CAPÍTULO 2 #2
El sitio se llamaba Lykke’s. Junto al rótulo de madera tallada, las banderas de Suecia, Noruega y Finlandia prometían algo distinto al típico desayuno americano y su inseparable sobredosis de colesterol.
El local era amplio, luminoso y sorprendentemente acogedor.
Aunque el aroma a pan recién hecho prevalecía sobre todos los demás, Abbie distinguió un sinfín de matices en el aire.
Olía a maíz y vainilla, a manzana asada y canela, a mantequilla y cardamomo.
Extasiada ante semejante espectáculo sensorial, Abbie se paseó frente a los expositores. No entendía ningún nombre y no sabía muy bien lo que estaba contemplando, pero todos aquellos manjares le hablaban de manos expertas, de cariño y de un profundo respeto por la cocina de sus antepasados.
Se prometió a sí misma que algún día alcanzaría aquel nivel de perfección. Al apartar por fin la vista de los expositores descubrió que el local estaba casi lleno. La barra no admitía un alma más y apenas quedaban un par de mesas con algún asiento libre.
Había decidido desayunar allí sí o sí, aunque eso significara acoplarse en la mesa de algún desconocido.
Sopesó sus opciones.
En una mesa para cuatro quedaba una silla libre junto a tres tipos trajeados, con suficiente gomina como para engrasar el motor de un coche y sonrisas de vendedor de seguros.
«No, gracias.»
La otra opción era una chica que ocupaba una mesa para dos.
Sus ojos iban del ventanal a su reloj una y otra vez.
Abbie reparó en la maleta que descansaba junto a sus pies y en cómo tamborileaba con los dedos de forma casi compulsiva.
No tendría más de veinte años y era tan bella que asustaba.
Pelo oscuro y liso, piel de porcelana, unos enormes ojos color avellana, piernas infinitas y unos labios por los que en Hollywood se pagaba mucha, mucha pasta.
Ató cabos y el alma se le cayó al suelo.
Antes de que pudiera abordarla, un camarero rubio y espigado que andaba como un pato mareado se plantó ante ella con cara de pocos amigos.
—Si no toma nada más, no me queda más remedio que pedirle que pague su consumición y se marche —le dijo con tono educado pero seco—. Necesitamos la mesa libre.
Abbie no tuvo que esforzarse mucho para adivinar lo que estaba pasando allí.
Ante semejante despliegue de aromas y sabores, pedir un triste café era sinónimo de andar muy justa de pasta.
Por un momento, Abbie contempló su reflejo con dieciséis años.
Vulnerable, insegura, perdida, pero con aquel absurdo brillo de esperanza en la mirada.
«Te equivocas, cariño. Nada va a ir a mejor», pensó para sus adentros.
—Claro. Lo siento —dijo la chica mientras se levantaba—. ¿Cuánto le…?
No pudo terminar la frase. Rindiendo homenaje a su compañera de piso, Abbie entró en escena como un elefante en una cacharrería. Sin mediar palabra, apartó al camarero con su bolsa de equipaje, le plantó un beso en cada mejilla a la desconocida y prácticamente la obligó a tomar asiento de nuevo.
—Lo siento, querida —dijo, mientras dejaba caer su bolsa junto a la maleta—.
El tráfico en esta ciudad es cada día más caótico.
Gracias por haberme esperado para desayunar.
Por favor, joven —continuó girándose hacia el empleado—.
¿Nos trae dos tazas de su mejor café, dos zumos de naranja recién exprimidos y algo para comer?
Por cierto, ¿qué le recomendarías a dos chicas jóvenes y guapas como nosotras que están a punto de emprender un largo viaje?
— Lefse de salmón. Es una de nuestras especialidades —atinó a decir el camarero.
—Que así sea. Y trae también dos de esas manzanas asadas que acaban de sacar de la cocina. Asegúrate de que estén recién hechas, nada de traernos las sobras de ayer si no quieres quedarte sin propina.
El camarero se alejó refunfuñando. Abbie se dejó caer en la silla con un suspiro teatral, como si acabara de bajarse de un avión que había cruzado medio planeta.
—No sé a ti, pero a mí este calor me agota. Siento haberte dejado plantada todo este rato, pero al taxista parecía importarle más la talla de mi top que el tráfico. Ya me entiendes. Ya pensaba que no llegaba.
La joven la miró con los ojos muy abiertos, como un cervatillo deslumbrado por las luces largas de un camión que se acercaba a toda velocidad.
—¿Te conozco de algo? —preguntó con voz tímida.
Abbie decidió dar por finalizada la función y le sonrió con suavidad.
—Abbie —dijo, tendiéndole la mano por encima de la mesa.
La chica dudó unos instantes antes de estrechársela.
—Kim. Kimberly —se presentó.
—Encantada, Kim. No serás alérgica al salmón, ¿verdad? Porque estamos a tiempo de pedirte otra cosa.
Negó con la cabeza. Su cara delataba que aún intentaba procesar lo que estaba ocurriendo alrededor de aquella mesa. Kim comenzó a mirar alrededor con gesto desconcertado. Abbie la imitó.
—¿Qué buscamos? —preguntó.
—¿Es una de esas bromas de cámara oculta que están de moda? —preguntó Kim.
Abbie se permitió esbozar media sonrisa.
—Ojalá lo fuese, cariño. Once y media. Dársena trece. Fiesta privada. Grupo reducido. Todo muy exclusivo y misterioso. ¿Voy bien? —preguntó en voz baja, casi en clave.
Kim se tensó. Parpadeó con fuerza.
—¿Tú también vas a…?
—Al mismo matadero que tú, me temo.
—¿Cómo lo has sabido?
—Llevas una maleta gigante, aunque me juego todos mis ahorros a que ni tu miedo ni tus ganas de salir corriendo caben en ella. Además, miras el reloj como si le imploraras que se detuviera y tienes cara de arrepentirte hasta de haber nacido. Las señales están ahí. Solo hay que saber leerlas.