La reina en el bosque CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

Aquello consiguió arrancarle la primera chispa de esperanza de toda la tarde. Su amiga no solía usar su segundo nombre en vano. Aquellas palabras iban en serio.

—Aún quedaría lo del dinero —dijo.

—Sé que tienes unos ahorros en el cajón de los sostenes. ¿Cuánto te falta? Yo puedo prestarte un par de los gran…

—Doce mil dólares.

Corinne lanzó un silbido.

—La madre que los parió… Pues estás bien jodida, encanto. Eso es mucha pasta y las bailarinas de striptease no somos famosas por nuestro crédito bancario.

—Lo sé muy bien, por desgracia. La semana pasada fui a tres bancos distintos y no me echaron a patadas porque llevaba el vestido rojo con el escote hasta el ombligo.

Corinne tiró la carta sobre la mesa y lanzó un suspiro.

—No me odies por decirte esto, pero creo que estás apuntando demasiado alto.

¿Por qué no miras alguna escuela de cocina aquí, en Minneapolis?

Alguna que no cueste un riñón, claro. Podrías compaginar el curso con el Velvet y encontrar un trabajo de ayudante cuando lo termines.

Confía en mí. Tarde o temprano, ese don tuyo acabará llevándote donde te mereces.

¿A qué viene tanta prisa? Solo tienes… ¿cuántos? ¿Veintidós?

—Recién cumplidos.

—Hija de puta… —musitó Cori, fulminándola con la mirada—. Si yo tuviera tu edad, tus tetas y esos ojos verdes sería la reina de Minneapolis.

Abbie soltó una carcajada. Corinne siempre encontraba la forma de hacerle olvidar durante un rato cualquier asunto que le preocupara.

—Puede que tengas razón —reconoció Abbie—. Pero desde que vi ese folleto no consigo sacarme ese sitio de la cabeza. Es como… si ya hubiera estado allí. Debería haber pensado en un plan B, ¿verdad?

—Quizá... —Corinne guardó silencio unos segundos. Después resopló—. A la mierda. Seguro que voy al infierno por decirte esto, pero creo que conozco la forma de conseguir ese dinero a tiempo.

Abbie la observó en silencio. Conocía demasiado bien a su compañera de piso como para no darse cuenta de que lo que venía a continuación no iba a entusiasmarle precisamente.

—No pienso acostarme con el ferretero baboso ese —se adelantó Abbie—. Ni con él ni con ningún otro. Por mucho que me ofrezcan. Ya conoces mis límites.

—Toda Minneapolis conoce tus límites, encanto. Pero no es eso lo que te estoy proponiendo. Hablo de caza mayor, no de los muertos de hambre que suelen dejarse caer por el Velvet .

—Explícate.

—Me ha llegado el rumor de que unos niños ricos de California están organizando la madre de todas las fiestas. Están contratando chicas por toda la ciudad y no están escatimando en gastos. Si estás interesada, puedo ponerte en contacto con alguien.

—¿Cuánto?

—Diez de los grandes. Más las propinas.

—Joder —susurró Abbie—. Imagino que por ese dinero querrán recorrer todas las bases.

—Por ese dinero querrán entrar hasta en el túnel de vestuarios, cariño.

Abbie torció el gesto y negó con la cabeza varias veces.

—No lo veo —dijo al fin—. No lo veo.

—Pues yo sí —replicó Corinne—. Mira, escúchame.

Hay veces en las que una tiene que dejar de lado sus principios para llegar a donde quiere.

Son dos semanas, rubita. Dos. Les enseñas un par de trucos a cuatro niños ricos que no vas a volver a ver en tu vida, coges la pasta y te plantas en Hyde Park.

Delantales blancos, gorros ridículos, cuchillos japoneses...

Adiós al Velvet. Adiós a los sobones. Adiós a los billetes arrugados metidos en la goma del tanga.

Corinne se encogió de hombros antes de continuar:

—¿Que va a ser una experiencia enriquecedora? Pues no. ¿Que va a ser algo digno de contarles a tus nietos? Pues no. Pero la otra opción tampoco va a ser fácil. Nada en esta vida lo es, rubita. La diferencia es que esta dura dos semanas.

A Abbie no le hacía falta que nadie le recordara lo cruel que podía llegar a ser la vida.

Sabía muy bien a qué clase de zorra despiadada se enfrentaba.

Sin embargo, siempre había encontrado cierto consuelo en pensar que aún quedaban líneas que nadie podía obligarla a cruzar. Líneas que seguían siendo suyas.

Y ahora la vida le preguntaba cuánto costaban.

—No sé…

—No tienes que decidirlo ahora. Duerme, dale una vuelta y mañana me dices algo.

—Se levantó con un gemido mientras se llevaba una mano a la espalda—.

Yo me voy al sobre. Entre los tacones y los babosos, mañana voy a necesitar una grúa para levantarme de la cama. Gracias por esa cena tan maravillosa.

Antes de dejarla a solas, Corinne le plantó un beso en la frente y le acarició la mejilla.

Abbie esperó a que la puerta del dormitorio se cerrara antes de volver a coger el folleto, ya ajado de tanto manosearlo.

Lo abrió una vez más y dejó que sus ojos recorrieran aquellas fotografías en las que, hasta aquella misma tarde, había visto dibujado su futuro.

Mientras contemplaba una vez más aquel posible destino, sintió ese leve cosquilleo en el estómago que aparece cuando uno empieza a convencerse de hacer justo aquello que había jurado no hacer nunca.