, vainilla y chocolate.
—Un surtido estaría bien —respondió Kim, incorporándose al juego—. Dicen que en la variedad está el gusto. Seguro que a ti también te gusta la variedad, ¿verdad? Rubias, morenas… Tienes pinta de ser todo un triunfador.
El camarero huyó a la carrera con las mejillas preparadas para freír lefses mientras las dos jóvenes se morían de la risa.
Nunca más volvió a acercarse a aquella mesa.
En su defecto, una compañera suya les acercó el pedido.
Los bollos en cuestión eran bocaditos de puro pecado, pequeñas explosiones nucleares de dulzura.
Tenían una textura suave y esponjosa, como de pan dulce, y aunque era verdad que llenaban lo suyo, ninguno de ellos vivió lo suficiente para ver otro día.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
Kim alzó su mirada hacia ella y asintió.
—Claro.
—Eres consciente de lo que va a ocurrir cuando lleguemos a esa fiesta, ¿verdad? Quiero decir, sabes que nos han contratado como…
—¿Prostitutas? —completó la frase Kim en voz muy baja.
—No es la forma más elegante de decirlo, pero sí.
Kim asintió, aunque no pudo evitar que su mirada se hundiese en el fondo de su taza vacía.
—¿Es tu primera vez? —La pregunta de Abbie sonó a afirmación.
Kimberly volvió a asentir sin atreverse a alzar la cabeza.
—Para mí también, aunque no lo parezca. Pero estoy convencida de que te llevo algo de ventaja. Hace seis años que me gano la vida bailando desnuda delante de desconocidos y me juego el cuello a que tú no has pisado un club de striptease en tu vida, ¿me equivoco?
En aquella ocasión, se limitó a negar un par de veces y a encogerse un poco más. Las lágrimas le temblaron en las pestañas, como si no quisieran salir sin permiso, pero finalmente una terminó por deslizarse a lo largo de su mejilla.
—Lo siento, pero tengo que saberlo. ¿Por qué te haces esto?
Kim apretó los labios y respiró hondo. Tardó unos segundos en responder, pero cuando lo hizo, su voz era apenas un susurro.
—Es mi hermano. Él… él se muere y las facturas del hospital…
Kimberly no pudo aguantar más y rompió a llorar. Abbie, con un nudo en la garganta, cogió su mano e intentó darle un consuelo que sabía imposible.
El destino ya se había puesto en plan cabrón y aún no habían subido a ese maldito autobús.