La reina en el bosque
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CAPÍTULO 1
—¡Mierda!
La bandeja cayó con estrépito sobre la encimera. Abbie abrió el grifo del agua fría y esperó a que el escozor empezara a remitir antes de comprobar si la había cagado a lo grande o aún podía salvar la cena.
La cosa no pintaba tan mal.
Sobre todo si se tenía en cuenta que era la primera vez que lo intentaba, que la alarma del puto horno no funcionaba y que el termostato parecía haberle declarado la guerra.
La corteza había subido bien, el color era el correcto y olía de puta madre…
pero los bordes se habían tostado un poco más de lo necesario.
Apenas unos segundos de descuido ojeando la Cosmopolitan y todo el esfuerzo de aquella tarde había estado a punto de calcinarse.
Lanzó la revista fuera de la cocina con todas sus fuerzas. «Concéntrate, Abbie.» Resultaba comprensible, incluso normal, que su primera focaccia no saliese perfecta. Lo que le tocaba los ovarios era que nada, en toda su puta vida, le saliese bien a la primera.
Al menos le quedaba el consuelo de que amasar pan no había resultado ser el coñazo que ella esperaba.
Al contrario. Había tenido su punto. Incluso podría decirse que le había resultado terapéutico, aunque no tanto como para aflojar el nudo en la garganta que le había dejado la respuesta del Culinary .
Abbie tenía muchos defectos, pero ser una ilusa no estaba en esa larga lista.
Aun así, en aquella ocasión había puesto demasiadas esperanzas en aquel trozo de papel que ahora yacía arrugado sobre la mesa del salón.
Bastaba con que unas pocas líneas hubieran sido distintas para que su vida cambiara de golpe.
Pero no.
Todo seguía jodidamente igual. Y eso significaba seguir embadurnándose el culo con purpurina y menearlo cada noche al ritmo de You Shook Me All Night Long en un club de mala muerte.
Apartó el pan a un lado y encendió el fuego. Colocó la sartén y esperó a que cogiera temperatura, sin prisa. Cuando estuvo lista, dejó caer las pechugas de pollo rellenas de provolone. El chisporroteo de la carne llenó la cocina al instante.
Cubrió la sartén con una tapa y empezó a cortar el tomate y la rúcula con movimientos rápidos y precisos. El pesto recién hecho reposaba en un cuenco. El molinillo de la pimienta a su lado. Todo en su sitio.
Se disponía a darle la vuelta a las pechugas cuando el universo le propinó otra bofetada con nombre propio: Corinne Barrows. Precedida por el martilleo de sus inseparables tacones, su compañera de piso irrumpió envuelta en una nube de perfume de imitación y drama desmedido.
—¡Joder, nena! ¡Eso huele que te mueres!
—vociferó desde la entrada mientras colgaba el bolso y se deshacía de los zapatos con la precisión de un francotirador borracho—.
Sea lo que sea, espero que estés haciendo para las dos porque me muero de hambre.
¿Sabes quién se ha pasado hoy por el club?
¡Tanisha! ¿Te acuerdas de ella? ¡Claro que no!
Tú aún no habías llegado a la ciudad cuando esa zorra trabajaba en el Velvet .
Tengo que reconocer que meneaba bien ese pedazo de pandero que se gasta, pero una noche no apareció y hasta hoy.
Corrieron rumores de que un cliente se había enamorado de ella y se la había llevado a Seattle.
¡Ya! ¡Claro! ¡Y va Corinne y se lo traga!
¿Quién se ha creído que es? Yo te lo diré: otra zorra con el síndrome de Pretty Woman .
Siempre fue una maldita embustera. Pues como te iba diciendo…
Corinne desapareció en dirección a su dormitorio, elevando aún más el tono de voz para asegurarse de que Abbie no se perdía ningún detalle de su reencuentro con esa tipa a la que no conocía de nada.
—…y se lo he dejado bien claro a ese cabrito de Troy. Si vuelves a contratar a esa zorra, ya te puedes ir despidiendo de la “Diosa de la Medianoche”. ¡No hay sitio para las dos en el Velvet ! ¡No, señora! ¿A que no te imaginas lo que me ha dicho el muy desagraciado?...
Al incesante monólogo de Corinne se unió una sucesión caótica de ruidos y golpes provocados por puertas, cajones, grifos y cisternas que se abrían y cerraban sin ningún tipo de orden lógico.
—…y le arranco esos pelos de bruja que tiene —dijo, justo antes de aparecer de nuevo en la cocina vestida únicamente con unas braguitas y un top minúsculo que daba rienda suelta a su voluptuosidad.
El color blanco de ambas prendas contrastaba con el tono oscuro y brillante de su piel—.
¿Has oído algo de lo que te he dicho? —preguntó mientras se retocaba el cardado con un gesto que repetía hasta dormida.
—Creo que lo he pillado todo —respondió Abbie mientras terminaba de montar los sándwiches—. Tanisha ha vuelto, Tanisha es una zorra, Tanisha tiene el culo gordo, Tanisha es una embustera… ¿Me he dejado algo?
Corinne se llevó una mano al pecho y adoptó una expresión de ofensa tan exagerada que habría avergonzado a cualquier actriz de telenovela. No consiguió mantenerla ni dos segundos antes de echarse a reír.
—A veces puedes ser muy desagradable, rubita. Pero te lo perdono porque debajo de esta piel de pantera se esconde un corazón de oro.
—Y porque sin mí te alimentarías a base de Cheetos, vodka y pizza congelada.
—Por eso también —reconoció antes de plantarle un sonoro beso en la mejilla a Abbie—. En serio, ¿qué es eso que huele tan bien?
—Focaccia de aceitunas negras y romero con pechuga de pollo, provolone y salsa al pesto —dijo mientras se giraba y le mostraba su creación—.
Y no, no es esa bazofia del italiano de la esquina a la que estás acostumbrada.
Esta obra de arte la he hecho yo misma, aunque los bordes se me han quemado un poco —apuntó Abbie sin poder disimular su orgullo.
Corinne cogió el plato y se quedó mirándolo en silencio.
Abrió la boca para decir algo, pero las palabras parecieron quedarse atascadas por el camino.
Se limitó a contemplarlo unos segundos, frunciendo ligeramente el ceño como si tratara de averiguar si aquello era de verdad o algún tipo de broma pesada.
—Cori... ¿estás bien?
—¡Que si estoy bien! —estalló al fin—. ¿Has visto la pinta que tiene eso? ¡Joder, rubita! Si esa maravilla sabe la mitad de bien de lo que aparenta, te hago el amor encima de esa mesa y me tatúo tu nombre en la nalga que elijas.
Abbie soltó una carcajada.
—Deja de decir barbaridades y lleva eso a la mesa. Voy a lavarme las manos. —Antes de que Corinne pudiera alejarse, le dio un cachete en el trasero—. ¡Y no empieces sin mí!
—¿Por qué clase de salvaje me has tomado?
La respuesta llegó antes incluso de que Abbie pudiera sentarse. Corinne ya le había hincado el diente al sándwich y masticaba despacio, con los ojos cerrados y una expresión de placer que empezaba a rayar la obscenidad.
—¿Y bien?
Corinne terminó de tragar sin ninguna prisa, abrió los ojos y la miró con una seriedad impropia de ella.
—Rubita... —dijo casi en un susurro—. Esto está para correr...
—Creo que lo he pillado, Cori.
Corinne dejó el sándwich sobre el plato y levantó la vista despacio. La sonrisa seguía allí, pero había perdido todo el artificio. Por primera vez desde que había cruzado la puerta, no parecía estar actuando.
—Ahora en serio, amiguita. Tú has nacido para esto.
Abbie agradeció aquellas palabras con una gran sonrisa y dio el primer bocado.
La focaccia crujía, la carne estaba tierna y jugosa, el tomate y la rúcula aportaban frescura, el queso se había fundido por completo y el pesto aparecía justo cuando tenía que hacerlo, uniéndolo todo sin imponerse a nada.
—Está que te cagas —dijo con la boca llena.
El resto de la cena transcurrió en un silencio solo roto por algún que otro gemido de placer de Corinne.
De fondo, la voz monótona del presentador del noticiario informaba sobre aquel extraño virus que llevaba semanas colándose entre los titulares.
Al parecer, la enfermedad continuaba extendiéndose por el sudeste asiático.
China, siempre según las últimas informaciones, ya registraba los primeros casos en las regiones más próximas a Myanmar, la antigua Birmania, donde todo parecía haber comenzado.
La OMS recomendaba cerrar fronteras y extremar las precauciones para evitar que aquellos brotes terminaran convirtiéndose en una pandemia.
La programación se interrumpió de forma abrupta mientras Corinne recogía los platos.
El logotipo de la Casa Blanca apareció en pantalla durante unos segundos antes de dar paso al presidente Clayton.
Ojeroso, visiblemente desmejorado y con una gravedad poco habitual en él, anunció la suspensión inmediata de todo el tráfico aéreo y marítimo entre Asia y Estados Unidos.
Toda la costa oeste quedaba clausurada hasta nuevo aviso.
—Parece serio —dijo Abbie.
—¿Es ese virus comunista lo que te tiene preocupada o hay algo más? —preguntó Corinne.
—¿Cómo dices?
—A mí no me engañas —dijo Cori mientras se acomodaba en el sofá y le bajaba el volumen a la televisión—. Tú solo intentas recetas nuevas cuando el mundo se te está cayendo encima. A ti te ha pasado algo que no me has contado. Desembucha, rubita.
Abbie tuvo la tentación de mentir, pero no habría servido de nada. Con el tiempo, Corinne había aprendido a leerla mejor de lo que a ella le gustaba reconocer. Cogió el papel arrugado y se lo tendió.
—Me he quedado fuera del programa de becas —dijo Abbie antes de que su amiga terminara de leer—. No voy a ir al Culinary. Al menos no este año.
—Ya veo —dijo Corinne sin apartar la vista del papel—. Pero aquí pone que te han preaceptado fuera de ese dichoso sistema y que están esperando tu respuesta. ¿Qué coño significa eso?
—Que puedo hacer el curso si presento un certificado de tres años de experiencia que no tengo y les mando un montón de dinero que tampoco tengo —explicó Abbie, hundiéndose en el sillón.
—No te me vengas abajo. Se me ocurren un par de nombres que podrían echarnos una mano con lo de la experiencia. Déjame hacer un par de llamadas y tendrás ese certificado como que me llamo Corinne Latrice Barrows.