La reina en el bosque CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

El ventilador del techo no conseguía disipar el calor.

Lo único que lograba era remover un aire espeso que hedía a sudor, tabaco y ambientador barato.

Abbie se quitó el top y lo dejó caer sobre la silla, junto con los shorts vaqueros.

Joe recorrió con la mirada cada curva de su cuerpo con una lentitud obscena.

El muy desgraciado incluso se relamió el labio superior un par de veces mientras inspeccionaba la «mercancía».

Cuando se cansó de aquella perspectiva, le ordenó que se girase con un leve gesto de la mano.

Aunque asqueada, Abbie obedeció. Con los ojos cerrados y los labios apretados, esperó a que Joe se cansase de recrearse con su retaguardia.

—Fuera sostén —ordenó Joe con voz de lija.

—Vete a la mierda —le espetó Abbie.

Joe ni se inmutó. Recogió los tres fajos de billetes del escritorio y volvió a guardarlos en el cajón.

—Voy a ser muy claro. O veo a las gemelas en todo su esplendor o ya te puedes ir despidiendo del trabajo. ¿Entendido?

—Pensaba que eras abogado —dijo Corinne.

—Y así es —respondió Joe sin apartar la mirada de Abbie—. Por eso me aseguro de que mis clientes solo reciban lo mejor.

Abbie buscó con la mirada el apoyo de su amiga. Con la espalda apoyada en la puerta del despacho, Corinne se limitó a encogerse de hombros. Tragó saliva e intentó convencerse de que aquella petición no estaba tan fuera de lugar. Con los ojos cerrados, cogió aire y se deshizo del sujetador.

—Dios bendiga América —escuchó decir a Joe.

Sin atreverse a abrir los párpados, permaneció quieta mientras aquel cerdo se daba el festín de su vida.

Ni qué decir tenía que no era la primera vez que se desnudaba frente a un hombre por dinero, pero ninguno le había hecho sentirse tan…

sucia. Como un puto filete de tercera tras la vitrina sucia de una carnicería barata.

—Corinne —dijo al fin Joe tras un par de minutos eternos—, ¿por qué no nos dejas a solas un ratito?

—¡No! —gritó Abbie.

—Antes te corto los huevos y me hago una tortilla con ellos. Vístete, cariño. Este maldito depravado ya ha tenido bastante por hoy.

Joe comenzó a reírse a carcajadas. Aquella risa áspera, desagradable, le provocó un escalofrío a Abbie, que para entonces ya se abrochaba los shorts a toda prisa.

—Solo bromeaba —dijo Joe—. Tienes suerte de que ayer mismo se cayera una de las chicas por enfermedad.

Rellena estos documentos y te haré entrega del adelanto.

—Señaló una carpeta de cartón—. Si pasado mañana no coges ese autobús por la razón que sea, te recomiendo que devuelvas el dinero de forma voluntaria.

Los abogados de estos chicos no son tan amables como yo, te lo aseguro. ¿Lo has entendido todo?

Abbie, aún bastante incómoda, pero ya con ropa encima, asintió y cogió el bolígrafo que le tendía Joe.

—¿Qué voy a firmar? —preguntó Abbie.

—Contrato de confidencialidad, autorización para viaje y estancia, seguro médico, etcétera, etcétera… Nada del otro mundo —le explicó Joe con la mirada fija en su canalillo. Al parecer, aún no había tenido bastante.

—¿Y si al final decido no ir?

—Ya te lo he dicho: vuelves aquí, me entregas la pasta y nos olvidamos de que todo esto ha ocurrido.

—No creo que eso sea posible —dijo Abbie, más para sí misma que para los demás.

—¿Sin recargos? —quiso saber Corinne.

—Sin recargos —dijo Joe—. Esta gente nada en dinero. Solo quieren evitar problemas.

Abbie leyó los documentos en diagonal. Solo quería marcharse de aquel lugar cuanto antes y darse una ducha muy larga. Estampó su firma donde le iba indicando el supuesto abogado, metió el dinero en el bolso y salió de allí sin despedirse, casi a la carrera.

Corinne salió tras ella. Buena parte de la dignidad que aún conservaba se quedó para siempre en aquel despacho maloliente.

Corinne aceptó cubrir su turno y avisar de que pasaría unos días fuera de la ciudad por motivos personales.

A Troy, el propietario del Velvet , no le iba a hacer ninguna gracia todo aquello.

Al fin y al cabo, Abbie era una de las chicas favoritas de la clientela y las noches en las que bailaba, el club solía llenarse hasta los topes.

Sin embargo, de habérsela cruzado en un callejón oscuro aquella misma noche, habrían huido despavoridos de ella.

Despeinada, ojerosa y con el rostro demacrado, Abbie observaba sin parpadear los fajos de billetes que había dispuesto sobre su cama.

Los tres que le había dado Joe eran perfectos, los Ferrari de los fajos.

Dinero nuevo, envuelto en cintas de seguridad con el logo del First Minnesota Bank .

Casi se podía aspirar el aroma de la tinta fresca.

A su lado, el dinero que había conseguido ahorrar en los últimos seis años. Billetes doblados, arrugados, rotos.

Y sucios, casi tanto como los nuevos.

Entre todos sumaban algo más de seis mil dólares.

Con los siete mil restantes y las propinas que pudiera sacar, tendría más que suficiente para pagar la matrícula, alquilar algo barato en Hyde Park y conservar un pequeño colchón económico con el que esquivar el hambre durante un par de meses.

Una vez allí buscaría cualquier empleo que le permitiera llevar ropa encima y cubrir los gastos básicos hasta que finalizara el curso.

Más allá de ese tiempo, Abbie no se permitía el lujo de hacer planes. No quería provocar las carcajadas de algún dios caprichoso.

Guardó todo el dinero en una caja de zapatos que escondió bajo la cama y revisó su equipaje por enésima vez.

Una vez segura de que no le faltaba nada, se desplomó sobre la cama y cerró los ojos.

La noche anterior no había dormido ni un minuto, pero todo indicaba que aquella sería distinta.

El agotamiento empezaba a imponerse a los remordimientos y al miedo atroz que despertaba en ella aquel viaje a lo desconocido.

TE VEO EN DOS SEMANAS

INTENTA NO COMER DEMASIADA MIERDA

TE QUIERO

A.

♥♥♥

REZA POR MÍ

Pegó la nota en el frigorífico y abandonó el piso procurando no llevarse nada por delante con la pesada bolsa de deporte que cargaba a la espalda.

Le hubiera gustado despedirse de Corinne en persona, pero decidió no despertarla.

La pobre llevaba dos noches haciendo doble turno y ya se sentía demasiado culpable como para interrumpir su descanso.

Aquello le costaría una escenita melodramática a su regreso, pero ya encontraría la forma de comprar su perdón de un modo u otro.

La oficina del banco acababa de abrir sus puertas.

Ingresó todo su dinero a excepción de quinientos pavos que conservó en metálico.

Para entonces, su estómago se quejaba del poco caso que le había hecho durante los dos últimos días.

Las cafeterías de aquella zona se especializaban en bacon calcinado, salchichas industriales y huevos con sabor a bacon calcinado y salchichas industriales.

Decidió parar un taxi. Seguro que en el centro encontraba algún sitio decente donde saciar su hambre sin acabar con una úlcera que le acompañase durante el resto de su vida.

El conductor se mostró demasiado amable, al borde de lo empalagoso.

Tras ayudarla con el equipaje, volvió a su asiento y ajustó el retrovisor hasta que el escote de su clienta quedó bien encuadrado.

Abbie se hizo con un ejemplar atrasado de Time y lo abrió a modo de escudo mientras fingía leerlo con interés.

Con gesto de decepción, el taxista se incorporó al tráfico.

—¿Adónde la llevo, señorita?

—Greyhound Station.

—¿Va a algún sitio o…?

—¿Promete callarse si cierro la revista? —le interrumpió Abbie—. Prefiero que me mire las tetas a que me dé cháchara.

—Le pido perdón si la he molestado, señorita —se disculpó el taxista en tono lastimero.

Tras recolocar de nuevo el retrovisor, encendió la radio y se limitó a guardar silencio mientras se adentraba en la ciudad.

El locutor no hablaba de otra cosa que no fuera la crisis sanitaria que para entonces asolaba buena parte de Asia.

Al parecer, la situación había empeorado durante las últimas horas.

Ya se hablaba de brotes de aquella extraña enfermedad en ciudades como Bangkok, Bombay, Nueva Delhi, Hong Kong o Singapur.

Varios senadores —incluidos los dos de Minnesota— habían solicitado a la Casa Blanca que suspendiese todo el tráfico internacional y clausurase las fronteras terrestres.

El vicepresidente se había apresurado a dar una rueda de prensa para aclarar que aquellas peticiones, injustificadas y alarmistas, eran más propias de antipatriotas que de estadounidenses de bien.

Aseguró que el país, en su papel de adalid del mundo libre, jamás se aislaría de forma tan radical y que seguiría enseñando al resto del mundo el camino de la libertad y el progreso.

Asimismo, juró y perjuró al conjunto de la población que el virus no había puesto los pies en suelo americano y que nunca lo haría mientras él y el presidente estuvieran allí para evitarlo.

La siguiente pregunta de la reportera fue sobre la ausencia del presidente en aquella rueda de prensa.

El número dos no pudo evitar un ligero carraspeo antes de dar alguna excusa poco creíble.

Harta de malas noticias y políticos mentirosos, Abbie endulzó el tono y sugirió al conductor que pusiera algo de música.

Tras algunas vueltas de dial, los primeros acordes de Fast Car inundaron el interior del vehículo.

La voz cálida, oscura y sincera de Tracy Chapman la ayudó a olvidarse de aquel virus y a calmar en parte unos nervios que se negaban a abandonarla.

Con la frente apoyada en la ventanilla, Abbie esbozó una sonrisa irónica al escuchar aquello de un billete a cualquier parte. Quería salir de aquella ciudad como fuese. Abandonar aquella vida. Pero si el precio era usar ese billete… ¿realmente valdría la pena?

La respuesta de Tracy tardó un par de versos en llegar: cualquier sitio era mejor que aquel.